DEBATIR

Una de las mayores
dificultades que
enfrentamos en Chile
como sociedad, es la
confusión, deliberada
o no, que se produce
en diálogos y debates.

Por Abraham Santibáñez

La primera constatación, sin duda, es que muchas veces no se esgrimen argumentos sino solo descalificaciones. Eso significa internarse en un callejón sin salida en el cual, para algunos, el valor de la vida parece regir solo para un lado de la ecuación madre-hijo. De esta manera, claro, será imposible encontrar acuerdos. No se trata de la legítima diversidad, sino de una insoluble oposición de bloques cerrados.


Lo segundo es, como corresponde en tiempos de posverdad -es decir la falsedad convertida en verdad por el imperio de las emociones-, que en muchos casos se tergiversa la realidad para ponerla, así deformada, al servicio de las propias convicciones. 


Ha estado pasando de manera muy evidente en la discusión sobre la despenalización de la interrupción del embarazo por tres causales. Claramente no es lo mismo que el aborto indiscriminado. Pareciera que por lo menos en dos aspectos (inviabilidad del feto y riesgo de vida para la madre) puede existir acuerdo. Pero la discrepancia se agudiza en torno a la causal de embarazo por violación. En ese punto, en el cual hay evidentemente un choque del valor de la vida del feto y el valor de la vida de la madre, se pretende imponer el primero sin atenuantes. Pareciera que no caben preguntas ni consideraciones acerca de la calidad de la vida de la madre, víctima de un embarazo fruto de la violencia. Tampoco se consideran sus inevitables secuelas sicológicas.

Nos horroriza el apedreamiento de mujeres en países fundamentalistas, pero no experimentamos un rechazo similar cuando se condena a una embarazada a tener un hijo no deseado, impuesto por la fuerza. 

Todos estos son temas abiertos a debate. Pero la discusión no resiste cuando se la lleva a una generalización injustificada. El hacer que cualquiera de las tres causales promovidas en Chile equivalga a legalizar el aborto es una manera falaz de encauzar la discusión.


Se puede creer de buena fe que esa es la intención de algunos sectores. Pero no se puede asegurar tranquilamente que esa es la meta del proyecto aprobado en el Congreso. Los temores de un sector, por justificados que sean, no se pueden convertir en verdades absolutas. 


Esa es la trampa de la posverdad. 
ClariNet