A-LAS-URNAS

En 1789 las transformaciones
sociales impulsadas por la
Revolución francesa al grito de
“Aux armes citoyens” no tuvieron
un reflejo efectivo en la península.

Por Manuel Ruiz Robles*

En España, una burguesía débil, subalterna de la nobleza terrateniente y de la Iglesia, no fue capaz de continuar la revolución iniciada en Francia. Las ideas de la Ilustración y los intentos liberalizadores de las Cortes de Cádiz quedaron definitivamente postergados tras el regreso de los Borbones al trono.

Fernando VII (“el deseado”, “rey felón”) derogó la Constitución de Cádiz y persiguió a los liberales, restableciendo la Santa Inquisición abolida por José I, hermano mayor de Napoleón Bonaparte.

Isabel II, hija de Fernando VII, reinó en uno de los periodos más corruptos de la Historia de España. La Revolución de 1868 -La Gloriosa- puso fin a esta situación, obligando a la familia real a partir hacia el exilio. Fue el primer intento en España de establecer un régimen democrático.

Después de un brevísimo reinado de Amadeo de Saboya, que renunció muy pronto a la corona, se proclamó la I República sobre la base de los ideales democráticos de La Gloriosa. El ensayo duró pocos meses. La inexistencia de una burguesía unida con conciencia de clase la hizo inviable. En enero de 1874 el general Pavía disolvía las Cortes a tiro limpio.

Restaurada la monarquía en la persona de Afonso XII, hijo de Isabel II, éste murió prematuramente víctima de la tuberculosis. Durante su breve reinado circuló el rumor de que su verdadero padre no era el rey consorte, Francisco de Asís de Borbón, sino un capitán de ingenieros llamado Enrique Puigmoltó.

Al morir Alfonso XII, la reina consorte –que estaba embarazada- inició el periodo denominado La Regencia hasta la mayoría de edad de su hijo Alfonso XIII. Durante aquellos años se produjo la guerra con Estados Unidos y la desaparición de los últimos vestigios del imperio.

El reinado de Alfonso XIII trajo nuevas aventuras coloniales en el norte de África. El desastre militar de Annual provocó un grave descontento popular. El rey, amedrentado por el ascenso de la lucha de clases, apoyó la dictadura del general primo de Rivera. Esta actitud del monarca dio lugar finalmente a la proclamación de la II República y al exilio de la familia real.

Alfonso XIII conspiró para el desencadenamiento de la Guerra Civil desde la Italia de Mussolini. Hoy se sabe que negoció la compra de armamento de guerra.

Por último, tras una cruenta guerra de 3 años, 40 de dictadura y 40 del reinado más corrupto de la historia de España, Juan Carlos I (el “campechano”), abdicó presionado por su entorno familiar. Su hijo Felipe VI (el “preparao”), encaramado al trono con la ayuda de la casta palaciega, ha comenzado a mostrar su preocupante torpeza.

Prueba de ello es la esperpéntica situación actual que pone en entredicho la capacidad del rey para ejercer la función moderadora que la Constitución le atribuye.

La repetición de las elecciones el próximo 26 de junio es el resultado de la evidente carencia de aptitudes negociadoras del ciudadano Borbón, incapaz de facilitar la formación de un gobierno de progreso tras las elecciones del 20 de diciembre pasado. Elecciones que dieron como resultado una mayoría suficiente para ello en el Congreso de los Diputados.

Recapitulando, la España del siglo XIX fue un continuo forcejeo entre gobiernos liberales y conservadores, produciéndose a menudo la irrupción violenta de espadones en la vida pública.

Este antagonismo enfurecido entre progreso y reacción se saldó las más de las veces con la victoria de los sectores más oscurantistas y reaccionarios mediante el uso ilegítimo de la violencia.

Los conservadores, apoyados por la sempiterna alianza entre el trono y el altar, se alzaron a menudo con el poder.

Esa rivalidad encolerizada entre conservadores y liberales propició en gran medida la debilidad de la metrópoli, lo que favoreció el desarrollo de cruentas guerras de independencia en las antiguas colonias del Reino de España.

La hermosa palabra Patria quedó prostituida al servicio de los intereses de una casta dominante, representada por la monarquía y apoyada por la actitud extremadamente agresiva de una parte del clero y de la milicia.

En el siglo XX, la pugna entre progreso y reacción alumbró la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931.

En ese gozoso día se inició el único periodo de nuestra historia en el que la soberanía popular se ejerció plenamente en las urnas. En aquel luminoso y revolucionario periodo, pleno de esperanza de una vida mejor para todos, ondeó por primera vez la única bandera constitucional de la que hemos disfrutado: la honrosa bandera tricolor, símbolo legítimo de la soberanía de nuestro pueblo. Esta fue y sigue siendo la bandera de España más respetada por todos los demócratas y progresistas en cualquier parte del mundo.

La esperanzadora fecha histórica del 16 de febrero de 1936, día de la victoria electoral del Frente Popular sobre la reacción conservadora, fue arruinada por el fallido golpe militar el 18 julio de 1936, protagonizado por una cuadrilla de militares traidores.

Ese golpe fascista derivó en tres años de cruenta guerra civil, que marcó el comienzo de la heroica resistencia de los pueblos europeos frente a la barbarie nazi. Finalmente, el 8 de mayo de 1945 se proclamó la victoria de las fuerzas de la Libertad frente al nazismo. Dicha victoria sigue conmemorándose en toda Europa excepto en el reino de España, trinchera de un fascismo que perdura camuflado en peligrosa simbiosis con las instituciones del Estado y de la Iglesia.

La ley de sucesión decretada por el general Franco entronizó nuevamente a la casta borbónica. A día de hoy la soberanía popular sigue secuestrada por una Constitución dictada bajo el pretexto de la amenaza militar. Nuestros pueblos y naciones históricas quedaron finalmente sometidos a un régimen impuesto por la dictadura. Todo quedó atado y bien atado.

Por primera vez, desde la victoria electoral del Frente Popular hace 80 años, se abre una oportunidad histórica para la recuperación de las libertades y valores republicanos arrollados por el golpe, la guerra civil, cuarenta años de dictadura y cuarenta de interminable Transición.

Tan solo un proceso constituyente que erradique el franquismo y su monarquía hará posible el avance hacia cotas de justicia social que hagan más llevadera y humana la vida de la gente. La amenaza militar seguirá existiendo en tanto se mantenga una aberrante autonomía de las fuerzas armadas respecto al poder civil (i).

¿En qué país democrático las fuerzas armadas tienen misiones específicas inscritas en la constitución? ¿Es aceptable que altos mandos militares amenacen a la población con una intervención violenta en virtud de la defensa del ordenamiento constitucional? ¿Es aceptable que la Jefatura del Estado y de las Fuerzas Armadas recaigan en alguien no elegido democráticamente?

Podemos e Izquierda Unida han dado un paso al frente creando las condiciones para generar un polo de confluencia política de carácter histórico: Unidos Podemos.

La declaración solemne del Parlamento de Cataluña (ii) publicada en el Bulletí Oficial del Parlament de Catalunya el 9 de noviembre de 2015, así como la emergencia de otras fuerzas y movimientos sociales, hacen improbable una segunda transición que deje las cosas como están. Ello implicaría un incremento inadmisible de la violencia represiva del Estado, lo que conduciría irremediablemente a su descomposición acelerada.

Por tanto, la única salida pacífica para la aguda crisis social y política en la que se debate el régimen es, lisa y llanamente, su disolución. Es pues inaplazable el inicio de un proceso constituyente que devuelva al pueblo español su soberanía, arrebatada en la segunda mitad de los años 30 mediante la violencia de las armas. Los pueblos y naciones históricas de nuestra Patria han de poder decidir en libertad cual es su proyecto de convivencia en común, proclamando la forma de Estado más acorde con sus deseos y necesidades. (iii)

¡Acabemos de una vez por todas con la maldición del “atado y bien atado”! ¡Unidos y unidas podemos! ¡A las urnas, ciudadanos!

*Manuel Ruiz Robles es Capitán de Navío de la Armada (r), coordinador del Colectivo Anemoi.

Rebelión