DEBATE-CENSAR

Una sociedad debe estar muy
mal del coco para que una
actividad tan útil y pacífica
como censar a los habitantes
de un sector poblado, se
convierta en algo muy peligroso.

Por Arnoldo Silva Lagos

Es lo que ocurrió en el último estudio de población a nivel nacional en una comuna por lo general pacífica como Puerto Varas. Allí, el Juzgado de Garantía decretó la prisión preventiva del malviviente Juan Patricio Iturrieta Iturrieta, imputado por el Ministerio Público por el abuso sexual en contra de una voluntaria del censo del 19 de abril. El tipo es un vulgar cogotero, es decir, un ladrón que usa la violencia contra sus víctimas.

La magistrada, Paulina Tapia Lorca, decretó el ingreso de Iturrieta al Complejo Penitenciario de Puerto Montt por considerar que su libertad constituye un peligro para la sociedad, algo que dado los hechos, es más que evidente.

El agresor fue detenido por Carabineros luego de que una joven de 27 años diera cuenta que fue abordada por el sujeto en momentos que se dirigía a retirar material del Censo, siendo llevada a un sitio eriazo y abusada.

Más allá de que se trata de un pato malo, Chile tiene un alto grado de enfermedades mentales de las que nadie se preocupa, lo que se traduce en un bajo presupuesto público en esta área. Los seguros de salud privados casi no tocan el tema y con costos altísimos en nuestra medicina, tenemos un desolador panorama que pocas veces se expone.

Ni siquiera preocupa a la patronal, pese a que las escasas estadísticas disponibles en un solo tema, el ausentismo laboral, achacan a la salud mental entre un 35 y 40 por ciento de las fallas a la pega y, las licencias de este tipo son el segundo mayor gasto en esta materia.

El doctor Paul Vöhringer, de la Universidad de Chile, denuncia que somos, entre otras cosas, el segundo país de la OCDE que más ha aumentado su tasa de suicidios durante los últimos 15 años. Además, durante la última década el suicidio ha sido una de las diez primeras causas de muerte en hombres, concentrando 19,1 por ciento de la mortalidad masculina, superando al SIDA y a las enfermedades cardiovasculares.

Pese a los intentos por desconocerlo es un hecho establecido que nos hemos transformado en un país con altas tasas de enfermedades mentales, especialmente abundante en los trastornos de ansiedad y depresión, lo que además lleva al abuso del alcohol y de las drogas de toda clase.

Pese a esta realidad, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y a nuestro ministerio de Salud, el año 2007 el sector público destinó 2,14 por ciento del presupuesto total del área a salud mental, cifra que en 2012, llegó a 2,16 por ciento, muy por debajo del 5,0 por ciento que propuso como meta el Plan Nacional de Salud Mental y Psiquiatría del Minsal para el año 2010.

Así las cosas, estamos entre los tres primeros países en materia de depresión, nuestros números son los más altos de Latinoamérica y tenemos el presupuesto de salud mental más bajo de la región.

En otras palabras, según la Encuesta Nacional de Salud del 2010, un 20 por ciento de los chilenos tiene sintomatología depresiva significativa. Una cifra enorme y sobre la que los expertos afirman que “no hay ningún país en el mundo que le compita a ese número”.

A lo anterior se suma algo más preocupante, de acuerdo a algunos especialistas, este número llega a un 40 por ciento en la población que asiste a los centros de atención primaria del sistema público de salud, que es donde se atiende al 70 por ciento de la población. Un 80 por ciento de los casos no son tomados en cuenta.

Esto trae consecuencias importantes, dicen los investigadores, porque una persona que tiene una depresión no diagnosticada, produce menos de un tercio de lo que debería producir si estuviese mentalmente sana, multiplica el absentismo laboral, recarga las consultas a los médicos e incluso, hay muchas depresiones que aparecen como dolores diversos que no son tales y la calidad de vida se va al tacho.

Ahora si esto se traduce en conductas hamponiles, como lo ocurrido en Puerto Varas por estudios que no se han hecho en profundidad, la situación se pone color de hormiga. Pero, al final, Chile es Chile.

ClariNet