ANTICOMUNISMO

La frase del ex presidente
Sebastián Piñera emitiendo
un juicio sobre los comunistas
chilenos considerándolos de
“canallescos”, no solo aparece
como el ataque más agresivo
de un ex presidente aun grupo
político en particular, sino que
es un anticipo de lo que podría
ser una presidencia con él y su
equipo al mando del estado.

Por Juan Francisco Colane

Es uno de los indicadores de la actual polarización en el país que se esconde bajo la alfombra, ni tanto, a veces. 

Todo ocurre en un estado con bases democráticas frágiles. Manoseadas permanentemente para torcer el derecho en favor de los detentores del poder real, especialmente el del dinero. La frase, visceral, poco meditada,  le salió desde el subjetivismo  profundo. Es probable que no sea solo contra un grupo político en particular, sino que exhibe al personaje empresario cuando ve que sus intereses pueden estar afectados.

Defender la fortuna a toda costa tal vez no sea el gran problema de su desafortunada frase de tratar a los comunistas de canallas. El tema profundo es que delató al falso demócrata y al falso anti pinochetista, acudiendo a la demagogia más dura del anticomunismo chileno que no es latente sino que es consustancial a la cultura que se ha formado desde los tiempos de Luis Emilio Recabarren  y quizás antes. 

El episodio “Piñera y comunistas canallescos”, está íntimamente relacionado con al anticomunismo rampante que se desatada periódicamente en Chile, y en el mundo capitalista inculto y subdesarrollado. Explota como una catarsis del militante capitalista debido a la propagación de la idea comunista producida por la existencia durante 73 años de la  Unión Soviética. Para servidores del capitalismo profundo como Richard Nixon y  Ronald Reagan, dos políticos provenientes de las clases medias bajas de Estados Unidos, por lo tanto más proclives al reduccionismo cultural, la idea comunista debería erradicarse del planeta tierra. En cambio un personaje como George W. Bush, de un segmento social más alto en la estructura social de Estados Unidos, no era tan limitado. Permitió en el primer período de la ocupación de Irak (2003-2004), que en los primeros gobiernos de transición hubiera un ministro comunista.

Parte de esa catarsis anticomunista salió a relucir cuando el gobierno cubano impide la entrada a Cuba al secretario general de la OEA, Luis Almagro, la demócrata cristiana chilena Mariana Aylwin, entre otros políticos, para participar en una reunión de golpistas cubanos bajo la fachada de oposición que invocaba una radicalización de las actividades contra el gobierno. El episodio invita a una reflexión más general sobre la libertad en Cuba y en la sociedad capitalista.

Alexander Solyenitzin al llegar a Estados Unidos reclama que la libertad no resuelve el bienestar espiritual, y se refiere a los modos de vida pregonados por la televisión y la publicidad. Deja de manifiesto que la libertad es vacua, tanto si busca favorecer el cuerpo o el alma, elegir entre la música tolerable o intolerable, o si se trata de inclinar la balanza del sistema político en contra

de falta de libertad y en favor de sí mismo. No percibe el escritor ruso que lo vacuo, es la esencia de la libertad en la sociedad capitalista. No es un defecto, es su más preciado tesoro. Ese vacío es su fundamento más seguro.

Suspendida en el vacío, invisible en el camino y en el puente que cruza a la otra orilla, la idea comunista no permanece incólume como fortaleza infranqueable, sino va probando y confrontando su validez frente a las mutaciones del sistema, que pretende reformar.

Lo que no ha podido desarraigar el desbande de la Unión Soviética, es la idea del comunismo como noción y práctica que se entrecruza e imbrica con la idea más global de cultura.

El capitalismo apenas despuntaba en su primera fase menos primitiva, cuando irrumpe el joven Marx y plantea por primera vez su pensamiento sobre la sociedad comunista. Muchas de las ideas para una nueva organización social enunciadas por Marx y Engels, su compañero de ruta intelectual y política, parecían fuera de lugar. En una mirada retrospectiva, el pensamiento de Engels sobre la familia es demasiado sofisticado para una época que aún no se zafaba de las penurias sociales y culturales de la sociedad feudal. En pleno siglo XXI, estas ideas siguen incomodando.

La negación de la posibilidad del comunismo, se fortalece en una época que polemiza con el pasado, desinstala sus propios códigos y cuando se comprueba que la acumulación capitalista destruye el propio planeta.  La compresión del tiempo y el espacio, como efecto de las tecnologías de información y los medios de comunicación de masas, hacen de la información la gran mercancía contemporánea.

El conocimiento ya no es más el resultado de una apropiación social que hace el hombre del mundo a través de su interacción con él, sino que es sustituido por los significados que en múltiples imágenes y representaciones, entregan los medios de comunicación de masas, como mecanismos orientados a provocar una amnesia histórica.

El conocimiento transformado en información a una velocidad tal que la producción se deshumaniza, pone en riesgo los sentidos del pasado y de la perspectiva histórica.

Este fenómeno se suma al relativismo extremo reflejado en la persistente concepción de la derecha con su creencia en el individualismo radical y las limitaciones de la sociedad. La negación de universalidad proclamada por la modernidad es otra noción de la derecha en su ataque sostenido a cualquier forma de política de clases. Como que  Marx hubiera anticipado la actual relación entre tecnologías de la información e individuo, parafraseándolo desde sus escritos: No es el operario quien utiliza sus herramientas de trabajo, sino que son éstas las que utilizan al individuo. 

Sebastián Piñera ha demostrado que más le interesa proteger su fortuna monetaria que obtener la presidencia de la república, como quedó demostrado cuando ejerció la primera magistratura del estado. Lo de canallesco no fue una frase feliz para ganar adeptos. Se aferró eso sí  a sus principios empresariales. 

ClariNet