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HIJO-AGENTE

“Mi padre, el criminal”.

Por Sebastián Reyes

Pasó toda su vida sin saber quién era su padre, ni sentir curiosidad, hasta que un día decidió buscarlo y lo encontró en un expediente judicial. El coronel en retiro de Carabineros -ya fallecido- Rodrigo Alexe Retamal Martínez fue condenado en 2007 por el homicidio de seis militantes comunistas, pero no cumplió la pena porque la causa fue amnistiada.

Caminando por el Patio 29 del Cementerio General, donde la sigla N.N. señala tumbas de detenidos desaparecidos, Pepe Rovano relata en exclusiva a The Clinic lo que ha significado para él la sombra de su padre -a quien conoció y llegó a querer- y los esfuerzos que ha hecho para romper con su herencia.

José Luis Navarrete Rovano (43) conoció a su padre cuando tenía 35 años.

Alcanzó a vivir con él cinco años antes de que muriera. En su funeral, fue él quien recibió los pésames de los cientos de carabineros que asistieron. Uno de ellos, el mejor amigo de su padre, se le acercó ese mismo día y le contó que había sido desheredado, que su padre lo sacó del testamento cuando se enteró de que era homosexual.

José Luis corrió donde la viuda de su padre, quien también conocía su orientación sexual. Ella había sido la primera persona de su familia paterna a quien él había confiado su secreto. “¿Viste Pepe? Te dije que no le contaras”, le respondió.

Como no encontró apoyo en ella, acudió a sus hermanas -por parte de padre, pero de madres distintas-. Estaba seguro de que ellas lo respaldarían. Pero una le dijo que era mejor respetar la voluntad del padre. Y la otra, que dudaba de que realmente fuera su hermano legítimo.

Pepe sintió que el hombre, a quien había buscado con el deseo de tener al fin un papá, lo había abandonado por segunda vez, antes de morir. Y con él, la familia de la cual había decidido ser parte cinco años antes. “Era como si nada de lo que vivimos en el último tiempo hubiese ocurrido”, dice.

Pepe descubrió en su adolescencia que el apellido que usaba desde niño -Navarrete- no era el de su padre biológico. Que su madre (Josefina Rovano Schüler), para ocultar que tendría un hijo soltera, le compró a un desconocido el nombre. “En noviembre de 1975, cuando yo nací, ser madre soltera era considerado sinónimo de prostituta. Mi verdadero padre había abandonado a mi mamá antes de que yo naciera y ella lo solucionó así”.

La familia de su madre pertenecía a la “clase alta” de San Felipe, por lo que cuando quedó embarazada, ella se trasladó a Santiago para ocultar “la vergüenza” de tener un hijo fuera del matrimonio. Y cada vez que volvía a San Felipe, se ponía una peluca para que no la reconocieran los vecinos.

Finalmente, para evitar el repudio social que significaba su “condición” en su círculo social, Josefina le pagó a Roberto Navarrete Anabalón para que su hijo pudiera usar su apellido.

El mismo Navarrete le contaría a Pepe, muchos años después, que un día su padre biológico lo había visto en la calle y lo golpeó por haber ayudado a su mamá. “Él no tuvo problemas tampoco en hacerse un examen de sangre para comprobar que yo no era su hijo”.

Al mes siguiente de tomarse la muestra, Navarrete murió. “Fue el último gesto de bondad de quien fue bueno conmigo, sin siquiera haberme conocido”, dice. 

EL DESAPARECIDO

 Durante la infancia de Pepe Rovano, su papá nunca fue tema. Con su madre y sus abuelos nunca le faltó cariño. A su madre la veía poco, cada dos fines de semana o una vez al mes, pues ella era matrona y trabajaba en el campamento minero de Saladillo, a 23 kilómetros de Portillo, pero él estaba consciente de que se esforzaba mucho para pagarle el colegio y para que viviera bien.

El día que cumplió 14 años su mamá le dijo que Navarrete no era el apellido de su padre verdadero. Le regaló una carpeta llena de poemas y cartas de amor que se escribieron mutuamente con su progenitor, para demostrarle que él había nacido producto del amor, de una relación de cuatro años que había sostenido con un carabinero llamado Rodrigo Alexe Retamal Martínez.

Esto era lo único que Pepe sabía -y le interesaba saber- de su padre por mucho tiempo. Pepe estudiaba en el Saint Gaspar en Ñuñoa, cerca del Estadio Nacional. Aunque era un colegio privado, recibía a mucha gente que regresaba del exilio a fines de los años 80.

Recuerda que en ese lugar comenzó a abrir los ojos y entender lo que pasaba a su alrededor. Era el “compañero cuico” en su colegio. Vivía en Ñuñoa y después se cambió a Vitacura. Su familia era de derecha, todos rubios y de ojos azules, mientras él, moreno, de pelo negro y con ideas de izquierda, era la oveja negra.

Para el plebiscito de 1988, tenía 15 años y participaba de las marchas por el “No”. Cuando terminó el colegio entró a estudiar periodismo en la Universidad Diego Portales. En ese entonces, ya sabía que era gay. Sin embargo, en Chile, sentía que no podía vivir su sexualidad tranquilo. “Ser homosexual en los años 90 era sinónimo de tener alguna enfermedad mental”, recuerda. “Durante mucho tiempo pensé que estaba enfermo y que me iba a dar sida”. Tuvo que mentir. Mentirse a sí mismo y a la sociedad.

“En la universidad tuve pololas y llevé una vida de hetero, contraria a todo lo que sentía”, dice. Por esto, con el objetivo de poder vivir su sexualidad sin represalias, cuando terminó sus estudios postuló a un posgrado en Europa. Así llegó a Ferrara, Italia, donde lo recibió parte de su familia materna.

Sin embargo, con la fuerte influencia del Vaticano y la Iglesia católica, se dio cuenta de que había llegado a un entorno homofóbico. Pepe tuvo que ponerse de nuevo su máscara hétero por otros cinco años, hasta que decidió mudarse una vez más buscando liberarse de esas ataduras.

Y así llegó a la España de Zapatero, el primer país que legalizó el matrimonio homosexual. “En España me encontré”, dice. Ahí, comenzó a trabajar en un documental sobre los restos del escritor Federico García Lorca, ícono de la oposición a la dictadura de Franco, asesinado por ser homosexual. En ese contexto, un grupo de médicos forenses que conoció le mostró osamentas de detenidos desaparecidos chilenos, cuya identificación les había sido encomendada.

La gestión de enviar las osamentas al extranjero la había realizado la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos en conjunto con el ministerio de Justicia de la época, como una medida de seguridad, pues Pinochet aún ejercía como senador vitalicio en Chile y existía temor a que la evidencia se perdiera en el Servicio Médico Legal.

Poco después, Pepe regresó a Chile para contar su experiencia y presenciar la apertura de las fosas comunes, que hizo posible que muchas familias recibieran los restos de sus seres queridos y pudieran hacer el luto pendiente desde los años de la dictadura.

En este proceso, el documentalista cuenta que se comenzó a interesar por quien había sido el gran desaparecido en su vida: su padre. Lo buscó y lo buscó, hasta que lo encontró. Un día antes de volver a Europa, descubrió que su padre biológico, el coronel Rodrigo Alexe Retamal Martínez, había asesinado a seis militantes del Partido Comunista y que por esos homicidios había sido condenado a 12 años de cárcel, aunque no cumplió la condena, pues fue beneficiado por la aplicación de la Ley de Amnistía.

CASO “LAS COIMAS” 

Mario Alvarado Araya, Faruc Aguad Pérez, Wilfredo Sánchez Silva, Artemio Pizarro Aranda, Pedro Araya Araya y José Fierro Fierro, fueron fusilados entre la noche del 11 y la madrugada del 12 de octubre de 1973, en un sitio eriazo en el sector de Las Coimas, en San Felipe. Los militares y carabineros que los trasladaban desde la comisaría de San Felipe a la cárcel de Putaendo, alegaron que tuvieron que dispararles porque saltaron de las camionetas e intentaron fugarse.

En los testimonios de los médicos que practicaron la autopsia a los cadáveres, se establece que todos tenían heridas de bala en la cabeza, el tórax y las extremidades, diversas heridas de armas corto punzantes y, algunos de ellos, presentaban lesiones por aplastamiento.

Según las resoluciones judiciales, no hubo intento de fuga, sino que asesinatos premeditados y con alevosía.

Para la fecha de los hechos, Rodrigo Alexe Retamal Martínez era teniente en la Segunda Comisaría de San Felipe. Era apodado, según los testimonios de los militares y carabineros involucrados en la causa, - y también según él mismo-, como “San Felipe es mío”. Esto por “su actitud matonesca y prepotente”, señalan dos de los militares que testificaron. Todos los testigos declararon ante la justicia que el teniente “San Felipe es mío” fue uno de los que participó esa noche en el fusilamiento de los seis militantes comunistas, pese a que el carabinero lo negó siempre, diciendo que fue usado como chivo expiatorio. La Corte de Apelaciones de Santiago condenó a Rodrigo Alexe Retamal Martínez, junto a otros tres uniformados, el 31 de mayo de 2007, como autor de los homicidios. Pero, casi un año después, el 12 de marzo de 2008, la misma Corte de Apelaciones revocó la sentencia, absolviendo a los culpables y declarando el sobreseimiento de la causa, por aplicación de la Ley de Amnistía.

EL HIJO DEL CRIMINAL 

Pepe se demoró dos años en decidirse. Pero finalmente no pudo seguir luchando contra su deseo. Quería buscar a su padre y preguntarle su versión de los hechos. “Más que eso, lo que quería en realidad era saber cómo se sentía tener un papá”, recuerda.

Contactó a la mejor amiga de Rodrigo Retamal, quien también conocía a su madre y toda su historia. Arreglaron una reunión en el casino de Viña. Pepe viajó y conoció a su padre y a otros miembros de la familia. A su tío, que era carabinero y periodista, y a su abuela, que lo había buscado toda la vida, sin éxito, como supo después, porque se lo impidieron las gestiones que hizo el propio Retamal.

“La experiencia fue un golpe para mí. Lo más fuerte, como investigador y defensor de los derechos humanos, fue que durante la semana que compartí con ellos, le tomé cariño a mi padre, el criminal”, dice. En ese momento, hizo a un lado sus convicciones políticas y se permitió sentir ese afecto.

Cuando volvió a Europa, llamaba a su padre todas las semanas. En una de estas conversaciones, Retamal le dijo que quería visitarlo. “Fue perfecto. Vino.

Nos conocimos y conversamos de todo lo que no habíamos hablado en más de tres décadas. Bueno, no de todo”. No tocaron ni la participación de Retamal en los crímenes de Las Coimas, ni la homosexualidad de Rovano. De hecho, Pepe tuvo que pedirle a sus amigos que no le dijeran.

Le presentó a expololas y amigas como sus novias para convencerlo de su heterosexualidad. “No me importaba mentir, si a cambio podía conservar a mi padre, quien era conocido por ser mujeriego y machista. Yo sabía que no me habría aceptado”.

En ese viaje, Retamal le informó a Pepe que estaba enfermo de diabetes, y que las complicaciones de la enfermedad le auguraban una vida corta. A su regreso a Chile, lo llamó para contarle que se casaría con su novia y lo invitó al matrimonio.

Cuando Pepe viajó nuevamente a Valparaíso para las nupcias, conoció a toda la familia, que lo aceptó como uno más de los hijos del coronel en retiro. Varios de ellos eran carabineros, pero no le importó. Cuando lo trataban de convencer de que entrara a la institución, solo sonreía y cambiaba de tema. Embriagado por el amor paternal que nunca tuvo en su infancia, decidió volver definitivamente a Chile y quedarse cerca de su padre y de su nueva familia.

Pero, mientras fortalecía esta relación, Pepe grababa un documental sobre este reencuentro y el caso Las Coimas. Grabó entrevistas en que su padre negó toda su participación, apuntando a los militares que, según él, lo habían inculpado injustamente.

Rovano avanzó un poco más y conoció a los hijos de las víctimas de su padre, pero, en ese momento, sin revelar su relación con el acusado. “No quería que mi investigación se viera influenciada por eso. Sin embargo, en lo más profundo de mí, sabía que también había otra razón y decidí suspender la grabación del documental. Me había encariñado mucho con mi padre y sabía que mi proyecto podía hacerle daño”.

Un día, Retamal le regaló a Pepe una caja en que guardaba medallas y condecoraciones militares. Quería que su hijo se enorgulleciera de las cosas que su padre había hecho. Una de las cosas que más llamó la atención de Rovano fue la medalla de “Misión Cumplida”, que le otorgó Pinochet a las personas que actuaron durante la dictadura.

Quería vanagloriarse un poco del hecho. También le regaló su placa del OS-7.

“Durante años, ellos pensaron que eran héroes que habían salvado el país”, cuenta. Pepe soportó la contradicción que este hecho le provocaba, pues no quería perder a su nueva familia. Los almuerzos, las juntas familiares, navidades, años nuevos y cariño que creyó sincero, le dieron el valor para decirle a su padre algo que le parecía fundamental en el proceso de conocimiento y aceptación mutua: le confesó que era homosexual.

Él había bajado todas sus defensas para quererlo, a pesar de sospechar que no era inocente de los crímenes de Las Coimas, y es por eso que esperaba el mismo trato y respaldo de vuelta. Pero lo que recibió fue todo lo contrario. 

LA MUERTE METAFÓRICA

A Pepe le dio una pena espantosa la muerte de su padre. “No sé si tú has visto morir a gente de diabetes. Se empiezan a poner morados. Se van pudriendo.

La diabetes es una enfermedad muy metafórica, que me hace pensar muchas cosas. Porque es una enfermedad que te da porque no pudiste filtrar bien la sangre. Qué loco que haya muerto porque nunca pudo filtrar su propia sangre.

Tal vez estaba envenenada”, cuenta Pepe, mientras el sol se pone en el patio 29 del Cementerio General, sentado junto a las incontables y pequeñas cruces de metal con la inscripción: “N.N.” Tras enterarse de que su padre, al borde de la muerte, en un último gesto de crueldad, lo rechazó como hijo,

Pepe decidió demandar a su familia por el derecho a su identidad. En 2018, ganó el juicio y el derecho a contar su historia. Luego de esto, les reveló a los hijos de las víctimas de su padre quién era.

“Yo pensaba que me iban a pegar, y estaba dispuesto a recibir los golpes. Pero no me los dieron. Por el contrario, descubrí que tenía más cosas en común con ellos que con mucha gente.

Hablamos de todos los rollos de papel confort convertidos en lapiceros que fueron a parar a la basura, de todos los días del padre sin tener a quién regalárselos.

Fue como una constelación. Sin quererlo, nos reparamos”, afirma. Eso es lo que quiere ahora: reparación, para él y para ellos. Por eso, facilitó todos los videos y entrevistas que grabó con su padre a la justicia, con la esperanza de entregar dignidad a los familiares de las víctimas por las cuales, aunque no debería, aún se siente culpable. El viernes 5 de abril, se reunirá con el juez Jaime Arancibia, quien lleva la causa de las víctimas de su padre, y que se reabrió gracias a los antecedentes que aportó el documentalista. “Mi padre murió y su funeral fue el de un rey, no el de un criminal de lesa humanidad. Fue enterrado con todos los honores de un héroe de guerra y eso no tiene sentido.

Esto es lo que mantiene el pacto de silencio”, dice. Ese es el pacto que Pepe ha querido romper con su documental y con esta entrevista, frente a los silentes testigos del Patio 29.

ClariNet