CURAS-DEGENERADOS

La doble vida en el
sacerdote corrupto.

Por: Pedro Labrin, S.J

Puedo imaginar esas diabólicas cofradías en diferentes lugares de nuestra Iglesia chilena, naturalizando estas conductas en medio de relatos de “aventuras”, probablemente regadas de buen vino y suculentos platos.

 

En muchas ocasiones de confianza mis amigos me han preguntan ¿qué opino del celibato? ¿cómo lo vivo? ¿y si creo que una flexibilización del mismo se traduciría en un sacerdocio más sano, vivido en el contexto afectivo de una familia y obviamente con ejercicio activo de la sexualidad?

Mi respuesta no siempre ha sido profunda, porque si bien agradezco la confianza de los que se atreven a preguntar, no siempre los contextos me convencen en su madurez y buena intención como para referirme a algo tan íntimo y constitutivo como es mi propia sexualidad vivida.

En general no miento, pero lo más genuino se reserva para contadísimos círculos, garantizados por un vínculo de sólido afecto y confianza. Por lo mismo respondo a diferentes niveles de acuerdo al auditorio.


Hoy, a propósito de lo que estamos conociendo sobre la vida sexual de una buena parte del clero, me atrevo a hacer pública una de mis opiniones más secretas, conocida sólo por un puñado de amigos cercanos.

No creo que la flexibilización del celibato ayude en nada en el actual estado de cosas, porque no será automático un buen sacerdote como resultado de una vida sexual activa. Si así fuera, la cosa sería muy fácil y la crisis sacerdotal estaría resuelta.

Por el contrario, para establecer una relación de pareja estable, plena, fiel y fructífera, que se traduzca en hijos para amar y formar, se requieren condiciones humanas de excelencia, de las cuales lamentablemente creo, carecen un buen número de sacerdotes.

De partida la capacidad de trabajar duro e intensamente para contribuir al sostenimiento de la familia, con una inmensa capacidad de postergarse a sí mismo, renunciando al propio bienestar para privilegiar el “nosotros”, conservando al mismo tiempo el celo por el ministerio de la evangelización y la entrega de la vida por los demás.

Recuerdo que la verdadera eucaristía de un sacerdote no es tan sólo el oficio de celebrar la misa, sino el regalarse a sí mismo en las innumerables necesidades de su pueblo, que recurrirán a él como a Jesucristo, aunque claramente no lo sea.

Ganas de tener sexo es universal en el género humano, pero no es sacándose las ganas por un momento lo que nos devolverá un sacerdote volcado a la comunidad o misión que sirve.

Creo que, desafortunadamente hoy no son pocos los sacerdotes pusilánimes, incapaces para enfrentar la vida con sus éxitos y renuncias en el mundo secular y por lo mismo escogen permanecer en el sacerdocio, sin tener vocación para ese ministerio, protegidos en una investidura que no los hará millonarios, pero sí les garantizará un discreto pasar económico, sin sobresaltos, protegidos por el rol mágicamente comprendido por el pueblo creyente y sencillo. 

Mentir para conservar el estatus se convierte pronto con, el pasar del tiempo, en un hábito capaz de amortiguar cualquier reproche de la propia conciencia, hasta llegar autoconvencerse que así es la cosa, más aún si hace amistad con alguien de la misma calaña que él.

Las gratificaciones, sin ser espectaculares, tampoco son despreciables: un pequeño ámbito de poder sobre un grupito de personas; lamentablemente las más piadosas son las más vulnerables, la estima de una y otra familia que apadrina; un automóvil justificado como necesario para la misión y, porqué no una peregrinación a Tierra Santa…. O un viajecito a Roma, si es que no una temporada de vacaciones en la casa de campo de alguna familia amiga. Todo esto conseguido con una práctica regular de los oficios litúrgicos más un carácter bonachón y llano.

Pero claro, como no hay vocación, tampoco sublimación de la líbido en entrega creativa y genuinamente religiosa, por el contrario “pasando gato por liebre” se da cauce a la represión que encuentra regulación en el apego a las formas, algunas de ellas expresadas con particular rigidez, sobre todo cuando vienen a ser aplicadas a quien busca en el falso pastor un consejo liberador.

Estos falsos sacerdotes suelen ser irónicos con la autoridad y dados a la intriga conspirativa con sus aliados, aunque no trepidan en rendir pleitesía litúrgica y buen comportamiento cuando son citados o visitados por el Obispo.

Algunos llegan a ser maestros de la lectura entre líneas para escuchar en código lo que el Obispo les responde después de haber dialogado en frases cargadas de eufemismos. Gozan del juego de los cargos y no rechazan las camarillas que pueden elevar a alguno de los suyos a una posición jerárquica mayor y que de paso les puede traer alguna promoción como pago de campaña.

La doble vida en el sacerdote corrupto y por lo mismo falso, puede ser imperceptible para la mayoría. Para sus víctimas lamentablemente no. Ellas, una vez que despiertan, toman conciencia de su despojo en la soledad más absoluta y cruel. Así queda la mujer, a veces con un hijo en los brazos, a quien el sacerdote le prometió que dejaría todo por ella…. Sin cumplir. Así quedan los y las menores abusadas a quienes la perversión del abusador los convenció que lo que sentía por ellos/ellas era de tal manera único que no habría en su “corazón” espacio para alguien más que intentara ocupar su lugar de preferencia; así quedan las mujeres con sus matrimonios rotos después de haber seducido a su esposa…

Puedo imaginar esas diabólicas cofradías en diferentes lugares de nuestra Iglesia chilena, naturalizando estas conductas en medio de relatos de “aventuras”, probablemente regadas de buen vino y suculentos platos.

Reuniones necesarias para recuperar las fuerzas de estos dedicados apóstoles del antievangelio.

Por último, sí me abro a la flexibilización del celibato de los sacerdotes, pero en ningún caso como un “chipe libre”. Tan sólo me abro para hombres con los pantalones bien puestos, capaces de erotizar toda la vida, la pareja que encuentren para complementar su vocación con la misma pasión con que sirvan al evangelio, amor que se renueva todos los días.

Pedro Labrin, S.J.

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