CONSULTORIO SENTIMENTAL
Por el profesor Jean de Fremisse:
Mi viejo, mi querido viejo:
Realmente no tengo suerte.
Voy que vuelo para los 50 otoños
y en este medio siglo aún no
agarro marido y, claro, soy fea,
pero tampoco tanto.

Hay otras horribles que están felices con su familia.

Un amigocho me sugirió que me botara a emprendedora y así, billete en mano, saliera a buscar a un chiquillón refractario al laburo.

Estuve de acuerdo y comencé a pensar en un negocito: ¿Vender ensaladas y huevos duros a la puerta de un supermercado? Mucha competencia. ¿Instalar un mercado enano? Demasiados asaltos. ¿Un taxi? ¡Lo indicado porque en mi familia hay varios colegas del volante!

Lo malo es que con el Uber, ese hijo bastardo del internet, se gana menos. No por la competencia, sino porque ya no se puede arreglar el taxímetro y hay que cobrar lo justo para tener pasajeros. Al final de cuentas, trabajo más de 10 horas, agarro billetes pero quedo cansada como perra y sin ganas de nada, menos de agasajar a una galán cafichoncete.

¿Qué hago, profe?                                                   

Arrinconada del Bosque

Niña, mi aproblemada niña:

Primero que nada, cincuenta abriles no son nada, así que échele pa’lante y sin problemas; segundo, búsquese un explotador de su edad y de pinta reguleque, para que le exija poco y así trabaja el taxi cuatro horas en la mañana temprano y cuatro comenzando al crepúsculo para agarrar el regreso a casa. Un beso.

Jean, el financista del romance

De la Filosofía Tanguera

 

FRUNA, CONFITERÍA DEL PUEBLO,

ES UN MATADERO HUMANO

 

Por el hijo de Jean de Fremisse

Se llama Fruna y su mentirosa publicidad la presenta como la confitería del pueblo pese a que es una suerte de matadero humano, parte de la maldad infinita de nuestro mundo, resaltaría el tango.

Y lo que sucede en el siniestro lugar es absolutamente tétrico, más siniestro que la más cruel y trágica de las letras de los ejemplares de la música urbana, de aquellos ocultados por el interés de los de arriba y el deteriorador paso del tiempo. Sus instalaciones están en Maipú, comuna donde la plata manda en exceso. 

Allí, por ejemplo, el 29 de abril murieron dos obreros, uno de los cuales se quitó la vida, según sus familiares y compañeros de trabajo, abrumado por el acoso de que era víctima de parte de sus brutales capataces, que entre otras gracias son especialistas en obligar que se recoja del suelo la gelatinosa masa de las galletas, y pese a que lleva basuras y otras cochinadas, se use igual para confeccionar el producto que luego se vende al público.

La investigación judicial en curso, más allá de cualquier duda, reveló las horrendas condiciones laborales que sufren cerca de 1.700 trabajadores, como no observar ninguna higiene en la manipulación de productos alimentarios para ahorrar costos, obligación de guardar silencio y prohibición de conversar o canturrear, turnos que se hacen de corrido, sin ninguna pausa ni siquiera para tener una colación, persecución a los miembros del sindicato, baños y dependencias en pésimas condiciones, cambios frecuentes a funciones para las cuales nadie fue contratado, como limpiar los baños y tras eso, ir a una máquina a manipular jugos, amenazas y despidos constantes.

La convivencia interna es a soeces gritos, si alguien se toma un respiro y lo pillan, recibe una carta de amonestación, con tres de las cuales son despedidos sin derecho a nada. “Una supervisora una vez casi me pega porque yo barrí galletas del suelo y las boté a la basura. Me dijo que eso se envasaba igual”, denunció una operaria del sindicato.

Al ingreso y a la salida son cacheados por guardias y se prohíbe el ingreso de agua envasada, celulares o alimentos. La inspección del Trabajo correspondiente es sumamente comprensiva con los dueños de Fruna, que de vez en cuando recibe una multa. Sin embargo, la Seremi de Salud la ha sancionado por vender golosinas podridas, por sus servicios higiénicos insalubres y por instalaciones ruinosas, peligrosas para los trabajadores.

Pero ahí sigue esta industria funcionando. Jorge Meléndez, director de la Inspección del Trabajo Poniente, reconoció que “las cifras de infracciones no son menores y diría que la empresa tiene un alto nivel de conflictividad laboral. Hemos detectado muchos problemas en las jornadas de trabajo y, por eso, hemos sancionado todas las veces necesarias”. Sin embargo, los hechos no respaldan esas afirmaciones.

Prueba de esto, es que Rolando Venegas, de 45 años, se suicidó al interior de la empresa. Su mujer, Marisol Muñoz, relató que el trato a los trabajadores siempre ha sido malo y sostuvo que esto se agudizó en el caso de la víctima que estaba deprimido porque ella estaba recuperándose de una fractura expuesta, tras un accidente al interior de la empresa.

El jefe de Venegas se molestó al verlo taciturno y se ensañó con él, hostigándolo en tal forma, que lo arrastró a la muerte. Al criminal lo apodan El Perro. Según su esposa, Venegas debía recoger del suelo los recortes de masa o caramelo, contaminados con tierra, chicles desechados, y a veces, trozos de papel higiénico usados.

Finalmente, luego de estar sin trabajar por un tiempo, al retornar a sus funciones, solo vivió una semana haciendo su trabajo, ya que se suicidó colgándose de una viga el 29 de abril pasado. Ese mismo día, su colega y amigo, de quien se dieron solo sus iniciales, J.R.V, sufrió un paro cardíaco mortal.

A pesar de la conmoción y desesperación que ambos hechos causaron entre los trabajadores, “los supervisores nos obligaron, a gritos, a seguir trabajando. Esta empresa nos trata como animales”, narró a un semanario una de las empleadas de Fruna.

Frente a la doble tragedia, pasa el tiempo y los empresarios siguen acumulando billetes, los funcionarios del Trabajo y los sofofos miran hacia otro lado (la filosofía es que nadie es obligado a trabajar allí y que esas mujeres y hombres son libres de buscar otra pega) y tras una tregua, el abuso se ha renovado y sofisticado.

Cómo para votar por el Piraña, nos cantaría el tango. 

ClariNet