DEBATE-DOCUMENTAL

El neoliberalismo
como construcción
de conceptos y
producción de individuos.

Por Raúl Rodríguez Freire

Calidad, gobernabilidad, democracia, son conceptos con los cuales es difícil estar en desacuerdo. Una de las principales estrategias del neoliberalismo ha sido la inscripción de su jerga modernizadora en el sentido común. ‘Capital humano’ y ‘emprendimiento’ son dos de los principales dispositivos de gobierno. Transformar el trabajo mediante la creación de pequeños capitalistas es la forma de la actual explotación flexible, el desbloqueo a la libre circulación del capital y la producción de la libertad necesario para ello.

Una de las principales estrategias del neoliberalismo ha sido la inscripción de su jerga modernizadora en el sentido común. Calidad, gobernanza, democracia, son así, conceptos con los cuales es difícil, sino imposible, estar en desacuerdo.

Quién podría resistirse a una universidad donde sea la calidad y no el lucro lo que guíe sus principios; quién rechazaría una sociedad que tuviera a la democracia como principal baluarte político.

Bueno, así es como opera el neoliberalismo, entregándonos una serie de nociones, no siempre bien definidas, con las que nos novemos en conjunto con quienes detentan el poder de gobernarnos.

Dentro de estas palabras clave, capital humano y emprendimiento son dos de los principales dispositivos de gobierno. Por ello no es casual que algunos países hayan reemplazado en las escuelas un ingenuo nombre como el de “técnico manual” o “manualidades” por el de “emprendimiento”. Ahora, desde niños, se debe pensar en el futuro éxito que nuestras creaciones podrían tener.

Ello implica que “el modelo” no es algo externo, que podamos criticar con cierta distancia. En neoliberalismo ya nos ha constituido, lo habitamos íntimamente, incluso cuando creemos resistirle, pues lo que no comprendió Neo es que de la Matrix no se despierta simplemente, puesto que la realidad, la creencia en una verdadera realidad, también es una ideología de la cual debemos desprendernos.

El capital humano es literalmente la transformación del ser humano en una máquina o como lo señaló Theodore Schultz –otrora decano de la facultad de Economía de la Universidad de Chicago–, en una conferencia que dio precisamente en el Chile de 1962, el capital humano es la transformación de cada ser humano en un capitalista, lo que en la jerga contemporánea equivale a un emprendedor, cuestión, por cierto, que se logró al transformar el saber en un bien de consumo y a los estudiantes en trabajadores, mientras los profesores han devenido en emprendedores que ponen en circulación su capital en el mercado académico.

Gracias a la teoría del rational choise, se pensó el trabajo no como un proceso, sino como una actividad que, cuando entra en acción, obtiene utilidades; se reintrodujo el trabajo (intelectual y material) en el análisis económico, y lo desdoblaron en una renta y en un capital; de manera que un sueldo ya no es un salario sino la renta de un capital, y un capital es lo que permitirá recibir ingresos a futuro, un capital que se pone en juego a la hora de entrar al mercado laboral, y que no solo tiene que ver con el saber, sino también con la idoneidad que se tiene para invertir el propio capital, con las competencias y habilidades, o con los talentos, pues el capital humano bien puede ser la voz de Shakira, la destreza danzarina de Michel Jackson, la psicología de Pilar Sordo, el conocimiento de la obra de Platón, las manos de una tejedora de maquila o el manejo de la teoría cuántica.

CAPITALISMO POPULAR: LA CONVERSIÓN

DEL TRABAJADOR EN EMPRESARIO DE SÍ 

En cuanto al capitalismo popular, este consiste en la difusión de la empresa privada entre distintos sectores de la población, lo que acontece, por ejemplo, cuando los trabajadores de una empresa compran acciones de la misma y se transforman así también en sus propietarios.

Otro ejemplo de capitalismo popular es el de las PYMES y el emprendimiento individual, ya se trate de las mermeladas que se preparan en casa para ofrecerlas a un supermercado o la fundación de un sello o una editorial alternativa, pues son parte de lo que hoy se llama industria creativa (o arréglatelas como puedas).

Esto comenzó gracias a la privatización de la empresas públicas (las AFP, pero también con algunos bancos), las que si teóricamente pertenecían a todos los chilenos, no lo eran fácticamente.

Ahora, gracias a José Piñera, lo son de todos los interesados al transformarse en accionistas de sus propios fondos.

En el exitoso balance del capitalismo popular que el economista Mario Valenzuela (1989) hacía a fines de los ochenta, se señalaba sin tapujos que la meta era “incorporar a todos los individuos en la generación de riqueza de las empresas y así lograr una mayor identificación con ésta y compromiso con el resultado operacional mismo”.

En otras palabras, la meta era quitar el antagonismo histórico que fundaba la relación entre trabajadores y capitalistas, y así asegurar el desbloqueo al desarrollo del capital.

Para ello, sobre todo los más jóvenes, el centro de esta economía política, recibieron importantes créditos CORFOS, lo que logró que a tres años de implementada la medida, casi tres millones de “nuevos trabajadores” devinieran también empresarios.

En una nota al pie, Valenzuela señala: “De acuerdo a cifras de la Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras, a diciembre de 1987, del total de los accionistas populares de los bancos de Chile y de Santiago, casi un 40% tiene menos de 35 años y un 64% menos de 45. Ello significaría que la juventud tiene gran interés en cimentar la capitalización de las empresas del país” (185).

De ahí la alegría de Lavín cuando afirmaba que:

En los últimos dos años, el desarrollo de la mentalidad empresarial entre los jóvenes ha sido sorprendente, dando lugar a congresos de nuevos empresarios, concursos de proyectos de nuevas Empresas [Lavín escribe aquí con mayúscula, tal como se escribe Estado], desarrollo de fondos de capital de riesgo, y de diversas otras iniciativas. A consecuencia de esta valoración creciente del rol del empresario, muchos de ellos son hoy invitados frecuentes a programas de televisión, o mantienen columnas en los diarios, mientras algunos se han atrevido, incluso, a comenzar a aparecer en su propia publicidad. Es el caso de Fabrizio Levera, quien al estilo de Iacocca, publicita sus productos personalmente, aparado en la música de Gigi, el amoroso (Lavín 1987: 20-21).

De esta forma, la revolución que se fraguaba durante la dictadura se escondía tras las cifras de televisores comprados y malls construidos, pues consistía en la transformación del trabajador en empresario de sí, en emprendedor.

Ello implica que la idea de trabajo debe ser nuevamente revisada, dado que su tradicional lugar ha sido obliterado por esta novedosa figura, considerando, eso sí, que no ha desaparecido del todo, todavía resiste.

Creemos además que es una tarea política urgente repensar tal categoría con el fin de volver a instalar el antagonismo que la empresarización de sí oculta, pues tal antagonismo no ha desaparecido… ¿qué pueden las pequeñas acciones de un trabajador frente al capitalista que posee el 51% de una empresa? Transformar el trabajo mediante la creación de pequeños capitalistas es la forma de la actual explotación flexible, el desbloqueo a la libre circulación del capital y la producción de la libertad necesario para ello. Es, en síntesis, una forma de gobierno, una gubernamentalidad neoliberal, como le llama Foucault.

LA “REVOLUCIÓN SILENCIOSA”

Y LA LIBERTAD ADMINISTRADA

Una de las reseñas del libro de Lavín, ejemplarmente titulada “Revolución silenciosa que favorece al pueblo”, tiene una ilustración que plasma nítidamente nuestro escenario: se trata de una imagen que imita a la estatua de la libertad de Nueva York, pero en su mano derecha no porta una antorcha, sino un libro, cuyo título es bastante claro: La declaración de principios del gobierno de Chile.

Nuestro escenario, entonces y como diría Nicanor Parra, es el de una enorme libertad inmóvil, una libertad esculpida a partir de las leyes gubernamentales que la dictadura, con Jaime Guzmán a la cabeza, fue perfeccionando. Se trata de una libertad producida y gobernada por sus leyes y administrada luego por las “reformas” concertacionistas, un modelo gestionario de autonomía empresarial que el Piñera presidente profundizó al transformar literalmente el paradigma del Estado, que ya no limita sino que fomenta la libertad empresarial con una ley que agiliza su producción.

Para ello la auto precarización pasó a devenir la norma, pues el ser empresarios de sí le resultó al capitalismo más productivo que el confinamiento.

De manera que la revolución silenciosa se ha convertido en una vociferante práctica de gobierno neoliberal que condena al pueblo a vivir una forma liberal de libertad.

Una política crítica, por tanto, tiene que romper con el liberalismo, tiene que ser realista y pedir, una vez más, lo imposible, pues es lo único que podría llevarnos hacia un mundo donde la libertad no sea una estatua.

Una tarea para nada superficial ni pronto a realizar, si pensamos que no hay afuera del capital, que vivimos en él, pero su misma extensión lo debilita, lo hace tambalear y abre, así, espacios para un devenir no empresarial, para la producción de una ética a través de la cual podamos darnos en el por-venir una libertad efectiva.

ClariNet