COLUMNA-NANCY

Si comprendemos que la
sociedad capitalista convirtió
la identidad sexual en el
soporte de las relaciones de
trabajo y sociales expropiando
nuestros cuerpos para la
reproducción del sistema,
podremos visionar por qué en
la derecha despierta tanta
rabia la lucha por el derecho a
decidir sobre nuestro cuerpo.

Por Nancy Guzmán

De allí que no debe sorprendernos el rabioso despertar “feminista” en nuestra sociedad postdictatorial, tan reprimida y amañada a la conveniencia de una clase social que normalizó los abusos, selló las fronteras de lo posible y recluyó toda posibilidad de subvertir los órdenes. 


Mirado con detención, por ahora la rabia ha superado a la razón. Eso puede ser fatal para pensar en los cambios y terminar con la cultura del abuso. 

Lo que debemos tener claro es que el feminismo no es un apartheid que busca segregar y someter a los hombres a la misma condición que hasta hoy han tenido las mujeres, las lesbianas, los gay, los transexuales.

El feminismo aspira a subvertir las ideas rígidas sobre lo femenino, lo masculino, ampliando barreras que incorporen a todos quienes sufren marginalidad por la identidad sexual o por cualquier identidad o condición, lucha por una sociedad libertaria, ajena a conservadurismos, que ponga fin a los anquilosados conceptos sobre la familia, el matrimonio y otros valores que determinan condiciones y categorías humanas. 


Tal como decía Foucault, la dominación ha operado categorizando a los individuos y encasillándolos en sus respectivas identidades; se trata de una forma de poder que sitúa la “Verdad” del individuo en su sexualidad. 


Si queremos cambiar la cultura machista no basta enarbolar símbolos -ellos solo proveen de materiales para la prensa-, ni creer que declaraciones de buena crianza o meas culpas sean victorias. Tampoco suponer que el temor dirigido hacia los núcleos machistas va a generar un cambio profundo, sabemos que el temor puede paralizar pero no transformar, puesto que esa es la manera que nos han dominado: por la vía del temor, que ha sostenido a las mujeres (también a los hombres) confinadas a roles que nos han modelado de tal manera que terminamos usando las armas que el poder creó para reprimirnos.


Por eso, tomando las palabras de Foucault digo que “Los discursos, al igual que los silencios, no están de una vez por todas sometidos al poder o levantados contra él. Hay que admitir un juego complejo e inestable donde el discurso puede, a la vez, ser instrumento y efecto de poder, pero también obstáculo, tope, punto de resistencia y de partida para una estrategia opuesta.”

Días complicados


Siempre hay semanas que son complicadas y días que lo son más. Uno de esos es hoy para la Argentina. El peso se devaluó en 9%, eso quiere decir que ese 9% aumentará en el valor de la canasta básica y la pobreza, que ya se extiende de manera insultante a la humanidad, seguirá creciendo. 


Muchos dirán ¿Y a nosotros qué nos importa? Si debiera importarnos más de lo que creemos, no solo porque somos países limítrofes y lo que le afecta al vecino nos afecta a nosotros. 


Argentina fue uno de los países más ricos del continente y del mundo. Era el granero del mundo, tenía las mejores carnes para la exportación y el consumo nacional.

En los años 50 y 60 era el único país que no tenía niños a pie pelado, la educación pública era similar a la europea, tenía las mayores fábricas del continente. Era un país rico con una buena redistribución y seguridad social.

Si bien su política era desastrosa. Dictaduras, populismos y nuevas dictaduras, al igual que un sindicalismo mafioso. También tenía sindicatos obreristas fuertes y la mejor y más diversa prensa del continente, grandes escritores, dramaturgos, cineastas. 


Bastó que llegara la dictadura para cambiar esa imagen. Entre el robo, el crimen y la corrupción a destajo saquearon al país.

Luego Menem lo desvalijó en medio de una fiesta del todo vale, de vedettes en programas políticos, muertes por doquier para tapar sus latrocinios y el de sus amigos, mujeres y relaciones espurias con la mafia.

Lo siguió de la Rua, cuyo hijo tonto usaba a su antojo recursos del Estado.

La empatía de Kichner logró detener la debacle sin tanto trauma, aunque la pobreza ya llegaba a las puertas de La Casa Rosada. Generó leyes sociales, todo dentro de las reglas neoliberales, que paliaron la debacle. Así llegó la Evita morena. Cristina traía el germen del populismo y los males heredados de la dictadura, el saqueó de otro poco de Argentina y los argentinos. Dio manga ancha a Monsanto para llenar de soya transgénica y contaminar las aguas con el glifosfato, a las minerías para explotarlas a costas de los glaciares y manga ancha para evadir impuestos. Aún así, contuvo el aumento brutal de la pobreza con leyes de protección a las dueñas de casa y otras subvenciones que no erradicaban el problema de fondo, pero bajaban la angustia de una clase media educada y politizada que había pasado a ser pobre tras la dictadura y los despojos consecutivos.


La llegada de Macri, un bueno para nada, como dirían mis antepasados, trajo consigo una nueva debacle para esa clase media envejecida y empobrecida, a los pobres nada bueno.

Pero si trajo la alegría de la derecha chilena y de muchos de la Concertación.

Era de los mismos, esos que han saqueado a su país y han llenado las arcas de los paraísos fiscales.

Su mujer estaba acusada de usar mano de obra esclava femenina en su fábrica de ropa. Nada de eso hizo mella en su campaña, los pobres se convencieron de que nadie los salvaría de esa hecatombe cotidiana y le dieron el voto: al fin todos nos roban, dijeron.


Se equivocaron, nadie les enseñó que son ricos porque no tienen medida ni escrúpulos para robar. Ahora que el peso perdió un 9% y el dólar subió en 3 pesos, haciendo más ricos a los ricos y pobres a los pobres es tiempo de tomar conciencia de que los ricos a cargo de los países son un peligro. 


A ellos no les importan los derechos de los ciudadanos, no les importan sus sufrimientos, no les importan los recursos naturales, ni la salud, ni el trabajo, ni los derechos humanos, al fin que se han hecho ricos burlando y explotando todo aquello.

ClariNet