HISTORIA-CLARIN

Su lema: Cavernarios, el
pensamiento no se encarcela
ni se degüella, es decir el grito
de guerra en las crueles
contiendas civiles argentinas
de la primera mitad del siglo
diecinueve entre
federalistas y unitarios.
Por Enrique Gutiérrez A.

Aclaración necesaria: Siempre fue Clarín, nunca El Clarín, como pontifican hoy algunos supuestos entendidos, que como es lógico jamás entendieron ni menos, supieron nada, es cosa de ver que brutalidades dicen y escriben.

El matutino Clarín (1954-1973) está considerado como uno de los grandes fenómenos del periodismo chileno en la segunda mitad del siglo XX, e incluso a nivel sudamericano, dado que su estilo, fue copiado en líneas generales en Buenos Aires por el diario Crónica, de las décadas de 1960 y 1970, o por el vespertino Última Hora de Lima, en esos mismo años, además de otras publicaciones en diversos países de la región.

Clarín llegó a tener un tiraje de 280.000 ejemplares diarios en día de semana y sobre 350.00 los sábados y domingos, con un nivel de devolución del 10 %, que en aquellos años era considerado como el máximo que podía soportar un periódico de aparición diaria.

En al segunda mitad del siglo XX los diarios chilenos se dividían en dos grandes ramas, desde el punto de vista de sus ingresos económicos; Aquellos que se financiaban, no mediante la venta, sino que por la publicidad, y los que dependían del número de ejemplares vendidos para prosperar, como fue el caso de Clarín, del vespertino Última Hora y de otros anteriores como Las Noticias Gráficas, que murieron precisamente al perder lectores. Aunque también había un tercer grupo, que era de aquellos diarios que vivían de subvenciones, como fue el caso del Diario Ilustrado, que dependía del Partido Conservador y de la jerarquía católica, o del cotidiano El Siglo, que pertenecía al Partido Comunista.


Clarín no nació como un diario de gran circulación. Fue idea del periodista Darío Sainte Marie Soruco, quién había sido nombrado director del desaparecido matutino oficialista La Nación, en los primeros meses del segundo gobierno – esta vez democrático --, del general Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958), para competir con otros dos vespertinos: Última Hora, de orientación izquierdista y La Segunda , que sigue siendo el mismo diario conservador de nuestros días.


Cabe hacer notar que los vespertinos en esa época tenían gran circulación e importancia dado que no había televisión y el periodismo radial todavía no se había desarrollado y por lo tanto, formaban parte de la sobremesa nocturna en cientos de miles de hogares e incluso ciudades como Valparaíso (La Estrella) o Concepción (La Crónica) contaban con uno de ellos. También los había del mediodía, como Las Últimas Noticias en Santiago. Todo eso cambiaría en los años de 1980.


Clarín comenzó a circular para competir con los otros dos vespertinos, que eran duros opositores al gobierno de Ibáñez. Como tal, Clarín no llegó al público, y tras un lapso de uno a dos años, se decidió su cierre. Sin embargo Sainte Marie, a quién se le conocía con el seudónimo de Volpone, con el cual firmaba sus artículos más virulentos, lo compró a un precio simbólico y lo transformo en matutino especializado en temas policiales, y al parecer con precios de impresión muy módicos en los talleres de La Nación.


Sus tirajes iniciales fueron de entre 20 y 30.000 ejemplares, apenas para cubrir los puntos de ventas de Santiago y de algunas otras ciudades de importancia.

Sin embargo, gracias a su cobertura de la nota policial logró llegar a una venta de entre 35.000 y 40.000 ejemplares, lo que le permitía vivir, aunque con una planta de personal periodístico muy reducida, inferior a las 20 personas.

Al asumir la presidencia, el 4 de noviembre de 1958, el conservador Jorge Alessandri Rodríguez *, el personal de Clarín fue desalojado violentamente de las instalaciones de La Nación , su redacción debió ser instalada en un departamento céntrico que arrendaba su director en ese momento, Román Alegría Rodríguez, y por un acuerdo literalmente de última hora, comenzó a ser impreso en los talleres Horizonte del Partido Comunista, en la tercera cuadra de la calle Lira.


La razón de su abrupta expulsión de La Nación , se debió a que Volpone hizo una encarnizada campaña en contra de Alessandri, e incluso un diario de la tarde, netamente político de su propiedad, La Gaceta fue cerrado definitivamente. Uno de sus redactores fue Carlos Jorquera, quién estuvo el 11 de septiembre de 1973 en La Moneda junto al presidente Salvador Allende y sobrevivió, no así Augusto Olivares – que también se encontraba en el palacio presidencial --, durante muchos años uno de los principales animadores de Ultima Hora.


Volpone, un enigmático personaje del dramaturgo inglés Ben Jonson, en su versión chileno-boliviana (nació en La Paz, su padre diplomático, su madre ciudadana altiplánica), era un columnista prolífico y agresivo. Sus editoriales de media página (de baticola los bautizó su autor) provocaban escozor, como el odio irracional del desaparecido ex senador socialista Raúl Ampuero, que incluso en un ridículo episodio fue a esperarlo a Valparaíso, cuando el periodista regresaba con su familia de un viaje marítimo a España.


Siendo sus textos polémicos y muy hirientes, siempre fueron redactados en un perfecto castellano, con giros populares pero sin palabrotas, manifestando Sainte Marie que su modelo eran los escritos del autor del Siglo de Oro español, Francisco de Quevedo.

Ese fue precisamente el estilo que Sainte Marie infundió a su publicación, entregando la orientación de las grandes líneas que su gente debía respetar, pero dejándoles completa libertad en los detalles y entregándoles un amplio respaldo donde no influían presiones ni económicas ni políticas.

Las peticiones para que despidiera a tal o cual reportero, nunca prosperaron y Volpone – que se describía a si mismo con “un hombre de negocios exclusivamente periodísticos” --, se compró más de algún pleito público por algo que en un comienzo ni le había interesado. Solo lo había leído al momento de su publicación.


Entre estas una agria disputa con el industrial textil Juan Yarur Banna, a quien bautizó como El Camellero por su origen mesoriental, quien tuvo la mala idea de ofrecerle una esplendida cartera publicitaria para Clarín, si ponía de patitas en la calle al pintoresco reportero Oscar Vega (El Monstruo, para sus colegas, por su exquisita tendencia a morder la mano que lo alimentaba, según el infundio maldicente), quien había escrito una nota bastante insultante como imaginativa sobre el millonario. Yarur llamó por teléfono a Volpone, hizo su ofrecimiento, se lo rechazaron, hubo un intercambio de palabras airadas y finalmente la ruptura y una campaña contra el industrial muy pasional.


Tampoco tuvieron éxito, políticos como el dos veces senador Juan Hamilton Depassier, que pidió inúltimente la cabeza de Gutiérrez Aicardi por considerarlo poco amable hacia la Democracia Cristiana y en especial a su candidato presidencial de 1970, Radomiro Tomic.


Volpone, gustaba recordar una frase que había leído en el hall de entrada al The New York Times en sus tiempos de redactor de la Associated Press en la ciudad de los rascacielos, por allá por los años de 1920, y que decía: “Un reportero llega hasta donde su director lo deja”.


A partir de 1959, Clarín fue encabezando la oposición a Alessandri y logró ampliar sus ventas, de las que vivía, con una serie de casos policiales que despertaron mucho interés, como el crimen del Molino Rojo, donde el dueño de una emisora muy popular, la Nacional de esos años que más tarde sería adquirida por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria,  mató a balazos a su esposa y a su amante en una fuente de soda de San Diego y Avenida Matta, o con los crímenes de Roberto Heabig, cometidos en una casa de la calle Dardiñac del entonces tranquilo y romántico barrio Bellavista, y quién enterraba los cadáveres en su jardín, cultivando hermosos, jugosos y grandes tomates de un rojo intenso, que repartía entre sus vecinos.


Según las cifras concretas de la historia de Clarín, cada uno de estos casos hizo subir la circulación, que es necesario insistir era el punto clave para que el diario siguiese existiendo. En estas ocasiones, se vendían de 40.000 o 50.000 ejemplares más, lo que se mantenía en la medida que el delito siguiese siendo un comentario diario de la gente. Cuando el caso perdía interés y al volver las cosas a la normalidad Clarín retenía cada vez entre 15.000 y 20.000 de esos nuevos lectores.


Así llegó a tener ventas que superaban los 200.000 ejemplares diarios y que en casos muy especiales como el asesinato del presidente John F. Kennedy, en noviembre de 1963, alcanzó la cifra record de 500.000 ejemplares. No hubo más ventas porque la rotativa que tenía Clarín en ese momento no fue capaz de lanzar más periódicos, y hubo que detenerla a las seis de la tarde para poder imprimir la edición del día siguiente.


Desde el punto de vista estrictamente de filosofía periodística, Clarín se definía como un diario popular, nacionalista y de izquierda, que abría sus páginas, mediante secciones como Su Párrafo Lector, a los sectores de la sociedad chilena que generalmente eran ignorados hasta ese momento, y que por orden de Volpone “entre un patrón y un obrero, se prefería al obrero”.

Por eso, contaba con una sección sindical permanente, donde se reseñaban los conflictos laborales, y con una sección política que solía burlarse de los políticos y de las autoridades, donde destacaron periodistas – “prácticos” nos decían, absolutamente empíricos los pobres --, como Hernán Millas ( La Moneda de dos Caras), Eugenio Lira Massí, Carlos Castillo Chinchón y su ex director y atinado columnista de Devaneos y Comistrajos de la Política, Román Alegría Rodríguez, Augusto Olivares --en los años finales de Clarín --, entre otros.

En las filas de los reporteros policiales, brillaron muy especialmente Miguel Belisario Torres (con la Noticia Policial y su Nota Humana, que inició en Ultima Hora antes de cambiar de casa editorial) y John Carvajal Rozas (quien hacía hablar a los muertos con singular maestría, estremeciendo a las multitudes)  y Enrique Gutiérrez, a quien la valió una felicitación de Volpone su crónica sobre el fusilamiento del Chacal de Nahueltoro, que vendió decenas de miles de ejemplares un día Primero de Mayo, sin suplementeros y con el público haciendo cola para comprar ejemplares a las puertas del diario en la ex calle Galvez).

También pasarían por esa páginas, escritas con tinta roja, como diría algún cursilón cronista mercurial, Enrique Motorcito Pizarro que terminó sus días en El Mercurio y Mario Leo, quien se hizo famoso en los primeros años de la publicación, contándole chascarros judiciales a “mis curiosillos lectores”, toda una irreverencia dado que empleaba la primera personas en tiempos en que el periodismo chileno era esencialmente modesto y todo se hablaba en la primera persona pero del plural. Entre los del último período del diario, destacó Claudio Espinoza.


De los columnistas y editorialistas hay que mencionar a Daniel del Solar, al escritor Manuel Rojas, a Raúl Morales Alvarez y sus innumerables seudónimos, desde Simbad el Marino (que le ayudó a venderse a la dictadura), a Sherlock Holmes –uno de los grandes animadores de las difuntas Noticias Gráficas, al abogado y político Oscar Waiss Band. Hasta el sorprendente Tito Mund, en algún momento, publicó allí sus furiosas y sabrosas crónicas.


Entre los directores estuvieron Román Alegría Rodríguez y Alberto Gamboa Soto, a quien le tocó morir con las botas puestas, periodísticamente, pues estaba a cargo del buque cuando vino el golpe de Estado y el asalto de los militares sublevados a las instalaciones de la calle Dieciocho. También estuvo de gran conductor, Fernando Murillo Viaña, que terminó a cargo del taller por sus peleas económicas con Volpone – que siempre andaba escaso de ahorros y haberes y recurría a mil y una triquiñuelas para obtenerlos, como dar por difunta a su suegra en variadas ocasiones para justificar el sablazo al decir necesitar pagar un inexistente funeral, lo que le dio buen resultado hasta que Sainte Marie le mando una tremenda corona a su casa y su esposa, a quien le decían la Desdichada Elvira , encaró malamente al autor del desaguisado  --. Murillo, excelente periodista, fue todopoderoso comentarista político en los tiempos del Frente Popular bajo la firma de Crayón Rouge.


Entre los timoneles de tempestades y bonanzas, los segundos de a bordo, pasaron por Clarín el gran e ignorado José Gómez López, prolífico fundador y refundador de diarios – él le cambió la cara (o la diagramación o formato, si se prefiere) al señalado matutino a mediados de los años de 1960; y el hombre que estaba al pie del cañón el 11 de septiembre de 1973, Alejandro Arellano Allende (el alopécico Reporter Porter de sus tiempos de cronista deportivo), quien pagó su lealtad y su entrega, con un espeluznante paso por el Estadio Nacional en manos de los golpistas y sus torturadores.


También cabe recordar a los terceros de abordo, los jefes de información y de crónica como Eduardo El Sordo Soto, que terminó de abogado picando pleitos en Rancagua y al final de notario público, o a fotógrafos como Juan Cortez Pérez, descrito por quienes lo conocieron como un “hombre  realmente bueno, sin dobleces y transparente como un vaso de buen vidrio”. Diozel Pérez Vergara, durante décadas director de La Cuarta , esa mala copia de Clarín, también paso por el diario tanto en su época de la calle Gálvez como cuando se imprimió en Diociecho.


Para ser justos entre sus grandes auxiliares de su sala de redacción, nadie puede desconocer a Teodoro Alonso Banda, siempre idóneo e imparcial a la hora de preparar condumios y brebajes y mucho menos a ese contrabandista en pequeño arrepentido y gran animador de tertulias, que fue el iquiqueño – pìqueño por mayor rigor --,Víctor Condori Mamani.


Volviendo a estilos, usos y costumbres, los únicos límites que tenían las críticas impresas eran el general Carlos Ibáñez (mi “animita milagrosa”, decía Sainte Marie) y la Vírgen del Carmen. La forma de escribir era más o menos osada, pero sin concesiones al garabato. El ingenio no es sinónimo de grosería ni de agresión lingüística, resultaba ser la moraleja.


Junto a esto, Clarín recogía la opinión seria mediante artículos permanentes de intelectuales como el escritor Manuel Rojas, el conocido autor de Hijo de Ladrón y de Baltasar Castro, un político y viñatero, de controvertida personalidad, quien tenía varios libros a su haber y una amistad con Fidel Castro que le permitió vender a Cuba, sus dudosos vinos Don Balta.


En materia de política exterior, Clarín fue abiertamente disidente de Estados Unidos, apoyó a Cuba y destacó la tragedia que se desarrollaba en Vietnam.

Los sabiondos que quieren pasar por doctos, insisten en que Clarín tenía un lenguaje popular, que recogía los giros idiomáticos utilizados por el pueblo, pero que jamás uso ni palabras soeces ni situaciones sexuales explícitas. Por ejemplo, si se quería graficar que alguien había sido engañado y estafado, se ponía simplemente: “Le vieron las ruedas a…” . Para muchos la gran gracia de Clarín fueron sus títulos, que estaban inspirados en la escuela de quién hizo la primera página de Las Noticias Gráficas, el periodista Hugo Marillán, uno de los grandes bohemios de los años de 1940 en Santiago.


Aún se recuerdan dos de los grandes títulos de Marillán: “Matarife benefició a su mujer: por vaca”, y otro que decía: “Iba como uva, pasó un tractor, y lo dejó como pasa”, los que los expertos de la vuelta de la esquina, atribuyen a Clarín. Como también se recuerda aquel “Miembro aristocrático se introdujo en círculo obrero” a raíz de un caso de un pijecito de la época, acusado de violar a un pobre, ebrio y modesto muchacho durante una borrachera o aquella ocasión en que Las Gráficas, muy ibañistas, descalificaron al postulante radical para las presidenciales de 1952: “Hoy proclaman a Pedro Enrique Alfonso por el Norte Grande. Y también por el Chico”.


La última edición de Clarín que circuló realmente fue la del 10 de septiembre de 1973. El día 11 a las 4:00 a.m., tropas del ejército ocuparon los talleres ubicados en ese momento en la calle Dieciocho 263, e impidieron la entrega del matutino a las agencias de distribución. Como el diario comenzaba imprimirse para regiones a las 8 de la noche, a algunas de estas sí llegaron los diarios, aunque en forma accidental. 

En ese mismo momento se confiscaron todas las instalaciones del diario, convirtiéndose en un centro de torturas apodado La Firma , que estaba a manos de la policía de Carabineros y donde se originaría uno de los peores casos de violaciones a los derechos humanos con el degollamiento de tres militantes comunistas, lo que le costaría el cargo en la Junta Militar y en la cúpula de las fuerzas de orden, al rastrero general César Mendoza-.          

Parte del anecdotario de Clarín refleja en cierto modo la vida bohemia y pintoresca de su gente. En 1961 contó por primera vez con talleres propios en una vieja casona de dos pisos de la calle Gálvez – hoy Zenteno --, esquina de Alonso Ovalle.


Eran tiempos en que adquirir una rotativa nueva significaba una inversión muy grande, prácticamente imposible para las empresas periodísticas locales de esos años. Incluso la gran planta impresora santiaguina de esos años, Zig-Zag, destruía sistemáticamente las rotativas que desechaba para evitar cualquier tipo de competencia. Irónicamente, en sus años mozos, Sainte Marie, fue director de la revista que le dio el nombre a aquella empresa ubicada justo detrás de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, en las riberas del lánguido Mapocho.


Volpone fue avisado de que en Concepción, una rotativa Goss que había pertenecido a la Sociedad Periodística del Sur, que editaba diarios en Concepción, Valdivia y Osorno, estaba abandonada y se había convertido en gallinero. Junto con la rotativa, Volpone dio con un mecánico alemán, hombre alcohólico pero metódico, que durante un año desarmó, pulió y reparó ese montón de fierros viejos y finalmente lo hizo andar con una capacidad de impresión de 60.000 ejemplares por hora. La máquina fue bautizada oficialmente como La Clueca, pues realmente parecía una gallina depositando su huevo matinal cuando echaba a rodar sus rodillos. 


Los píos y conservadores dueños de la Sopesur casi se murieron cuando supieron que el antiguo gallinero era ahora la herramienta principal de la competencia y durante meses buscaron al culpable de haber vendido esos despojos metálicos que nadie pensaba que volverían a editar nada, pero que el germano, entre trago y trago, devolvió a la vida.


Dario Sainte Marie fue uno de los cerebros de la campaña del empresario Arturo Matte Larraín, quien buscó la presidencia contra Carlos Ibáñez en 1952.

Matte, cuñado de Alessandri Rodríguez fue derrotado y entre otros, Volpone quedó en la vil calle, sin que sus antiguos patrones le tendieran una mano. Eso agrió las relaciones. De pronto, alguien en la triunfante tienda ibañista, muy necesitada de talentos, se acordó que Volpone había colaborado con Pablo Ramírez, el autor del milagro económico del primer y dictatorial gobierno del General de la Esperanza – como decían sus seguidores --, milagro que acabó con la crisis bursátil de Wall Street en 1929 y su repercusión empavorecedora sobre nuestra ya tambaleante industria salitrera. 


Volpone, como buen converso ibañista, a la cabeza de La Nación , atacó a la derecha que al general tras haberlo usado contra el Frente Popular y en su momento contra los devaneos liberaloides de Arturo Alessandri Palma, ahora abominaba de Ibáñez  Allí se terminó la amistad de frentón y cuando Alessandri quiso volver a La Moneda en 1970, Clarín lo bautizó como La Señora , en alusión a su agresiva soltería y a sus costumbres austeras como el tecito de las cinco, acompañado  de galletas de agua.
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