DEBATE-VIOLENCIA

Una gran pregunta. Una
gran y triste pregunta sobre
la cual intentaré esbozar
ciertos ejemplos que
permitan al lector, quizás,
encontrar la respuesta que
no he podido vislumbrar
en estos meses.

Por Henrriette Solis*

La violencia social llegó para quedarse, casi a un nivel de institucionalización colectiva en donde gritar, mofar, exponer a los “enemigos” es parte de una actitud. Es una actitud que puede, eventualmente, transformarse en acción concreta por el mero hecho de que la mal llamada libertad de expresión, ha creado plataformas y momentos en donde se nos permite aniquilar a quienes percibimos como los equivocados.

Es un ejercicio muy sano el participar en democracia, conocer, compartir opiniones pero si este ejercicio se limita exclusivamente a anular al otro, no tiene ninguna pertinencia ya que al final de la discusión solo se logra la satisfacción personal de ser el vencedor de una contienda a la cual, no se ha aportado nada.

He ahí el punto respecto de la libertad de expresión: que tu opinión aporte, que brinde información, que permite nutrir el conocimiento colectivo y de ahí tomar decisiones en conjunto como sociedad, no que intente ganar a costa de falacias o argumentos viscerales.

Ello lo he observado este último tiempo desde escenarios muy diversos, ya que se avalan conductas tan insolentes como lo ocurrido con la presidenta, el dar tribuna en un reportaje al agresor de Nabila, señalar que la derrota de Chile se debió a la relación amorosa que mantiene uno de los jugadores de la selección, que la adolescente de 15 años violada en Quinta Normal se lo merecía, o como señaló José Antonio Kast, que en dictadura se veló por los derechos humanos de “muchos otros”. 

Cuando nuestros discursos que pueden reflejar verdades, cosmovisiones o proyectos sociales se ponen por encima de los mismos, es que estamos mal enfocados. Y lo estamos porque al final se transforman en una noticia del día y no logran trascender. Un ejemplo es lo del Te Deum.

La comunidad evangélica en diversos momentos, se ha presentado contraria a la agenda valórica que el actual gobierno ha propuesto. Sin lugar a dudas, es que han intentado formal e informalmente, hacer el lobby correspondiente para dar a conocer sus propuestas que aportan y representan a una gran cantidad de compatriotas. El problema es el cómo lo han realizado y si ese mecanismo no termina por limitarlos mucho más. En otras palabras, ¿Logró algo positivo, a nivel de imagen, el obispo y ciertos feligreses al gritar insolencias a la presidenta en el acto del Te Deum? ¿Lograron que sus voces fueran escuchadas, o por último, consideradas por el resto de quienes no profesan la fe o que no están de acuerdo con la agenda valórica? No. No lo consiguieron.

Y digo que no, porque la noticia del día no fue “exponen sus argumentos y se detiene la agenda valórica” o “Presidenta convoca a reunión extra ordinaria con comunidad evangélica para escuchar sus puntos”, incluso “gran cantidad de chilenos no confesionales se suman a causa evangélica”. Nada de eso.

Solo re confirman los postulados y apoyos dentro de la misma esfera y la idea de cualquier agrupación social, es alcanzar simpatizantes fuera del área obvia. Y eso no ocurre, básicamente, por los mecanismos, lenguaje y espacios se utilizan inadecuadamente.

Entonces se recurre a lo más básico: la violencia social. Y me refiero al término violencia no en el sentido físico sino más bien desde el significado del atropello, en donde se nos permite, descarnadamente, destruir al otro. Cuidado, que los límites de la libertad de expresión.

Recomiendo una simple lectura a los significados de libertad positiva y libertad negativa expuestos por Isaiah Berlin o revisar su versión más directa en Wikipedia, en donde podremos aprender que no siempre el decir lo que pensamos puede ser un derecho si implica que se usa la violencia social como un aspecto primordial, casi como un objetivo y no como un problema al cual deberíamos intentar evitar. El ejemplo final a esta discusión es el candidato José Antonio Kast.

En una vereda similar a la del mundo evangélico, esta semana apareció una fotografía junto a dos mujeres en donde se aludía que ambas habían sufrido el vejamen de la violación y que por lo tanto, el aborto no es la solución a un embarazo no deseado que se origina en tales circunstancias. El problema no es el mensaje, es el cómo lo hizo Kast.

Probablemente no consideró que con dichos carteles, está formalizando o permitiendo que la violación a una mujer –en este caso- sea vista como algo normal porque al final logró vivir con ello, sentirse plena y feliz. El nudo en todo esto no es limpiar los platos rotos sino evitar que se quiebren. Ese es el dilema y –espero- sea su anhelo personal: que terminen los abusos y no tener que lidiar por siempre con el trauma.

Pero como ya expuse, ¿qué nos quedó de su fotografía? que avala, potencia y permite la violencia. Su mensaje es, violento.

Ante lo cual, y me permito ser abogado del diablo, no logra su objetivo porque al final de cuentas solo se creó una fuerte discusión incluso ridiculización sobre su programa y posturas de gobierno y de sumar simpatizantes, nada. Solo reafirma a quienes ya lo apoyan pero no crece su causa.

Finalmente, los ejemplos señalados podrían tener un espacio muy interesante desde el conocimiento, y ejercicio democrático, ya que perfectamente podrían ser escuchados pero eso no existe.

Es tan violenta la forma que ni siquiera alcanza para siquiera dar la oportunidad de conversar sobre el trasfondo, que quizás es mucho más violento aún. Pero es un ejercicio que intento hacer a diario, así por último me siento menos violenta con mis compatriotas aunque lo seamos a diario entre todos nosotros.

*Directora Ejecutiva de su metro cuadrado.

ClariNet