REGRESO-NAZIS

“Nazis fuera” fue el eslogan
de miles de jóvenes que se
acercaron el domingo pasado
hasta un local del
ultraderechista Alternativ für
Deutschland (AfD) en Berlín
para protestar, luego de que
este partido obtuviera los
votos suficientes para su
inevitable ingreso
al Bundestag.

La población juvenil de Alemania –sobre todo la que tiene mayor acceso a educación y bienes- ha sido uno de los principales soportes de la política de migración de Merkel, en su mayoría proclives a un país abierto al mundo.

El Berlín de hoy se ha transformado en una ciudad cosmopolita, donde miles de jóvenes de todo el mundo llegan año a año a cursar estudios superiores sin costo o a trabajar en empleos de medio tiempo. El beneficio para sus pares alemanes es múltiple, dado que disfrutan de un enriquecimiento sin fronteras, testimonio en sus carnavales multiculturales y en una gastronomía altamente diversa. Desde los demandados döner turcos, pasando por al auge de la comida vegana, hasta los nativos currywurst, se muestra un abanico de posibilidades para el paladar del berlinés. 

Saliendo apenas unos kilómetros de la capital, se encuentra una serie de estados federados de la Alemania del este, donde el AfD obtuvo su mayor votación en comparación con los otros partidos. Territorio de la ex RDA, pero también de muchos de los que algunos denominan como los “perdedores de la globalización”. Hombres, entre 35 y 44 años, trabajadores –o desempleados- son los votantes promedio de este partido que algunos han relacionado con el nacionalsocialismo.

¿Es el AfD nazi? Si bien puede haber una minoría –no significativa- que pueda reconocerse abiertamente afín a la ideología de Hitler, reducir este partido a aquello es subestimar el verdadero poder convocante que tiene –o incluso puede llegar a tener. Hoy son los sectores más vulnerables los que se sienten representados por ideas cercanas a la xenofobia, pero su caudal de votación puede aumentar considerablemente si no se comprende la verdadera causa de su auge.

En Múnich causó un pequeño revuelo que al lado de un cartel propagandístico de los candidatos de la CSU –aliado del partido de Merkel en el estado de Baviera- en el cual versaba el eslogan “Sicherheit”(seguridad), se ubicaba uno del AfD con la frase “Wir halten, was die CSU verspricht” (Nosotros mantenemos lo que la CSU promete).

¿Qué ocurrirá cuando Merkel no pueda garantizar seguridad a la familia cristiana tradicional alemana, su público objetivo? Alemania ha transitado desde una sociedad conservadora y cerrada a una abierta y tolerante, donde los valores cristianos han sido erosionados progresivamente y, económicamente, mantener una familia numerosa con sólo el padre trabajando se ha vuelto casi imposible. ¿O qué ocurrirá cuando la socialdemocracia alemana, por vaivenes económicos, sea incapaz de mantener la protección social que goza hoy el país de Europa central?

No nos equivoquemos. Ni el problema está en los inmigrantes ni la solución en los estados-nación. 

Pero la política contemporánea debe ser capaz de salir del clivaje actual entre quienes defienden la inmigración sin regulaciones y quienes están por poner muros en las fronteras. El problema no está ahí. Está en un sistema económico mundial basado en la acumulación de capital.

Es el capital el que provoca hambre y guerras en países y obliga a miles a migrar. Es el capital el que atrapa a muchos de estos inmigrantes y los somete a condiciones de explotación como mano de obra barata. Es este sistema el que está devastando los recursos naturales de nuestro planeta. En este sistema, donde unos pocos deciden sobre el resto.

Por ello, hoy más que nunca, el desafío es volver a politizar la política, para que recupere su rol como principal fuerza ordenadora de la sociedad. De lo contrario, seguiremos en este proceso de descomposición, donde los extremos y la violencia ganan cada vez más adeptos.

Héctor Vergara Monardes