NEGRO-JORQUERA

Hace poco más de un año
escribí una carta a mi padre
en la que decía que él había
sido un tango bien cantado, y
hoy cuando se cumple el primer
aniversario de su muerte, lo
ratifico: el Negro Jorquera fue
un tango bien cantado, de esos
que cuando se cantan terminan
con lágrimas en los ojos y
exigen otra copa de vino para
poder vivir la pena de estar
vivo a pesar de todo.

Por Alejandra Jorquera Beas

Mi padre tuvo muchas vidas antes de morirse. Porque sí, mi padre se murió como se mueren los muertos, nada de “andar volando alto” o de “dejar de estar entre nosotros” -dos frases que no me habría perdonado por cursis-, y esas vidas bien vividas siempre me han dado un poco de envidia y un mucho de orgullo.


El hijo menor entre tres hermanas mujeres, el amor de la vida de su madre, el joven que estudió química y que muy rápido abandonó las ciencias para ingresar a la Escuela de Derecho de la Chile, donde fue infinitamente loco y feliz. De esos muros añosos salieron sus grandes hermanos de la vida: José Tohá, Jorge Ovalle, Narciso Irureta, Eduardo Cruz Coke, Enrique Krauss, Clodomiro Almeyda y tantos y tantas más que se me quedan en algún cajón de mi memoria torpe.


Fue un muchacho rebelde, libre, un iconoclasta. Ya entonces había decidido no respetar las formas, ser de izquierda, montarse en barcos para recorrer el mundo con sus amigos participando en todos los festivales de la Juventud que se hacían en los países de Europa del Este, o irrumpir junto a Tohá en una comida del Club de la Unión en la que se bajaron los pantalones y se hicieron pipí delante de toda la concurrencia.

Como buen hijo de la Guerra Fría, sospecho que entonces tenía el mundo dividido entre buenos y malos, pero se reía de Stalin a quien consideraba un tirano.

En esos tiempos abandonó Derecho en quinto año seducido por el oficio del periodismo, una de las pasiones más intensas hasta el último día de su vida y conoció a su alter ego para siempre, Augusto Olivares, “El Perro”.


Bohemio, “el rey de las noches santiaguinas”, fue tan devoto de El Bosco como de las mujeres más bonitas de Santiago y también de las vedettes de turno (esto último siempre lo negó ante nosotras, sus hijas, pero las evidencias lo traicionaban). 


Amaba a los perros casi como San Francisco al resto de los animales. Cuando yo llegué a su vida ya existía Yumurí, una mezcla de pastor alemán con quién sabe qué otra cosa, con el que se revolcaba por el piso y a quien llamaba con un silbido que por alguna razón extraña hoy uso yo también aunque no sé silbar.


Siendo muy joven conoció a Salvador Allende con quien tejió probablemente una de las relaciones más profundas de su vida (qué envidia me das, papá. Qué envidia creer en alguien tanto como tú creíste en él) y lo acompañó en cada campaña, en cada derrota, en el triunfo y también en el último momento, cuando las bombas incendiaban La Moneda, en esa mañana perversa en que Chile se partió en dos para siempre.


Mi padre era mucho más conservador de lo que sus modos delataban. Delante de él sus hijas no podíamos hablar de sexo, ni de úteros ni ovarios porque inmediatamente empezaba a aletear desesperado pidiéndonos que cambiáramos el tema, lo que por supuesto nos servía como aliciente para seguir haciéndolo.

Tampoco resistía las conversaciones íntimas: con él hablábamos de temas y cuando hacíamos el intento de torcerle la mano y llevarlo al “área chica”, generalmente nos respondía con un tango y punto final. Tampoco sabía pedir perdón y las pocas veces que se enojó con la Daniela o conmigo, revoloteaba como pajarito herido y amnésico, dócil y empalagoso.


Mientras estuvo exiliado viajamos muchas veces los tres solos, en lo que al menos para mí era un camino a la orfandad porque siempre creí que ante cualquier acontecimiento mi hermana y yo terminaríamos al descampado. Ante eso, yo partía por el castigo y después por la absolución. La primera vez que nos subimos a un barco me enojé por tener que estar navegando sin escapatoria posible, y mientras él y mi hermana bailaban en la cubierta, me encerré en la pieza sufriendo todo tipo de ataques que obviamente me llevarían a la muerte, hasta que supe que existían los doctores náuticos y se me quitaron los males. 


De esos viajes aprendí varias cosas: jamás se tomaba un tour para conocer una ciudad porque eso era de gringos tontos; que aunque nos perdiéramos en algún pueblo siempre tendríamos que saber volver porque “un periodista está obligado a preguntar cuando no sabe”; a prender cigarrillos en alta mar; que “no hay tarea imposible para un bolchevique”, y que aunque llegáramos a una aldea perdida, lo primero que había que hacer era comprar un diario.

También me enseñó que jamás se decía “de mutuo propio”, “lapso de tiempo”, “a grosso modo” o “estadía”, ni se escribía en latín o en inglés cuando se redactaba una noticia porque eso era una siutiquería imperdonable.


Muchas veces le dije que la vida había sido injusta conmigo porque yo quería tener un papá boy scout y no un inútil que no sabía cambiar una ampolleta ni prender el fuego de la cocina. “Qué desgracia la tuya tener un padre como yo”, me respondía moviendo dramáticamente un brazo mientras se llevaba la cabeza a la mano y yo ponía los ojos en blanco. 


Detestaba su poco apego a las formas y que se portara mal en los lugares donde había que comportarse bien, y huía despavorida cuando en plena calle, supermercado o embajada se ponía a bailar con mi hermana como si no existiera nadie más en el mundo. En el fondo me arrancaba de su libertad.

También me caía mal que frente a los problemas familiares tuviésemos que preocuparnos más de él que del problema en cuestión. Muchas veces cuando sufríamos una pena grande o una enfermedad, en lugar de tomar decisiones se limitaba a sentarse en nuestra pieza a mirarnos por horas sin decir nada, “deja de velarnos, papá, que no estamos muertas”, era el grito de batalla de mi hermana y mío.


Cuando se fue poniendo más viejo y “se le apachurraron las agarraderas de la voluntad”, me llevaba mal con su nostalgia y con esa opacidad que se le fue instalando como traje roto. Solo salió de ahí cuando aparecieron los nietos, a quienes amó más que a nada en el mundo. 


Pero la nostalgia volvió y lo fue devorando como una gangrena y se abandonó en ella con una placidez irritante. Los fragmentos trizados en pedacitos de los muertos que se le fueron quedando en el camino, se convirtieron en vidrios rotos que nunca supo cómo volver a pegar.

No era capaz de hablar del 11 de septiembre de 1973 sin que se le cortara la voz y en cada almuerzo dominical su repertorio viajaba hasta quedar anclado en alguna hazaña de otros tiempos. Sin embargo estaba más al tanto de las noticias de Chile y el mundo que cualquier periodista en estado de permanente entrenamiento, y cuando opinaba del país solía referirse a Piñera como “ese hombre palurdo”, que nada se parecía a sus viejos amigos de la derecha antigua, como Carlos Reymond o Francisco Bulnes.


En algún momento comencé a convertirme en su madre y en ese juego de roles perdimos muchas veces los dos, porque yo no era la progenitora sacada de un cuento ni él un niño lindo al que daban ganas de abrazar. Peleamos incansablemente por su afán de andar por la vida vestido como mendigo, por sus uñas de bruja malévola y sus bigotes disparados como antenas de gato peludo. 


No queríamos que envejeciera así. “No insistan, el papá se quedó en el 11 de septiembre”, nos dijo mil veces mi mamá, que aunque estaba separada de mi padre desde 1972, lo acompañó siempre, empinándose muchas veces como la única voz que lograba llamarlo al orden.


¿Cuánto conoce uno a sus padres? ¿Qué tanto sabemos de lo que fue la vida de ellos antes de nosotros? Esas preguntas me las hice por años.


Poco antes de caer definitivamente enfermo en su senilidad, era capaz de llamarnos por teléfono a horas insólitas solo para que saliéramos a mirar la Luna. “La Luna nunca es igual”, me dijo una noche y ahora lo creo.


Cuando entró en el delirio y la demencia de los ancianos, aprendimos con mi hermana a calmarlo con música. En plenos ataques de furia le poníamos tangos y él se tranquilizaba y los cantaba en voz bajita.

Otras veces en la mitad de una refriega le cantábamos el himno de la CUT - tenía una devoción extraña por esa canción- y comenzaba a ceder como niño hipnotizado que mira el baile de un móvil colgado del techo.

Dentro del desgarro de ver al padre cayendo por la pendiente hubo cosas bonitas: nos decía que “el Flaco Tohá” y el “Perro Olivares” habían estado con él toda la tarde y que le eligiéramos ropa porque iban a salir los tres. También nos habló por primera vez de su infancia, de su mítico padre, el que también lo visitaba para darle los abrazos pendientes. Fue así cómo mi hermana y yo entramos por primera vez en un capítulo de su biografía que siempre nos había cerrado a machete.


Una noche, mientras lo cuidábamos esperando que se durmiera, despertó y nos habló con su voz de antes: “qué más puedo pedirle a la vida, la Luna está llena y mis dos hijas están a mi lado”. 


Hoy hace un año de ese 4 de mayo en que el Negro Jorquera se murió. Me traje a vivir conmigo sus cenizas y converso con él todos los días y varias veces al día.

Todavía espero que me visite en algún sueño para saber que está feliz, pero se hace de rogar el caballero. Seguramente me está espiando mientras escribo esto y no dudo que ya me haya encontrado motes, reiteraciones y puntos y comas fuera de lugar. Pero mientras no decidas aparecerte como Dios manda, no me reclames viejo editor mío, papá lindo y tozudo, señor del honor y la decencia.

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