CHILE-INJUSTICIA8

La sumatoria de muertes en
democracia nos lleva a
comprender que muerte y
ganancias van juntas en el
capitalismo y mientras más
salvaje sea, más ganancias
hay con las muertes.
 

Por Nancy Guzmán

Esta vez fue, nuevamente, un miembro de las comunidades mapuches, Camilo Catrillanca. Los hechores, carabineros, integrantes del grupo con instrucción en Colombia para acciones especiales antidrogas.


¿Pero que hace un grupo armado de elite antidrogas en las zonas rurales de la Araucanía? ¿Acaso, no hay suficientes zonas donde se vende y compra droga en Valparaíso, Santiago, Antofagasta que destinan a 20 o 30 especialistas en represión contra ese delito a una zona de conflicto político?


Esto nos lleva a preguntarnos si verdaderamente recibieron entrenamiento en Colombia para reprimir la droga o si la recibieron para operaciones contrainsurgentes. En ambos casos esos grupos están formados para estimular los conflictos por la vía de infiltrar a grupos y llevarlos a desarrollar actividades cada vez más audaces, con resultados de muerte. Eso fue denunciado en Colombia y México hace años. 


Ya se había realizado con antelación la operación de inteligencia Huracán en la Araucanía. Esa vez fue el gobierno de Michelle Bachelet, donde hubo seguimiento, infiltración, escuchas telefónicas, detenciones ilegales y torturas. No fue Charwick, sino Aleuy y Fernández, de acuerdo a las investigaciones judiciales.


Las muertes no son solo desinteligencia de este u otro gobierno. Tampoco es error o mala pata de carabineros. Tienen un sentido político más profundo.


Pocos han entendido que el gobierno no comete errores, cada paso tiene un sentido. Este gobierno vino a ajustar el sistema capitalista, que cada cierto tiempo sus crisis requieren ajustes de la magnitud de la misma.

En cada uno de esos ajustes paga el pueblo –profesionales o no-. El sistema se limpia de lo que considera ineficiente, eso significa quiebras, cae el empleo y genera un proceso de recesión. Cada recesión genera una mayor concentración del poder económico (los ricos se hacen más ricos) y con ello el aumento de la desigualdad.


Para que esto ocurra se necesitan cómplices pasivos, que aún sabiendo lo que está ocurriendo y lo que ocurrirá se dedican a distraer, a esquivar el análisis, a aprovecharse de una muerte para llevar agua a sus destruidos molinos y a simplificar la mirada sobre un sistema salvaje que nos lleva a una catástrofe humana, no solo en Chile, en el mundo.


El asesinato de Camilo Catrillanca nos debe conmover y preocupar. Ahí se usaron las mismas técnicas de contrainsurgencia que usó la dictadura en Chile y las otras dictaduras que dejaron una secuela de muerte y desaparición.

No solo lo matan por la espalda a Camilo. Montan inmediatamente una ofensiva comunicacional acusándolo de ser parte de un enfrentamiento con fuerzas especiales de Carabineros. Con rapidez vimos que tenían armado el encubrimiento comunicacional destinado a implementar una campaña de más largo aliento con el fin de justificar el aumento de fuerzas represivas en la zona.

Algo similar conocimos a finales de los años 70 y los 80 con los falsos enfrentamientos. Los cuerpos torturados, sin ojos, sin uñas y con disparos a corta distancia por la nuca eran corriente.

Rubén Orta Jopia y Juan Olivares Pérez (MIR) habían ingresado clandestinamente en 1980. El primer semestre de ese año ya estaban plenamente identificados por la CNI que sabía todos sus movimientos. El 6 de noviembre de ese año los detuvieron, los torturaron salvajemente y en la madrugada del 7 de noviembre los asesinaron usando armas de fuego para simular un enfrentamiento, siendo la trayectoria de las balas de atrás hacia adelante. Luego pusieron los cuerpos en una Citroneta informando por todos los medios que habían muerto en un enfrentamiento.


En este caso la investigación demostró que hubo planificación y ensañamiento. Todos los pasos fueron fríamente planificados desde el alto mando de ese organismo genocida: los siguieron con información previa, los dejaron circular meses antes de decidir la forma de su muerte y el encubrimiento a través de los medios de comunicación, que le permitiría justificar la existencia de la CNI como organismo represivo del Estado, al “existir aún la actividad subversiva”, además de aislar al MIR e impedirle el apoyo de los sectores populares por la vía del terror.


No en vano la memoria sirve para entender los procesos sociales y darnos cuenta que nada muy nuevo hay en esta realidad. La deuda que hoy existe con ella es una deuda que existe con la juventud, a quienes hemos transmitido solo la memoria con forma de derrota, la memoria que aterra, la memoria que carece de contexto político e histórico, la que le gusta a la derecha porque paraliza. Esa de la cual se aprovechan y usufructúan quienes poco le importa sembrar al futuro, que se sienten cómodos con pequeñas prebendas de este capitalismo, que la usan de pantalla cada cierto tiempo y después aplauden a quienes fomentan la militarización, la corrupción y el nepotismo.


Este crimen doloroso nos debe servir para entender quienes verdaderamente están con las luchas sociales:


Hasta ahora ha sido el pueblo llano, ese que toma el transantiago, el trole o el bus; el que se ve afectado por las AFP, las ISAPRES, la mala educación para los hijos, los abusos cotidianos de la banca, el trabajo precario, etc.


Los diputados y senadores están demasiado ocupados tratando de convencerse que el camino de las leyes represivas es el correcto, que somos una democracia imperfecta, pero democracia al fin y al cabo, y que somos un país envidiable a este lado del mundo. 


Los Nueva Mayoría solo lo usan para decirnos que la muerte de Camilo es culpa de aquellos que no votaron, que les hicieron perder sus puestos de trabajo y les quitaron sus miserables privilegios.

Nada dijeron con la Operación Huracán que fue el anticipo de este crimen, callaron cuando los muertos eran responsabilidad de Ricardo Lagos o Michelle Bachelet, miraron al lado cuando se decía que la solución al conflicto mapuche era político no represivo, les dio lo mismo cuando apalearon niñas y niños en las manifestaciones estudiantiles. 


Sabiamente Emiliano Zapata decía a estos últimos: “El que quiera ser águila que vuele. El que quiera ser gusano que se arrastre pero que no grite cuando lo pisen”

ClariNet