DOSSIER-MEXICO8

Una avalancha de notas,
comentarios y análisis
sobre el triunfo de la
izquierda en México de
nuestros corresponsales,
colaboradores y
medos asociados.

AMLO: “La corrupción no es un fenómeno

cultural sino el resultado de un

régimen político en decadencia”

Por Andrés Manuel López Obrador

(Presidente de México)

Amigas y amigos:

Este es un día histórico y será una noche memorable.

Una mayoría importante de ciudadanos ha decidido iniciar la cuarta transformación de la vida pública de México.

Agradezco a todos lo que votaron por nosotros y nos han dado su confianza para encabezar este proceso de cambio verdadero. Expreso mi respeto a quienes votaron por otros candidatos y partidos.

Llamo a todos los mexicanos a la reconciliación y a poner por encima de los intereses personales, por legítimos que sean, el interés general. Como afirmó Vicente Guerrero: “La patria es primero”.

El nuevo proyecto de nación buscará establecer una auténtica democracia. No apostamos a construir una dictadura abierta ni encubierta.

Los cambios serán profundos, pero se darán con apego al orden legal establecido.

Habrá libertad empresarial; libertad de expresión, de asociación y de creencias; se garantizarán todas las libertades individuales y sociales, así como los derechos ciudadanos y políticos consagrados en nuestra Constitución.

En materia económica, se respetará la autonomía del Banco de México; el nuevo gobierno mantendrá disciplina financiera y fiscal; se reconocerán los compromisos contraídos con empresas y bancos nacionales y extranjeros.

Los contratos del sector energético suscritos con particulares serán revisados para prevenir actos de corrupción o ilegalidad. Si encontráramos anomalías que afecten el interés nacional, se acudirá al Congreso de la Unión, a tribunales nacionales e internacionales; es decir, siempre nos conduciremos por la vía legal. No actuaremos de manera arbitraria ni habrá confiscación o expropiación de bienes.

La transformación que llevaremos a cabo consistirá, básicamente, en desterrar la corrupción de nuestro país. No tendremos problema en lograr este propósito porque el pueblo de México es heredero de grandes civilizaciones y, por ello, es inteligente, honrado y trabajador.

La corrupción no es un fenómeno cultural sino el resultado de un régimen político en decadencia. Estamos absolutamente seguros de que este mal es la causa principal de la desigualdad social y económica y de la violencia que padecemos. En consecuencia, erradicar la corrupción y la impunidad será la misión principal del nuevo gobierno.

Bajo ninguna circunstancia, el próximo Presidente de la República permitirá la corrupción ni la impunidad. Sobre aviso no hay engaño: sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares. Un buen juez por la casa empieza.

Todo lo ahorrado por el combate a la corrupción y por abolir los privilegios, se destinará a impulsar el desarrollo del país. No habrá necesidad de aumentar impuestos en términos reales ni endeudar al país. Tampoco habrá gasolinazos. Bajará el gasto corriente y aumentará la inversión pública para impulsar actividades productivas y crear empleos. El propósito es fortalecer el mercado interno, tratar de producir en el país lo que consumimos y que el mexicano pueda trabajar y ser feliz donde nació, donde están sus familiares, sus costumbres, sus culturas; quien desee emigrar, que lo haga por gusto y no por necesidad.

El Estado dejará de ser un comité al servicio de una minoría y representará a todos los mexicanos: a ricos y pobres; a pobladores del campo y de la ciudad; a migrantes, a creyentes y no creyentes, a seres humanos de todas las corrientes de pensamiento y de todas las preferencias sexuales.

Escucharemos a todos, atenderemos a todos, respetaremos a todos, pero daremos preferencia a los más humildes y olvidados; en especial, a los pueblos indígenas de México. Por el bien de todos, primero los pobres.

Cambiará la estrategia fallida de combate a la inseguridad y a la violencia. Más que el uso de la fuerza, atenderemos las causas que originan la inseguridad y la violencia. Estoy convencido de que la forma más eficaz y más humana de enfrentar estos males exige, necesariamente, del combate a la desigualdad y a la pobreza. La paz y la tranquilidad son frutos de la justicia.

A partir de mañana, convocaré a representantes de derechos humanos, a líderes religiosos, a la ONU y a otros organismos nacionales e internacionales, para reunirnos las veces que sean necesarias y elaborar el plan de reconciliación y paz para México que aplicaremos desde el inicio del próximo gobierno. Me reuniré todos los días, desde muy temprano, con los miembros del gabinete de Seguridad Pública; es decir, habrá mando único, coordinación, perseverancia y profesionalismo.

Seremos amigos de todos los pueblos y gobierno del mundo. En política exterior, se volverán a aplicar los principios de no intervención, de autodeterminación de los pueblos y de solución pacífica a las controversias. Y como decía el Presidente Juárez: “Nada por la fuerza, todo por la razón y el Derecho”.

Con el gobierno de Estados Unidos de América buscaremos una relación de amistad y de cooperación para el desarrollo, siempre fincada en el respeto mutuo y en la defensa de nuestros paisanos migrantes que viven y trabajan honradamente en ese país.

Amigas y amigos:

Agradezco las muestras de solidaridad que he recibido de dirigentes y de organizaciones sociales, políticas y religiosas del mundo.

Ya hemos contestado las primeras llamadas de felicitación de Jefes de Estado y de gobierno de algunos países. A todos, nuestro sincero agradecimiento y respeto.

Debo reconocer el comportamiento respetuoso del presidente Enrique Peña Nieto en este proceso electoral. Muy diferente al trato que nos dieron los pasados titulares del Poder Ejecutivo.

Fue ejemplar la pluralidad y el profesionalismo de la prensa, la radio y la televisión. Los medios de información no fueron, como en otras ocasiones, correas de transmisión para la guerra sucia. También mi gratitud a las benditas redes sociales.

Amigas y amigos:

Reitero el compromiso de no traicionar la confianza que han depositado en mí millones de mexicanos. Voy a gobernar con rectitud y justicia. No les fallaré porque mantengo ideales y principios que es lo que estimo más importante en mi vida. Pero, también, confieso que tengo una ambición legítima: quiero pasar a la historia como un buen Presidente de México. Deseo con toda mi alma poner en alto la grandeza de nuestra patria, ayudar a construir una sociedad mejor y conseguir la dicha y la felicidad de todos los mexicanos.

¡Muchas gracias!
¡Viva México!
¡Viva México!
¡Viva México!

Sobre el alcance histórico de

la elección de López Obrador

Por Massimo Modones

Hay que festejar un acontecimiento histórico: la primera derrota electoral de las derechas mexicanas reconocida como tal. A la historia remitió también la promesa de mayor peso de la campaña de López Obrador (AMLO) y sus aliados, inscrita en el nombre mismo de la coalición: “Juntos haremos historia”.

El real alcance del Gobierno que nació del voto del 1 de julio obviamente irá decantándose en el tiempo y solo se podrá sopesar retroactivamente. Sin embargo, algunas cuestiones afloran inmediatamente como parte del debate que se abre a partir de este acontecimiento.

En primer lugar, con la elección de López Obrador culmina un largo y tortuoso proceso de transición formal a la democracia en tanto se realiza la plena alternancia en el poder al reconocerse la derrota electoral de las derechas y la correspondiente victoria de la oposición de centro-izquierda, aquella que había aparecido en 1988 para disputar al PAN el lugar de oposición consecuente.

Cabe recordar, a treinta años de distancia, que desde entonces se asumía que el PAN era una oposición leal, que comulgaba con el neoliberalismo emergente y con el autoritarismo imperante. La alternativa planteada por el neocardenismo y el PRD simplemente propugnaba el retorno al desarrollismo, pero con un acento más pronunciado hacia la justicia social y con otro diagnóstico sobre las causas de la desigualdad respecto del programa actual de AMLO y Morena que coloca a la corrupción como el factor sistémico, como causa y no como consecuencia de las relaciones y los (des)equilibrios de poder.

El horizonte de la revolución democrática implicaba un proyecto de transición no solo formal sino substancial: el igualamiento de las disparidades socio-económicas como condición para el ejercicio de la democracia tanto representativa como directa.

El círculo de la alternancia -y también del beneficio de la duda- que se cierra con esta elección, marca sin duda un pasaje histórico significativo pero que no garantiza el alcance histórico del proceso que sigue.

Más aún si las expectativas son tan elevadas como las que suscita AMLO al sostener que encabezará la cuarta transformación de la historia nacional, autoproclamándose el heredero de Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas. Lejos de todo izquierdismo, privilegia el rasgo moralizador y el perfil de estadistas y demócratas de estas figuras. No hay truco ni engaño, a la letra de su programa y de su discurso de campaña, esta transformación atañe fundamentalmente a la refundación del Estado en términos éticos y, solo en segunda instancia, ésta tendrá las reverberaciones económicas y sociales necesarias para la estabilización de una sociedad en crisis. Del éxito de la cruzada anticorrupción se deriva no solo la realización de la hazaña histórica de moralizar la vida pública, sino la posibilidad de lograr tres propósitos fundamentales: pacificar el país, relanzar el crecimiento vía mercado interno, redistribuir el excedente para asegurar condiciones mínimas de vida a todos los ciudadanos. Se trata de una ecuación que, para convencer propios y extraños, ha sido repetida hasta el cansancio durante la campaña.

Respecto de los gobiernos progresistas latinoamericanos de las últimas décadas, el horizonte programático de AMLO está dos pasos atrás en términos de ambiciones antineoliberales, mientras destaca por la insistencia en la cuestión moral, justo en la que muchos de esos gobiernos naufragaron, y, por otra parte, por tener ante sí el desafío de la pacificación, con todas las dificultades del caso, pero también con la oportunidad de tener un impacto profundo y marcar un cambio substancial respecto del rumbo actual. Por la urgencia y la sensibilidad que lo rodea, será en este terreno -más que en cualquier otro- donde se medirá el alcance del nuevo Gobierno, su popularidad y estabilidad en los próximos meses.

Por otro lado, la promesa de hacer historia convoca en principio a todos los ciudadanos, “juntos”. Sin embargo, más allá de la transversalidad y la voluntaria ambigüedad de esta convocatoria de campaña, todo proceso político implica atender la espinosa definición del sujeto que impulsa y el que se beneficia del cambio.

La fórmula obradorista, desde 2006, tiene un tinte plebeyo y anti oligárquico: se construye sobre la relación líder-pueblo y la fórmula “solo el pueblo puede salvar al pueblo”. Al mismo tiempo, tanto Morena como la campaña fueron construidos alrededor de la centralidad y la dirección incuestionable de AMLO, una personalización que llegó al extremo de llamar el acto de cierre de campaña AMLOfest y de usar el acrónimo AMLO como una marca o un hashtag (#AMLOmanía).

Pero, junto al pueblo obradorista y a su guía, están otros grupos con creencias y prácticas muy diversas entre sí: los dirigentes de Morena y de los partidos aliados (PT y PES) y toda la pléyade de grupos de priistas, perredistas y panistas que, oportunistamente, cambiaron de bando al último momento.

También están vastas franjas de clases medias conservadoras, así como sectores empresariales a los cuales AMLO dedicó especial atención en la campaña en el afán de desactivar su animadversión y para poder contar con su colaboración a la hora de tomar posesión del cargo. Cada uno de ellos exigirá lo propio, pero sobre todo serán valorados en relación con su especifico peso social, político y económico en aras de mantener el equilibrio interclasista y la gobernabilidad.

Entonces “juntos” y revueltos, siguiendo el esquema populista, una abigarrada articulación de un vacío que solo pudo llenar la ambigüedad discursiva y ahora la capacidad de arbitraje y el margen de decisión del líder que la elaboró y la difundió. Entre equilibrios precarios y alianzas variables, se vuelve imprescindible el recurso a la tradición y la cultura del estatalismo y del presidencialismo mexicano -con sus aristas carismáticas y autoritarias- que, no casualmente, no fue cuestionado a lo largo de la campaña obradorista.

Al margen de los contenidos que, como anuncia el programa, oscilarán entre una substancial continuidad del modelo neoliberal, condimentada con dosis limitadas de regulación estatal y de redistribución hacia los sectores más vulnerables, la cuestión democrática es la que podría paradójicamente frustrar las expectativas de cambio histórico para reducirse a un esquema plebiscitario bonapartista, ligado a la figura del líder máximo que convoca a opinar sobre la continuidad de su mandato u otros temas emergentes. El culto a las encuestas al interior de Morena, tanto las que sirvieron para seleccionar a los candidatos como las que sostuvieron el triunfalismo de la campaña, podrían ser el preludio de un nuevo estilo de gobierno, en el cual el pueblo sea asimilado a la opinión pública.

Esperemos que la transición formal a la democracia que hemos presenciado el 1 de julio y la experiencia de un gobierno progresista tardío en México no cierren las puertas a la participación desde abajo y, por el contrario, propicien el florecimiento de instancias de autodeterminación. Esto sí que podría abrir la puerta a una transformación de portada histórica.  

México se tiñe de guinda

(Informe post electoral)

Por Guillermo Javier González

López Obrador (AMLO), en su tercera incursión de forma consecutiva en búsqueda del gran objetivo, por fin ha logrado quitarse el estigma. El candidato de la coalición Juntos Haremos Historia –Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), Partido del Trabajo (PT) y Partido Encuentro Social (PES)- obtuvo el 52,96% de los votos y logró, de este modo, convertirse en el próximo presidente de México, cargo que asumirá el 1 de diciembre y que desempeñará hasta 2024.

López Obrador había quedado en segundo lugar en las pasadas elecciones presidenciales, tanto en 2006 –por un escasísimo margen de tan sólo 0,58% y denuncias de fraude mediante- como en 2012. En esta oportunidad, encabezó todas las encuestas a lo largo de la campaña electoral y nadie dudó que sería el ganador; el ojo, más bien, estaba puesto en ver cuál sería la distancia con sus contendientes. La victoria fue arrolladora, registrándose la mayor diferencia respecto a su inmediato perseguidor desde las elecciones de 1982. Así como en el 2000 México decidió optar por el PAN y poner fin a la hegemonía del PRI después de 70 años, en esta ocasión se ha dado un nuevo vuelco y la ciudadanía se inclinó masivamente por un cambio de régimen, tras dos décadas de alternancia entre los partidos tradicionales.

Votación presidencial

En un resultado sumamente abultado, ubicándose incluso por encima de la gran diferencia que la mayoría de las consultoras vaticinaban en la previa, al cierre del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) y con el 93.5% de las casillas computadas, AMLO aventajó en más de 30 puntos porcentuales a Ricardo Anaya Cortés (22,49%) de Por México al Frente –Partido Acción Nacional (PAN), Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC)-, 36,56 puntos a quien sin lugar a dudas ha sido el gran perdedor de la jornada, el oficialista José Antonio Meade (16,40%) de Todos por México –Partido Revolucionario Institucional (PRI), Partido Nueva Alianza (PANAL) y Partido Verde Ecologista de México (PVEM)- y 47,83 puntos a Jaime Heliodoro Rodríguez Calderón (5,13%) -candidato independiente-.

La participación registrada en términos porcentuales ha sido casi la misma que en los comicios presidenciales pasados –con el lógico y esperable incremento en valores absolutos por el aumento poblacional- y se mantuvo acorde a lo previsto. De este modo, con los resultados parciales del PREP se estima una participación del 63% de los ciudadanos en relación a la lista nominal de 89.123.355 habilitados para votar –el 99,77% del padrón electoral-. Por último, un ítem a destacar es que tanto PANAL como PES obtuvieron registros menores al 3% de los votos válidos por lo que, de confirmarse este resultado, perderían su registro a nivel nacional.

Senado y Cámara

En los comicios, los mexicanos no solamente eligieron presidente sino que también la composición de las dos Cámaras del Congreso, las cuales se renovarán de forma completa: a nivel federal se eligieron a los 500 integrantes de la Cámara de Diputados y los 128 miembros del Senado[i]. La coalición Juntos Haremos Historia obtuvo, según el PREP, la mayoría tanto en el Senado -45% de los votos- como en la Cámara de Diputados -44%-, mientras que la coalición Por México al Frente se ubicó en un alejado segundo puesto. El PRI y sus aliados apenas consiguieron un remoto tercer lugar.

El reparto final de los 128 escaños al Senado y los 500 a la Cámara de Diputados dependerá de la incorporación de los plurinominales –representación proporcional- y los principios de mayoría relativa y primera minoría, por ello aún no se conoce la composición definitiva de ambas Cámaras. Pero la información con la que se cuenta hasta el momento nos dice que, en el Senado, Juntos Haremos Historia ganó en 23 estados, Por México al Frente en seis, Todos por México en uno y, de manera individual, Morena se llevó un estado y Movimiento Ciudadano otro. Con la misma tendencia, de las 300 diputaciones por mayoría relativa Juntos Haremos Historia ganó 210, Por México al Frente 62, Todos por México solamente 14, y de manera individual Morena se queda con ocho, el PAN cinco y el PRI una.

Si bien se trata tan sólo de estimaciones y aún falta el conteo definitivo, la posibilidad de obtener mayoría en ambas Cámaras resultaba de vital importancia para Juntos Haremos Historia. De este modo, la coalición gozará de una mayor gobernabilidad y se podrá atender el plan de López Obrador de revisar el programa de reformas implementadas por el Gobierno de Peña Nieto –especialmente los contratos en materia energética para “prevenir actos de corrupción e ilegalidad”-.

Gobernaturas

En primer lugar y como dato sobresaliente, los candidatos de MORENA -que actualmente no gobiernan ningún estado- se alzaron con el triunfo en cuatro de las ocho gobernaciones en disputa, más la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.

Estas conquistas modifican sustancialmente el mapa político de los 32 estados los cuales, hasta el momento, eran gobernados casi exclusivamente por el PRI y el PAN –este último en alianza con el PRD en varios de ellos-. De este modo, la espectacular elección de MORENA le permitirá pasar de no gobernar a ningún mexicano en ningún estado a hacerlo sobre el 21.6% de la población –más de 26 millones de mexicanos- que se concentra en los distritos ganados.

La victoria más importante seguramente sea la de Claudia Sheinbaum Pardo, candidata de Juntos Haremos Historia al gobierno de la capital, quien además –en otra muestra simbólica del cambio de época que se avecina- se convertirá de esta forma en la primera mujer electa a la alcaldía de la Ciudad de México.

Además, las cuatro gobernaciones que habría ganado MORENA serían las de Chiapas, Tabasco Veracruz y Morelos, mientras que el PAN se quedaría con Yucatán, Puebla y Guanajuato –estos dos últimos junto al PRD-, y Movimiento Ciudadano habría triunfado en Jalisco. Sorprendentemente, o quizás no tanto, el PRI se quedó con las manos vacías, perdiendo Chiapas, Jalisco e incluso Yucatán –estado que calculaban poder retener-.

Un proceso electoral signado por la violencia

La campaña electoral se ha visto manchada, desde su comienzo el día 8 de septiembre de 2017, por la violencia.

Según el sexto informe de la consultora Etellekt, suman más de 130 las figuras políticas que han sido asesinadas desde el inicio del proceso electoral, incluyendo 48 precandidatos y candidatos a distintos puestos de elección popular, y más de 50 familiares de políticos.

La cifra es escandalosa y representa un aumento superior el 600% con respecto al proceso electoral de 2015, en el cual se reportaron 21 homicidios, y alrededor de un 1500% en relación a los 9 homicidios registrados en el proceso electoral de 2012. A esto debemos agregar que, aproximadamente, el 75% de las agresiones fueron cometidas contra candidatos de la oposición.

Es importante señalar que esta ola de violencia no afecta sólo a los políticos, sino que es la fiel representación de un drama que vive México de un tiempo a esta parte.

Tal es así que en 2017 el país vivió su año más violento desde que comenzaron los registros hace dos décadas, contabilizando más de 29 mil asesinatos.

Frente a este clima de época, los comicios de ayer no fueron la excepción. Sin embargo, resulta cuanto menos curioso que frente a los dos asesinatos registrados durante la jornada electoral el presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), Lorenzo Córdova, haya declarado que “la jornada electoral está transcurriendo con normalidad, sin incidentes mayores”[ii] y, en el mismo sentido, el presidente Enrique Peña Nieto afirmase que el proceso electoral se estaba llevando a cabo “de manera ordenada y pacífica, en un clima de armonía social”[iii].

Aguardando la cuarta transformación

Según el informe de Latinobarómetro de 2017, tan sólo el 8% de los mexicanos consideran que se gobierna para el bien de todo el pueblo, siendo el tercer país con el índice más bajo de la región, después de Brasil y Paraguay. A su vez, el visto bueno hacia el Gobierno de Peña Nieto es, nuevamente, el tercero más bajo -luego de Brasil y el Salvador-, con tan sólo un 20% de ciudadanos que aprueban la gestión del PRI -aprobación que cayó de forma constante desde 2011 (59%) hasta la fecha, evidenciando el descontento generalizado con el presidente saliente-. A partir de estos datos, se puede comprender mejor por qué el PRI cayó derrotado estruendosamente en la que fue la peor elección de su historia.

Con el Congreso de su lado y unos índices de apoyo que hace mucho tiempo no se veían –por lo abultado de los márgenes y para todos los niveles de los comicios-, la coalición gobernante tendrá una oportunidad histórica para dar un giro trascendental en el país azteca. López Obrador nos promete encabezar la cuarta gran transformación en la historia de México tras la Independencia, la Reforma y la Revolución. Y, confirmando el deseo, en su primer discurso como presidente electo AMLO dejó una frase que será leitmotiv de su presidencia:

“Por el bien de todos, primero los pobres”.

Notas

[i] El próximo Congreso comenzará el 1 de septiembre de 2018. El mandato de los diputados terminará el 31 de agosto de 2021 –tres años-, mientras que el de los senadores en 2024 –seis años-. De los 500 diputados, 300 son electos de forma directa según el principio de mayoría relativa, mientras que los restantes 200 se asignan en función de un sistema de representación proporcional. Por su parte, los 128 senadores se eligen de la siguiente forma: tres senadores por cada estado y la Ciudad de México -dos en forma directa por mayoría relativa y el restante corresponde a la primera minoría-. Los 32 restantes se designan por el sistema de representación proporcional.

López Obrador gana en México:

¿por qué es histórico el triunfo de AMLO

en la elección presidencial mexicana?

Las largas filas, a veces con cientos de personas en los centros de votación, fueron una primera señal de lo que venía.

Pocas veces en México hay comicios tan concurridos. Durante uno de esos momentos, en 2000, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió el poder tras 70 años de gobierno.

Fue un momento inédito. Y ahora ocurre otro. El candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ganó la elección de 2018.

Con el conteo rápido dándole como ganador y con sus rivales Ricardo Anaya y Jose Antonio Meade reconociendo su victoria, AMLO llamó a la reconciliación y al combate de la corrupción.

"El nuevo proyecto de nación buscará una auténtica democracia y no una dictadura abierta ni encubierta. Los cambios serán profundos pero con apego al orden legal", dijo.

Cinco minutos después que cerraron los centros de votación, el oficialista Meade reconoció que no había ganado y le deseó éxitos a López Obrador.

Y casi enseguida hizo lo mismo el otro contendiente, Anaya. Ambos tuvieron un gesto que nunca se había visto en México: no sólo reconocieron su derrota en poco tiempo sino que además mencionaron el nombre del ganador y le desearon suerte.

La única vez que algo parecido ocurrió fue en 2000, cuando el PRI perdió el gobierno por primera vez.

En ese momento, casi a la medianoche, el entonces presidente Ernesto Zedillo reconoció la victoria de Vicente Fox.

Eso obligó al candidato de su partido, Francisco Labastida, a hacer lo mismo, pero en su discurso dijo que esperaría los resultados finales… Que se conocieron días después.

Hoy el escenario es distinto. El reconocimiento claro de la derrota "no lo había hecho nadie, y nadie es nadie", dijo el escritor Héctor Aguilar Camín en una mesa de análisis de Televisa.

Las formas políticas marcan una historia distinta en el país. Pero no es todo.

El más votado

Otro elemento son los números. AMLO sería el presidente que cosecha más votos en la historia del país.

En la década de los 60 y 70, cuando el PRI ganaba todas las elecciones, sus candidatos presidenciales tenían altos porcentajes de votación.

Pero la cantidad de sufragios no era tan grande, en parte porque no existía una cultura de voto. La asistencia a las urnas era escasa.

Y también porque ahora la población del país es mayor. Se nota en el número de votantes registrados, más de 89 millones según el Instituto Nacional Electoral (INE).

El conteo rápido hecho público por el Instituto Nacional Electoral le daba más de un 53% de los votos.

Al inicio de la jornada de este domingo se esperaban unos 53 millones de votos.

Fueron varios millones más. Con una participación de alrededor del 63%, votaron unos 56 millones, aunque los datos finales se conocerán a lo largo de la semana.

Nuevo modelo

La victoria del candidato pone fin a un modelo de gobierno que prevalecía por lo menos desde 1988.

A partir de ese año se forjó una especie de alianza de facto entre el PRI y el conservador Partido Acción Nacional (PAN).

Muchas de las reformas económicas que se aplican desde entonces surgieron de ese acuerdo.

Incluso el PAN gobernó el país entre 2000 y 2012. El cambio de partido no alteró el rumbo de México. Hasta ahora, dice Roy Campos, director de la empresa de opinión pública Consulta Mitofsky.

"López Obrador es un personaje que no se explica en el siglo XXI", dice a BBC Mundo.

"Su campaña fue antisistémica, representa el cambio radical, no el cambio de siglas, es algo radical".

Representa una nueva forma de hacer política en el país. AMLO es ante todo un luchador social que empezó su carrera en comunidades indígenas en el sureste.

Ningún presidente mexicano ha tenido ese perfil. El más cercano fue Lázaro Cárdenas (1934-1940), quien decretó una reforma agraria para repartir tierras a los campesinos.

Pero su formación era militar, pues fue general durante la Revolución mexicana.

Por eso la victoria de López Obrador es histórica, subraya Roy Campos.

"Sí es un gran cambio en México, tal vez el más importante en cien años".

Izquierda inédita

Además de luchador social, López Obrador será el primer presidente elegido habiendo sido postulado por un movimiento de izquierda y que gobernará con esa plataforma.

En la historia del país hay mandatarios que, aunque algunos académicos coinciden en que aplicaron políticas públicas parecidas a las de naciones socialistas, ellos no se definieron así.

Lázaro Cárdenas, militar, llamó a sus políticas "revolucionarias" al estar inspiradas en la Revolución mexicana, pero sus sucesores que también se dijeron revolucionarios aplicaron políticas de tinte más conservador.

Luis Echeverría (1970-1976) impulsó un acercamiento diplomático a sistemas comunistas, como China, pero nunca se definió como de izquierda.

La coalición que respalda a AMLO sí tiene ese componente, pues así se definen el Partido del Trabajo y el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) que la integra.

El otro partido, Encuentro Social, es conservador, algo que también es inédito, pues en México no había gobernado un proyecto tan heterogéneo como éste.

Al final, la sensación que se vivió la noche del 1 de julio en México la define el politólogo Ignacio Marván, quien desde 1987 ha acompañado varios intentos de derrotar al sistema.

"Nunca pensé que me tocaría ver a un presidente de izquierda", confiesa.

El ciclo progresista continúa en México

Por Ricardo Orozco

Es indudable que toda movilización popular de grandes proporciones —como la que se articula alrededor de la propuesta de gobierno de la Coalición Juntos Haremos Historia— es poseedora de un potencial de transformación política, social y cultural cuya amplitud, magnitud y profundidad sólo es posible llegar a conocer luego de que ésta consigue los objetivos que se planteó antes de transitar hacia los cauces institucionales del ejercicio del poder estatal.

Desconocer tal capacidad disruptiva, propia de la colectivización de demandas y reivindicaciones históricas, es un despropósito que simplemente lleva a afirmar que, en el terreno de lo social, en general; y de lo político, en particular; los actos concretos de los individuos no tienen mayor trascendencia frente al funcionamiento de esas grandes estructuras de poder desde las cuales una suerte de lógica inercial determina los destinos de una comunidad nacional.

Colocar en su justa dimensión el potencial y la trascendencia de la organización social colectiva para transformar sus propias condiciones de existencia, no obstante, no debe conducir al desconocimiento o a la negación de que, cuando se trata justo de los actores que ejercen el poder del Estado y de su andamiaje gubernamental, las apuestas políticas en disputa nunca operan abstraídas, al margen o más allá de negociaciones y repartos de ese ejercicio de poder; menos aún, cuando se trata de una transición entre lógicas de operación cuyos beneficiarios, en el mejor de los casos, son divergentes; en el peor, antagónicos.

En el momento presente, captar las finuras de esa relación tan conflictiva es necesario para comprender, en torno del triunfo electoral de la Coalición Juntos Haremos Historia, que si bien es cierto que éste se encuentra anclado en un profundo descontento con un régimen de poco más de un siglo de vigencia, y en una aún mayor aspiración al cambio político nacional; dicha victoria se debe, en gran medida, a las negociaciones que se lograron concretar entre las apuestas electorales en cuestión.

La candidatura de López Obrador y su plataforma de gobierno, en ese sentido, encuentra las raíces de su vitoria en la concientización y la movilización de las bases sociales que lo apoyaron y lo sustentaron en un recorrido transexenal, de poco más de tres sexenios de duración. Sin embargo, la culminación de esa larga travesía no es autárquica, y conocer el costo y la magnitud de las concertacesiones alcanzadas, entre los intereses aglutinados dentro de la coalición y los intereses que históricamente se le opusieron —al punto de bloquearle dos contiendas presidenciales en los últimos doce años—, es una necesidad a la que está obligada a llevar a cabo la ciudadanía, con el fin de saber cuáles serán los obstáculos que se le presentarán en el futuro inmediato.

Que la apuesta política de López Obrador se desplazó de un extremo de la izquierda ideológica a un centro de mayor concertación con los sectores conservadores y liberales de la derecha es un hecho; y uno que en particular no debe dejar de ser observado como la clara muestra de que el régimen imperante —de políticos y empresarios anquilosados en el oficialismo del priísmo, del panismo y del perredismo, con sus respectivas rémoras—, aunque objeto de un agudo desgaste, un amplio descredito y un hondo desprecio popular, conservó la fuerza necesaria como para moderar el posicionamiento del candidato y de su plataforma electoral.

Entre la noche del primero de julio y la madrugada del día siguiente, después de que el mismo andamiaje institucional que los dos sexenios anteriores se embarcó en la tarea de hacer de López Obrador un peligro para México, éste salió a reconocer el triunfo de la Coalición, el candidato de ésta ofreció un primer discurso en el que su punto de partida estuvo marcado por el empleo de un lenguaje que evocaba mucho a algunos de los espacios comunes de la tecnocracia aún hoy gobernante en el país. Las aclaraciones sobre el posicionamiento del presidente electo en torno del funcionamiento liberal del mercado, por ejemplo, dominaron las afirmaciones iniciales, en una tónica que claramente tenía el objetivo de refrendar la palabra del candidato en torno del cumplimiento de esos acuerdos que lo llevaron a desarrollar una propuesta más centrista, programáticamente menos ortodoxa e ideológicamente más ambivalente y difusa —menos explícita e intransigente, quizá.

Y lo cierto es que ello no era para sorprenderse. Hacer explícita a su oposición que, luego de haber ganado la contienda, la investidura presidencial no llevaría al candidato y a su proyecto a retomar las riendas de las reivindicaciones sociales que en las dos contiendas federales anteriores fueron sus banderas de lucha social propias, era una exigencia de primer orden para asegurar, por lo menos, que el periodo de la transición se efectuará sin sobre saltos; y enseguida, que al tomar posesión del cargo no se enfrentará con un escenario por completo adverso, que lo lleve a la inmovilidad. No es azaroso ni casual, por ello, que los primeros reconocimientos que hiciera el candidato tuvieran que ver con el empresariado, con la autonomía institucional en política monetaria, con la disciplina fiscal —mantra del neoliberalismo de corte priísta y panista, aunque en los hechos no pasara del discurso— y con la continuidad de los acuerdos de libre comercio a nivel internacional.

Hay que ser claros, por ello, con la trascendencia de la naturaleza de esa negociación: y es que si bien es cierto que en ella se encuentra el germen de la derechización, de la moderación o el matiz conservador del proyecto de López Obrador, también lo es que, en términos delos márgenes de acción política y económica que tendrá el próximo gobierno, ese era un requisito indispensable de cumplir para que el sexenio no llegue a encontrarse en una posición similar a la de Venezuela.

Y es que, contrario a ese espacio común que hoy domina el discurso de los politólogos y las plumas de la comentocracia adversas a López Obrador, la condición de Venezuela y el posible escenario de un México en similar situación no se debe —por lo menos no por completo— a la pura acción u omisión de la administración en funciones, sino que, por lo contrario, tiene más que ver con el deliberado bloqueo y anestesamiento que la oposición despliega para propiciar el cambio de gobierno —y ello es válido tanto para la oposición local como para la injerencia extranjera.

Por eso, en esta línea de ideas, la batalla más importante que tiene que dar el sexenio no fue el triunfo en los comicios, sino que, antes bien, tiene que ver con la capacidad con la que cuente para hacer valer su agenda reformista (sus correcciones al neoliberalismo) sin llegar, primero, a dinamitar la coalición de intereses que le dio el triunfo; y luego, sin llegar a tensar tanto la relación con la oposición que como para que ésta no logre despojar de toda su capacidad de gobierno y de acción al próximo sexenio.

El próximo sexenio, a diferencia de lo que ocurrió en algunas sociedades del Sur de América y el Caribe, no cobra vigencia a partir de un proceso de ruptura con el viejo régimen (y no sólo por los candidatos a los que se acogió desde la diáspora experimentada por los partidos del Pacto por México), sino que, más bien, lo hace desde una posición de concesiones a éste; las sufrientes, en teoría, para que por lo menos no se bloquee por completo la política social propuesta para los siguientes seis años. Y es que, a pesar de que la comentocracia oficialista se esfuerza en hacer notar al ciudadano que Obrador ganó sin la posibilidad de que otros partidos le hagan contrapeso en, por ejemplo, la Cámara de Diputados, el Senado de la República y algunas gubernaturas y legislaturas locales; ello, por sí mismo, no significa que los causes del bloqueo y el anestesiamiento no provengan desde otros frentes, por fuera de esas instancias, como lo es el uso político de la violencia articulada al crimen organizado (el narcotráfico, en particular).

Llevar a cabo los reacomodos políticos, la reorganización orgánica de los intereses salientes y los entrantes, no es una tarea sencilla de realizar, y para muestra basta volver la mirada al Sur de América para observar las agudas dificultades con las que se enfrentaron los gobiernos de izquierda progresista que emergieron por toda la región a principios del siglo XXI, requiriendo, en la mayor parte de esos casos, de proyectos que abarcaron más de un mandato de un jefe o una jefa de Estado. La agenda de la Coalición, por supuesto, comparte rasgos con muchos de esos proyectos, sin embargo, también se distancia en otros rubros —al punto de que la izquierda mexicana muestra mayor moderación que sus pares sureños.

La cuestión de fondo, aquí, es que incluso y a pesar de esos altos grados de moderación y de las grandes concesiones que se hicieron a la derecha mexicana y transnacional (mayormente estadounidense), los escenarios de una mayor proliferación de la violencia, de un bloqueo comercial y financiero y de una injerencia extranjera (de esas que en la literatura especializada se denominan intervenciones suaves) no son descartables. De hecho, todo lo contrario: México, hoy, se aventura en un giro socialdemócrata, reformista, progresista, del tipo que experimentó América cuando el amasiato entre panismo y priísmo hicieron avanzar más la agenda neoliberal en el país; y lo hace justo en un momento en el que gran parte del Sur del continente se volcó por entero a la derecha más intransigente y combativa (Argentina, Ecuador, Perú, Brasil, Chile, Colombia), mientras que los resabios de aquel viraje progresista latinoamericano se encuentran asediados por los bloqueos comerciales y diplomáticos a nivel regional y en instancias internacionales.

El sexenio de López Obrador arroja un tenue rayo de luz sobre esas sociedades asediadas, pero también representa un obstáculo para la continuidad de alianzas que hasta hoy han sido insignes del neoliberalismo continental (la Alianza del Pacífico, para no ir tan lejos). Sortear tales dificultades requerirá del despliegue de una diplomacia robusta, con pilares sólidos y más allá del apoyo expreso a los principios constitucionales de política exterior, pero además, exigirá del gobierno entrante un profundo examen de los problemas a los que se enfrentaron aquellos gobiernos del ciclo progresista para no verse objeto de errores similares.

En suma, la tarea que se tiene por delante, los siguientes seis años, no es menor, y el cambio de administraciones y de partidos en las instancias de gobierno y en los poderes federales, estatales y municipales, no basta, simplemente no es suficiente para dar cabal cumplimiento con la agenda de gobierno de la Coalición: ya de entrada porque se tendrá que lidiar con aberraciones como un Miguel Barbosa, adalid del Pacto por México, siendo gobernador, por MORENA, de Puebla, pero en particular porque no hay nada que garantice que las diásporas que cobijó la coalición no vayan a dinamitar a ésta desde el interior o a cambiar de lealtades y regresar a sus viejos nichos de poder, adversos a López Obrador y su círculo.

La crítica de la izquierda será más necesaria que en ningún otro sexenio anterior. Y es que, por muy de izquierda que se proclame la administración entrante, es la ciudadanía la que debe comprender que la vigencia de ese proyecto de izquierda se cultiva y se mantiene a partir de la propia autocrítica —condición irrenunciable—, y a partir de la complaciente posición de autoindulgencia que ofrece la satisfacción de haber vencido a la maquinaria electoral del priísmo, el panismo y el perredismo. Sin duda, puede que para un gran porcentaje de la población ésta no sea la apuesta que México necesita para salir del atolladero en el cual se encuentra, a nivel interno y de posicionamiento internacional, sin embargo, por el momento, es la mejor opción concebible y practicable en el plano inmediato.

Hoy, en la historia de vida de millones de mexicanos, ellos y ellas puede decir, con satisfacción, que por primera vez se sienten representados. ¡En horabuena!

Ricardo Orozco

¿AYUDÓ LA POLÍTICA DE DONALD

TRUMP AL TRIUNFO DE LÓPEZ

OBRADOR EN MÉXICO?

En su viaje por distintas ciudades, el entonces precandidato mexicano Manuel López Obrador acusó a Trump y a sus asesores de hablar de los mexicanos “como Hitler y los nazis se referían a los judíos” y de apoyar “una campaña de odio que es neofascista”.

Más tarde publicó un libro sobre ese viaje, titulado “Oye, Trump”, y dijo que decidió enfrentar al gobierno de EE.UU. mientras el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, guardaba silencio.

Todo esto generó polémica y sospechas de que López Obrador buscaba utilizar el alto rechazo que Trump genera entre los mexicanos para lograr votos para sí mismo, algo que negó.

Y a medida que el candidato conocido por sus iniciales de AMLO se afianzó en la campaña, muchos vincularon su apoyo popular con lo que hace Trump al otro lado de la frontera.

“Con sus ataques e insultos a los mexicanos, Trump ha favorecido a López Obrador, con gran irresponsabilidad, pues Estados Unidos tendrá problemas con un gobierno populista y demagogo”, dijo el mes pasado el escritor peruano y premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa.

Entonces, tras la elección de López Obrador como presidente de México el domingo, surgen estas cuestiones: ¿contribuyó realmente Trump a su triunfo? ¿Chocarán ambos mandatarios ahora? Se pregunto también esta noche la BBC Mundo.

Por lo pronto, AMLO confirmó este lunes que ambos líderes tuvieron una primera conversación telefónica de media hora de la que destacó el “trato respetuoso” y en la que hablaron sobre cómo reducir la migración y mejorar la seguridad.

Lopez Obrador declaró haber recibido una llamada telefónica de Trump: “Recibí llamada de Donald Trump y conversamos durante media hora. Le propuse explorar un acuerdo integral; de proyectos de desarrollo que generen empleos en México, y con ello, reducir la migración y mejorar la seguridad. Hubo trato respetuoso y dialogarán nuestros representantes.

ClariNet