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40 horas y el

derecho a

la dignidad

Las historias tienen formas
de hacernos creer que las
cosas pasan por casualidad.
Que de un día para otro
sucedió tal evento.

Por: Camila Vallejo

En el caso de las 40 Horas, por ejemplo, pareciera que de repente todo el mundo se puso a hablar de la reducción de la jornada laboral. La realidad es que llevamos casi tres años trabajando en esto. 

Hemos hecho un trabajo de hormiga, día a día, semana a semana. En el Congreso y en territorio nos hemos reunido con sindicatos, académicos, empresas, innovadores e innovadoras, organizaciones sociales, profesionales del ámbito económico y laboral, de la salud física y mental. Hemos reunido información y hemos solicitado propuestas de cómo mejorar este proyecto y que sea una realidad lo antes posible.

A pesar de que las opiniones y aportes que hemos recogido en estos años son diversos y desde distintos puntos de vista, todos coinciden en que las largas y extenuantes jornadas laborales no son deseables.

Son, sin embargo, las mismas personas que “viven para trabajar” las que mejor entienden de la precariedad humana a la que son sometidos con estas jornadas extenuantes. 

En La Pintana, La Florida, Puente Alto y San José se repetían y se siguen repitiendo los mismos problemas en cada actividad distrital. “Diputada, sabe que yo me levanto a las 5 de la mañana, llego a las 10 o a las 11 de la noche a mi casa. ¿En qué momento me hago cargo de los niños? ¿De que se porten bien y estudien?”.

A esto se suman los sueldos miserables que muchos y muchas ganan, los largos tiempos de desplazamiento y la calidad del sistema de transporte, considerando que en comunas como La Pintana ni siquiera hay metro. 

Son personas agotadas que trabajan para pagar deudas, que no tienen tiempo para capacitarse o incluso para terminar una enseñanza media inconclusa.

Que viven en una eterna inseguridad laboral, con pánico a que alguno de los suyos se vaya a enfermar en este país de “Bingos”.

Son miles de personas que viven estresadas y con angustia o “culpa” de no poder estar más presentes para sus hijos, que apenas si logran darles un beso de buenas noches todos los días. Son mujeres con doble o triple jornada, que hacen malabares para que la casa se mantenga en pie mientras ellas se derrumban. 

El proyecto de las 40 Horas se forjó hace tres años pensado en ellas y ellos porque tenemos la convicción de que el trabajo no debe denigrar sino que dignificar. Ese debiese ser el foco al momento de legislar. 

Por cierto que la economía y la productividad son también asuntos importante, eso no está en discusión.

Está a la vista, sin embargo, que trabajando 45 o 57 horas semanales (si consideramos las horas extras), no hemos sabido ser un país más productivo, ni más rico, ni con mejores salarios. Aunque algunos estarían felices pagando aún con fichas y sin vacaciones, no es así como se construye una sociedad más próspera.

Por el contrario, cada vez hay más estudios que demuestran los efectos perjudiciales que tienen las largas jornadas laborales en la salud de las personas y en sus lugares de trabajo.

Esto no es una novedad si nos remontamos a lo señalado por el psiquiatra y padre de la terapia ocupacional, Adolf Meyer, quien señalaba que las personas deben tener la posibilidad de organizar su vida en rutinas normales para lograr satisfacer las necesidades interpersonales que les permiten alcanzar el bienestar físico y psicológico. 

De acuerdo a la OIT en su publicación “Estrés en el trabajo: un reto colectivo” (2016), los horarios largos o que no permiten tener vida social son, entre otros, un factor de riesgo psicosocial, los que están en el origen del estrés relacionado con el trabajo y de otros trastornos mentales de etiología laboral. 

Claramente en Chile, nuestro bienestar psicológico no es el mejor y el trabajo está siendo un factor determinante en aquello; sólo entre 2013 y el 2018 aumentaron en 50% los permisos por agotamiento laboral, depresión y estrés.

Esto sin contar a todas las personas que o no pueden recibir tratamiento médico o no presentan licencias por temor a ser despedidas.  

El 2018 la OIT insiste en esta materia haciendo referencia a un listado enorme de estudios en su nota técnica denominada “El tiempo de trabajo y sus efectos en la seguridad y salud de los trabajadores”, donde es clara en señalar, entre otras cosas, que; existe una clara asociación entre largas jornadas de trabajo y enfermedades cardiovasculares, que; el exceso de jornada laboral y/o la falta de descanso se asocian a muchos accidentes de trabajo y enfermedades profesionales, y que;  largos horarios de trabajo están asociados a ritmos biológicos circadianos perturbados, horas de sueño diarias reducidas y de mala calidad, y exigencias conflictivas de la vida laboral y familiar que contribuye a aumentar el nivel de estrés y de cansancio. 

Es así como los efectos de las jornadas laborales largas o “atípicas” no se limitan únicamente a los trabajadores, sino que también afectan a su familia y a la comunidad en general (Guía para establecer una ordenación del tiempo de trabajo equilibrada, OIT, 2019). Las jornadas extenuantes no están enfermando únicamente a los y las trabajadoras, sino que al país completo. 

Incluso si queremos verlo desde el punto de vista de los costos, las largas horas de trabajo también representan una carga financiera importante para las empresas y el Estado debido a los accidentes laborales, ausentismo y rotación de personal por licencias psiquiátricas o asociadas a estrés laboral.

El pasar largas horas de trabajo no sólo afecta negativamente la salud y la seguridad de las y los trabajadores, sino que implica una disminución de la productividad individual por causa de una mayor fatiga y/o pérdida de motivación en el trabajo. 

Es hora de superar la disputa frívola e insustancial que ha levantado el Gobierno contra las 40 horas y asumir que este tema llegó para quedarse. No porque una encuesta lo diga o porque sea atractivo comunicacionalmente.

La discusión sobre la jornada laboral se queda porque es una necesidad humana fundamental, porque una sociedad moderna debe mirar hacia el futuro y no hay futuro posible sin dignidad. 

En las próximas semanas se vienen avances importantes. El 23 de octubre se votará en general el proyecto en la sala de la Cámara de Diputados.

Esperamos que para ese entonces, quienes han estado improvisando y jugando con el futuro de los chilenos y chilenas, asuman la seriedad del debate.

No es aceptable que se prometan indicaciones de 41 horas y luego se retiren, que se llegue a tal nivel de improvisación que demos un triste espectáculo con argumentos relacionados a la Copa América o a que los trabajadores de Conaf no cumplirían su vital labor en caso de aprobarse las 40 horas.

Lo más importante es, además, no perder el foco. El faro de las 40 horas puede iluminar muchos caminos: el de la productividad, de los estudios, de la economía, del crecimiento del país; pero finalmente debe llevarnos a un sólo puerto que es una mejor vida, el derecho a ser feliz.

ClariNet