5 de octubre de 1988,

triunfo ¿de quién?

El 5 de octubre el pueblo chileno
celebra 40 años de la gran
victoria en el plebiscito por donde
cursó el gigantesco movimiento
político y social levantado en una
década de lucha popular masiva
y decidida, que lo hizo posible y
acabó con la dictadura poco después.

Por Manuel Riesco

Lamentablemente, el aniversario intenta ser apropiado de modo mezquino por un grupo que, tras boicotear el gobierno de Bachelet y ser grandes responsables de la derrota de su coalición, buscan ahora dividir a las fuerzas opositoras con el propósito de conformar alianza de centro-derecha en colaboración con el actual gobierno.

Saldrán trasquilados en ambos propósitos. El oportunismo “centrista” viene en retroceso en el mundo y en Chile, por su venal sumisión a grandes intereses que impiden resolver grandes problemas que con justicia tienen indignado al pueblo.

La labor de zapa de este grupo logró paralizar en gran medida el esfuerzo reformista del gobierno de la Presidenta Bachelet y luego torpedearon la continuidad de Nueva Mayoría, todo lo cual condujo a su derrota en las recientes elecciones. 

Sin embargo, este merecido castigo recayó principalmente sobre ellos mismos, vieron diezmada su votación, sus principales figuras quedaron fuera del parlamento y dejaron a mal traer a los partidos desde donde operan.

Ahora intentan sacudirse de su bancarrota política apropiándose el aniversario del 5 de Octubre. Intentaron sin éxito excluir de la celebración al Partido Comunista, el más tenaz opositor a la dictadura y uno de los artífices decisivos en la victoria de entonces. Hicieron el ridículo, un respetado periodista los llamó “pelafustanes” por esta pretensión.

Pero no cejan. Un conocido publicista insiste en ese empeño en  entrevista de El Mercurio, que pretende torcer la historia y desmerecer la gesta de entonces, afirmando "lo que en esa fecha se conmemora es la derrota de la 'perspectiva insurreccional de masas' adoptada por el PC en 1980, no su victoria”.

Argumenta que… los sucesos de 1986 [el descubrimiento de la internación de armamento y el atentado a Pinochet] reforzaron el poder del régimen lo que le lleva a encarar con confianza el proceso que desembocaría en el plebiscito”.

Este último argumento es el que más le gusta: “El plebiscito se realiza en el mejor momento del régimen... cuando el ‘chorreo’ empezaba a funcionar. Fue esto finalmente, concluye, lo que posibilitó que Pinochet ‘se comprara’ las tesis favorables a organizar el plebiscito en las condiciones que se hizo… con franja de TV”.  En otras palabras, según este genio de la propaganda, “finalmente” Pinochet perdió de pelotudo, por permitir “la franja”.

Las dictaduras caen cuando el pueblo no las aguanta más. Desde luego, por la vía más directa y menos dolorosa que resulte posible. La resistencia chilena se inició desde el momento mismo del golpe y no cejó hasta que la dictadura se acabó.

Inicialmente consistió en asegurar la supervivencia de las organizaciones y preparar responsablemente las condiciones para pasar a la ofensiva en todos los terrenos, sin esquivar ninguno como siempre corresponde hacer en tales circunstancias.

Ello fue posible a partir de los años ‘80, gradualmente primero y luego abiertamente, lo que culminó en la sucesiva realización del plebiscito del 5 de octubre de 1988 y las elecciones de 1989 y los triunfos electorales respectivos que permitieron acabar con la dictadura.

A lo largo de todos esos años se trabajó con paciencia y sin descanso para conformar un frente político opositor, nacional e internacional, sin exclusiones y lo más amplio posible. Algunos se incorporaron al mismo a regañadientes, en la hora undécima, de mala gana.

A la postre, con padrinazgo extranjero poderoso y la anuencia de los partidarios de la dictadura a quienes prometieron no tocar un pelo, pecharon para quedarse con la conducción y “finalmente” excluir a los que pusieron la fuerza: el pueblo, sus organizaciones y los partidos que fueron leales al Presidente Allende hasta el final. En la historia de luchas antidictatoriales no es la primera vez que pasa ni será la última.

En el trasfondo cursaba uno de los más impresionantes ciclos de actividad política que ha experimentado el pueblo chileno y sin duda el más heroico. Solo comparable al que se levantó entre 1965 y 1973 haciendo posible las grandes transformaciones que modernizaron el país para siempre y, por haber incorporado por primera vez masivamente al campesinado, merece el nombre de Revolución Chilena con mayúscula.

De este modo cursó la gesta histórica que hizo posible el plebiscito y acabó con la dictadura.

El publicista referido tiene la tupé de exigir “una autocrítica” del Partido Comunista por su accionar en 1986, correctamente definido como el año decisivo, y 1987.

La misma fue hecha hace años por la persona más autorizada para ello, nada menos que Don Luis Corvalán Lepe. Corvalán reconoce sin ambages que los comunistas se demoraron algunos meses de más en 1987, antes de tomar junto al resto de las fuerzas democráticas el camino de la inscripción en los registros electorales y asumir de lleno esta tarea.

Ello significó en esos meses pelearse incluso con sus aliados más estrechos, los socialistas de Almeyda, y muchas otras personalidades. Lo que es más grave, conspiró para que tuviese éxito la maniobra de aislar a los comunistas y otras fuerzas populares, forzandolos a ir en una lista separada en la elección de 1989. Ello impidió que el primer parlamento obtuviese una mayoría suficiente para realizar cambios constitucionales, lo cual habría sido posible al concurrir en una sola lista ¡gracias al binominal!

No estimó prudente Corvalán ventilar públicamente en ese momento los motivos de dicho retraso, pero es bueno decirlo ahora. Giros tácticos radicales como ese resultan indispensables en momentos cruciales, pero para darlos oportunamente los partidos requieren una férrea unidad en su cúpula, la cual en ese momento lamentablemente no se dio en el Partido Comunista. Salió caro, porque contribuyó a una exclusión prolongada de la vida política, no solo a ese partido sino del pueblo.

Sin embargo, escribe Corvalán, “no podíamos ser los primeros”. Era indispensable mantener la presión que significaba la decisión de actuar con energía del principal partido de la resistencia. Éste mostró con contundencia su capacidad política y social al ser capaz casi por sí sólo de paralizar el país el 2 y 3 de julio de 1986. Su capacidad militar quedó en evidencia en las semanas siguientes.

En una de esas, el susto de Las Achupallas e internación masiva de armamento bajo sus barbas, pesó más que rastreras promesas de impunidad y moderación de parte de opositores oportunistas que los militares despreciaban y desprecian, para “convencer” al dictador y sus secuaces acerca de la conveniencia de realizar el plebiscito y acatar sus resultados.

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