¿El fin de la

izquierda en

América Latina?

Hace pocos días, el presidente
de Estados Unidos, Donald Trump,
declaró que se proponía "liquidar"
para siempre a la Izquierda de
Venezuela, de Nicaragua, de
Cuba y de toda América Latina.

Por: Sergio Aguiló

Convengamos que no la tiene fácil, a pesar de que vivimos uno de los periodos de mayor retroceso político de la izquierda en el continente, después de las derrotas electorales en Brasil, Argentina, Chile, El Salvador, y del deterioro creciente de la imagen de los gobiernos de Venezuela y Nicaragua.

Sin embargo, hay líderes y partidos de izquierda en nuestro continente que, sin querer, le están ayudando con entusiasmo o, al menos, le están haciendo fácil la tarea al líder de USA.

Unos, porque no han reparado suficientemente en las transformaciones profundas que han ocurrido en el mundo en el último medio siglo, y mantienen inalteradas, en lo esencial, las directrices conceptuales e ideológicas emanadas del pensamiento de Marx, Engels y Lenin.

Otros, porque encandilados por la brutal magnitud de dichas transformaciones, han abrazado con vehemencia ideas y programas cada vez más cercanos al neoliberalismo, al punto que han decidido lanzar "la bañera con guagua y todo" de cuanto significó la izquierda.

No es la idea hacer ningún recuento exhaustivo de todos los cambios experimentados por la humanidad en el último medio siglo, pero es necesario poner en blanco y negro algunos de ellos, para evidenciar la necesidad de incorporarlos a un nuevo ideario de la izquierda.

Desde luego, el desplome de la URSS, de todos los países de la "Europa Socialista", más los cambios radicales de la economía China, nos muestran que la concepción del "socialismo" basado en las premisas de la Dictadura del Proletariado, de la "socialización" (estatización) de todos los medios de producción y de la planificación central en reemplazo del mercado, se ha derrumbado definitivamente, sin vuelta.

Han sido los propios pueblos de dichos países, en la mayoría sin necesidad siquiera de recurrir a una revolución violenta, los que han exigido y provocado dichos cambios.

En otros países, como Cuba y Vietnam, con liderazgos más cercanos a sus ciudadanos, han sido las propias autoridades del Estado las que han impulsado procesos, aunque más pausados, en la misma dirección.

En el mismo período, en buena parte del mundo, con resultados diversos, se han erigido movimientos ciudadanos demandando respeto a los DDHH, libertad y Democracia, como nunca antes en la historia había acontecido. No sólo ha ocurrido en Asia y África con la llamada "´Primavera Árabe", sino también en el viejo continente.

Igualmente, en distintas latitudes del planeta, incluida A. Latina, con mayor o menor fuerza, se han iniciado o fortalecido significativos y  masivos procesos históricos de lucha por el reconocimiento a la dignidad y la igualdad de las mujeres, quienes por siglos han vivido una de las más largas y complejas dominaciones, como asimismo por el  reconocimiento a la diversidad de género y el derecho de cada persona a ser respetada en su individualidad.

Estas reivindicaciones tan esenciales para la comunidad humana, lamentablemente, no estuvieron en los orígenes del pensamiento y proyectos de la Izquierda en el mundo y tampoco en A. Latina.

Afortunadamente, en las últimas décadas hemos sido capaces de comprender la profunda inequidad e injusticia que implica el machismo en la estructura de poder, en la economía, en el sistema político y finalmente en la cultura.

Igualmente relevante han sido y son las luchas de los pueblos originarios de los territorios que hoy conforman los países de A. Latina, incluido nuestro país;  lucha por el reconocimiento a su existencia como pueblo, su cosmovisión y su cultura y, por cierto, a su propia estructura social y política.

Estos gigantescos movimientos ciudadanos han sido posibles, o se han potenciado, al alero de la más fenomenal revolución tecnológica ocurrida en nuestras sociedades, especialmente en el ámbito de las comunicaciones.

Los ciudadanos de un país, incluso del mundo, ya podemos comunicarnos con nuestros semejantes, en tiempo real, de manera automática, compartiendo información, transmitiendo anhelos y esperanzas, pero también organizando actos que puedan cambiar la vida, al menos de su entorno.

Incluso, en el ámbito de la salud, científicos de alta cualificación apuestan a que en veinte o treinta años más, la ciencia dispondrá de avances tecnológicos capaces de erradicar todas las enfermedades hasta hoy conocidas, incluido el cáncer.

Todas estas y muchas otras transformaciones descomunales que ha experimentado el mundo en las últimas décadas chocan, sin embargo, con una cruel constatación: la distribución en extremo desigual de los beneficios de este progreso sin precedentes de la humanidad.

En este marco, es particularmente desolador constatar que nuestro continente latinoamericano es en el que con mayor vehemencia se expresa está paradoja de los tiempos modernos, mostrándose como el continente más desigual entre todos.

Y aunque lo sepamos, nunca estará demás recalcarlo, Chile es el segundo país más desigual de A. Latina y uno de los diez más desiguales del mundo.

Así como en las últimas décadas se han experimentado cambios notables y profundos en el mundo, una de las cosas que no cambió es la en extremo desigual distribución de su  progreso. El famoso economista francés Thomas Piketty, lo demuestra con antecedentes irrefutables en su libro "el Capital en el Siglo XXI".

Por eso es importante recalcar, cuántas veces sea necesario, que así como el mundo experimentó cambios coperrnicales en las últimas décadas, que entre otras cosas tornan obsoletos los programas de izquierda que quieran insistir en ideas como la "dictadura del proletariado", la "socialización de todos los medios de producción" , o la "eliminación del mercado", la brutal realidad contemporánea torna fatuo y vacío a todo partido que, definiéndose de "izquierda", no decida combatir con prioridad las desigualdades que impiden que todos los seres humanos puedan beneficiarse de los progresos de la humanidad y que, al menos, tengan derecho a alimentarse, a una educación de calidad, a una atención de salud pronta y eficaz, a gozar de la cultura y de la belleza y a vivir una vejez digna.

Pero, también, hoy no es posible pensar un proyecto de izquierda sin considerar el pleno reconocimiento de los pueblos originarios, con una participación en el sistema democrático que respete sus propias formas de representación política.

Tampoco es posible pensar un proyecto de izquierda que no esté profunda y activamente comprometido con la plena igualdad de la mujer y el reconocimiento a la diversidad de género.

Y, por cierto, sería incomprensible e inaceptable una Izquierda que no se comprometa y propicie una nueva relación de respeto de la comunidad humana con la naturaleza, con modelos de desarrollo sustentable.

De igual modo, al menos en A. Latina, es poco creíble definirse de izquierda y no querer comprender el rol avasallador que siguen jugando los gobiernos de Estados Unidos, para llevar de la mano a las trasnacionales que quieren apoderarse de nuestras riquezas, como el petróleo, el cobre, el litio, el gas, y tantos otros.

Qué más de lo que ya ha hecho dicho país, sólo en las últimas décadas, tendría que volver a realizar para que nuestros modernos "izquierdistas" de Chile y de otros lares, comprendieran que una de las cosas que no cambió en esta vorágine de transformaciones mundiales, es precisamente su rol imperialista.

¿No han bastado sus excusas mentirosas para instalar dictaduras criminales en nuestro continente, para mantener el bloqueo de 60 años a Cuba, para invadir Granada, para intervenir en  Siria, Libia , para destruir Irak apoderándose de todo su petróleo?

En este último tiempo, la experiencia de lo ocurrido en Venezuela es particularmente paradigmática.

Luego de un primer período estimulante y esperanzador conducido por Chávez, la "revolución bolivariana" ha mostrado con Maduro un viraje hacia el autoritarismo y hacia la locura (como lo dijera en su momento el gran Pepe Mujica).

No es aceptable, en los tiempos que corren, despojar de toda autoridad a un Congreso elegido democráticamente, ni apresar a disidentes políticos.

No es comprensible que la economía del país más rico en recursos naturales de A. Latina (con las reservas de petróleo más grandes del mundo), aún antes de que USA aplicara sus medidas de bloqueo, haya sido virtualmente destruida.

Aun siendo así la dura realidad de este país hermano, ¿alguien puede creer, de buena fe, que lo que motiva la intervención de Estados Unidos allí es el eventual deterioro de los DDHH?

¿Puede alguien creer que los desvelos de Trump respecto a Venezuela, tengan algo que ver con su eventual "crisis humanitaria"?

Oponerse con todo a la intervención de Estados Unidos en Venezuela, y sobre todo, a su eventual invasión militar, no es apoyar a Maduro, es apostar por una solución política, democrática y, especialmente, sin derramamiento de sangre, a la crisis de Venezuela. Eso sí sería actuar aprendiendo de los cambios que ha experimentado el mundo.

Sin embargo, no bastarán los maquiavélicos intentos de Trump, ni la insistencia en ideas y programas equivocados, para terminar  derrumbando a la izquierda en A. Latina. 

No será la primera vez que un líder fanático y ultraderechista de se proponga tal propósito. Ni será este el único período histórico en que la izquierda, o parte de ella, confunda su camino. El factor nuevo que, unido a los anteriores, sí tiene posibilidades de destruirnos, sino para siempre, al menos por un período muy largo, es la presencia de la corrupción.                  

La izquierda fue por muchas décadas, en Chile y en el mundo, conocida, y a veces criticada, por muchas razones; por su abnegación, por su compromiso, por su sectarismo, por su inflexibilidad, pero nunca por corrupta. Ejemplos hay cientos.

El más cercano y hermoso, es el que se nos presenta luego del brutal golpe militar en Chile, cuándo la Junta Militar de gobierno tenía todo el poder y podía hacer lo que quisiera en el país, y muchos altas autoridades del Gobierno de la Unidad Popular se encontraban presos, nunca se le pudo atribuir al ex Presidente Allende ni a ninguno de sus colaboradores, ni mucho menos probar, que se hayan quedado con un solo peso del erario nacional.

El testimonio de Allende, más esta conducta proba y digna de su gobierno, fueron factores claves para que la izquierda chilena emergiera de la dura experiencia de la dictadura con un fuerte capital moral. Con  trayectorias muy diversas, otras izquierdas del mundo compartieron este prestigio de dignidad y entereza ética.

¿Podemos decir lo mismo hoy de toda la izquierda de Chile y de A. Latina? Por cierto que no. Categóricamente no. Un manto oscuro y turbio cubre a buena parte de la izquierda de nuestro continente.

El PT en Brasil, el PSUV y Maduro en Venezuela, el sector peronista que apoyó Cristina Kirchner en Argentina, el MSLN y Ortega en Nicaragua, varios dirigentes y partidos que apoyaron los gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría en Chile, somos vistos por nuestros propios ciudadanos con sospecha, con mucha distancia, cuando no directamente como corruptos.

Uno de estos partidos, en nuestro país, llegó a tener en su padrón de militancia a una empresa (SQM) que más tarde sería conocida como la más activa, aunque no única, en esto de cooptar con dinero a parlamentarios y partidos.

En este nuevo escenario, los caminos para nuestras izquierdas, de Chile y de A. Latina al menos, ya no podrá ser la revolución (en el sentido leninista de la palabra), no porque no estén dadas las "condiciones objetivas y subjetivas", sino porque no es lo que aspiran y quieren nuestros pueblos.

Tendrá que ser un camino de reformas sucesivas, de transformaciones graduales, construyendo grandes mayorías para impulsarlas, que busquen la implementación de programas que puedan ser medidos por cuanta mayor igualdad e inclusión social han sido capaces de generar.

Sin descuidar la idea de que nuestros países deben seguir creciendo, con estricto cuidado del medio ambiente, para que el bienestar que produce el progreso pueda llegar a todos, incluidas las generaciones por venir.

Sin complejo debemos decir que en nuestra visión de país, el mercado y la iniciativa privada juegan un rol importante. También juega un rol principal lo público, para proteger a los sectores más débiles y que no protege el mercado por sí solo, para proteger a los(as) trabajadores(as) y sus derechos, para proporcionar una educación de calidad y una atención de salud eficiente y humanizada, para socializar y garantizar a todos y a todas el acceso a los bienes culturales, para ofrecer una seguridad social que permita una vejez digna.

También para garantizar la propiedad de todos(as) los(as) chilenos(as) de nuestras riquezas estratégicas. Estamos hablando de un Estado de Bienestar Moderno o, si se prefiere, de un Estado Social y Democrático de Derechos.

Pero, antes de iniciar cualquier proceso de reformas progresivas, debemos volver a conquistar el corazón de nuestros(as) ciudadanos(as).

El único camino posible para ello, es volver a creer en nosotros mismos. En que somos gente decente que vimos en la política un instrumento para trabajar por nuestro país. Eso supone mirar a la cara a la corrupción, que es precisamente una conducta que expresa lo contrario de la buena política: el corrupto trabaja para sí mismo, jamás para el país.

Eso supone que derrotemos la corrupción en nosotros mismos y en nuestros partidos. Eso supone que actuemos como nos propone el ex Presidente de Uruguay, Pepe Mujica, y nos sinceremos: "al que le guste el dinero, que se dedique legítimamente a los negocios".

Dicho de otra manera, o la izquierda mata  a la corrupción,…o la corrupción terminará matando a la izquierda.

Cuando ello ocurra, los(as) ciudadanos(as) comenzarán a mirarnos con otros ojos; probablemente volverán a creer en la política y en la izquierda, y tal vez, entonces, tenga sentido sentarnos en cualquier plaza, barrio, café o bar, para volver hablar con ellos(as) de nuestros sueños.

ClariNet