TANQUISTAS

Fueron tres tanquistas de
diferentes guerras que
conocí bastante bien
en el curso de mi vida.

Por Margarita Labarca G.

Quizás algún lector ha conocido a tres tanquistas, pero de tres guerras distintas, lo dudo.

Se los nombro de inmediato para no andarme con suspensos: Fernando, “el  Burro” Bellet, Gerardo  Carmona y Gabino Farías.

Y decidí escribir sobre este tema porque los tanquistas son personas  muuuuuy especiales.

En primer lugar, tienen que ser muy requete valientes, casi no es necesario justificar esto, cualquiera se da cuenta. Porque meterse en un espacio muy pequeño y cerrado, casi sin vista  y poca ventilación, en el que caben apretados los cinco tripulantes, ya denota una mentalidad poco común. Aquí sí que funciona aquello del corazón caliente y la cabeza fría.

Ardiente tienen que tener el corazón los tanquistas, amor a su pueblo, a su patria, a sus compañeros. Y la cabeza absolutamente fría porque estar adentro de un tanque no es broma. Y además tienen que ser muy eficientes desde el punto de vista profesional, porque todos los tripulantes deben saber cumplir cualquiera de las funciones en caso de necesidad: conducir el tanque, tener conocimientos mecánicos, saber de artillería, ser capaces de mantener tranquila y unida a toda la tripulación. Y además requieren características físicas y psíquicas especiales: desde luego, deben ser hombres delgados y no muy altos. Porque no se puede meter a cinco gordos de un metro noventa en un tanque. Deben tener un gran equilibrio psíquico, un gran control del estrés, un buen sentido del humor para no enloquecer y, finalmente no tener ni un atisbo de claustrofobia. En fin, que estos hombres no son corrientes, quizás hay gente que los considera locos, pero yo creo simplemente que son unos héroes.

FERNANDO “EL BURRO” BELLET

A Fernando Bellet lo conocí en Francia en el año 1947. Era amigo de mis padres,  yo tenía unos 11 años y lo veía como a un viejo, aunque él no superaba los 30. Todos los chilenos que estaban en Francia le decían el “Burro”, yo ni siquiera sabía que se llamaba Fernando. Nosotros vivíamos en un hotel reguleque y él vivía en otro. Recién terminada la guerra no había manera de conseguir un departamento en París. Mis padres me contaron que el Burro había sido tanquista en las fuerzas aliadas, pero que no había que preguntarle sobre ese tema. Es que los tanques no son invulnerables, como mucha gente cree. Hay minas y bombas incendiarias antitanques. En esa época, los tripulantes de los tanques eran casi siempre cinco personas.

Cuando un tanque es alcanzado por una bomba incendiaria, los hombres tienes que salir por la escotilla, pues no hay otra salida. En ese momento quedan expuestos a las balas enemigas. Y además muchas veces no logran salir todos, el último es el jefe, que a menudo muere dentro del tanque en llamas. Por eso los tanquistas tienen recuerdos muy dolorosos de sus compañeros fallecidos.

Pero se sabía que el Burro había entrado a Paris en 1944, en un tanque de  la división blindada del general Leclerc, en la novena compañía de la segunda División, la famosa NUEVE. Ésta estaba formada casi por puros españoles republicanos exiliados. Así, las primeras unidades militares aliadas que entraron en París estaban compuestas por antiguos miembros del Ejército Republicano. También había latinoamericanos, entre ellos el Burro Bellet, pues los franceses no hacían muchas diferencias. Todos los tanques de la NUEVE tenían nombres de batallas de la guerra española: Ebro, Brunete, Madrid, Teruel y otros.

Aquí les pongo una foto de la NUEVE, a ver si alguien reconoce al Burro Bellet por ahí. Yo creo haberlo reconocido, pero no estoy segura.

tanquistas-bellet

Cuando terminó la guerra, el gobierno de De Gaulle lo condecoró y le proporcionó una beca  para que estudiara lo que quisiera, y él eligió cine. Estudió en el prestigioso Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC, Institut des Hautes Etudes Cinématographiques), donde se especializó como Director de Fotografía.

Fernando era un hombre muy amable, a menudo acompañaba a mi mamá a conseguir cosas en el mercado “paralelo” –azúcar y leche, por ejemplo- porque había una enorme escasez en esos años, todo faltaba, la gente hasta pasaba hambre. Había libretas de racionamiento, pero lo que daban no alcanzaba. Pero muy rápido se fue resolviendo el problema. Iban apareciendo las cosas por la libre: el pan, las verduras, el azúcar y así uno y otro producto. Fue debido al Plan Marshall, de modo que en tres años ya había de todo.

¿Por qué se fue el Burro a Francia a pelear en la guerra? Quizás porque era de ascendencia francesa, se me ocurre que por el apellido. O tal vez simplemente porque era un hombre muy valiente y consideró su obligación luchar contra el nazismo.

En algún momento, Fernando nos anunció que se había casado con una nieta de Georges Méliès, el gran precursor del cine francés. La había conocido porque ambos eran estudiantes de cine. Méliès no tenía descendientes masculinos y entonces las autoridades le dijeron al Burro que tenía que agregar a su apellido el de Méliès para que éste se conservara, porque las mujeres en Francia toman el apellido del marido y el suyo se pierde para siempre. Era así en esa época y lo sigue siendo, tan macanudos los franceses y tienen todavía estas cosas súper atrasadas. Entonces el Burro pasó a llamarse Fernando Bellet-Méliès. Supongo que cuando volvió a Chile nadie lo nombraba de esa manara, pero en Francia sí.

Cuando volvimos a Chile no supe más de Fernando, pero todo el mundo sabe o debiera saber que es una de las figuras más importantes del cine chileno en los años ‘60 y ’70. Además desarrolló una labor fundamental como formador de una generación de cineastas, la que lo convirtió en un ícono esencial de la historia de la cinematografía chilena.

Cuando vino el golpe cívico-militar de 1973,  volvió a Francia  y allí murió en 1975.

GERARDO CARMONA

Gerardo Carmona también llegó a París por el año 1948. Él era español pero venía de Chile. Se fue a vivir al mismo hotel en que estábamos nosotros. Su idea era hacer unos negocios de libros, ¿Vender libros chilenos, comprar libros franceses? La verdad es que no tengo idea, ni si finalmente hizo el negocio o no.

Gerardo había sido tanquista en la guerra española. Después de la derrota de la República, logró pasar a Francia, pero lo capturaron y fue a dar a un campo de concentración, como muchos españoles republicanos. Se escapó del campo y atravesó todo el país, tomando caminos secundarios y alimentándose de leche en polvo sin agua, que era horrible, según contó, pero había que ahorrar líquido. En Paris se pudo reunir con su hermano Darío, que era secretario de Pablo Neruda, y ellos lo embarcaron para Chile en el Reina del Pacífico, que viajó con refugiados, incluso antes que el Winnipeg.

¿Por qué se había hecho tanquista? Antes de la guerra no era militar. Pero para los tanques se necesitaba gente con muy buen nivel educativo, porque manejar uno de estos aparatos no era fácil, además de que eran muy valiosos.

La República tenía pocos tanques, y había que cuidarlos. Todos sabemos que España fue el trágico campo de prueba de muchas de las armas que se emplearían en la Segunda Guerra Mundial. El franquismo estaba muy bien abastecido de armas por los alemanes y los italianos Y también sabemos que los pueblos clamaban ¡Armas para España!, pero no fueron escuchados. La derrota de la República fue para la generación de nuestros padres y para la nuestra, tan dolorosa como fue después la derrota del gobierno de Salvador Allende para la gente del mundo entero. Pero las canciones republicanas y las chilenas se siguen cantando en todas partes: son eternas.

La familia Carmona de la Puente era oriunda de Menorca, aunque pronto se trasladaron a Málaga. Eran tres hermanos, Darío, Gerardo y Manuel, los tres de izquierda. Las ideas de su familia no las sé. Su padre, el coronel Ignacio Carmona era un militar muy importante; su madre, Dolores de la Puente, había nacido en Cuba cuando ésta era todavía una colonia española y su abuela materna era marquesa de la Bárcena.

Darío era muy conocido en España, pintor de renombre y amigo de todos los intelectuales famosos. Al terminar la guerra española, se vino a refugiar a Chile, pues era amigo de Neruda. Aquí escribía, pintaba y también hacía periodismo. A lo mejor algún lector se acuerda de las críticas de cine que hacía en la revista Ercilla o del programa de reseñas de libros que dirigía en Radio Minería. Tenía mucho sentido del humor. Por el año 1962, mi compañero Héctor Behm y yo éramos delgadísimos, y cuando nos veía pasar, exclamaba: “Ustedes no pueden cometer el pecado de la carne.” Darío trabajaba en una librería en la calle Estado, “Lope de Vega” se llamaba y era un punto de encuentro y de tertulia de toda la intelectualidad de la época.

Después del golpe, se fue a Ecuador y allí falleció.

El hermano menor era Manuel, al que le decían Manole. En Paris, Gerardo estaba muy preocupado por su hermano, pues Manole estaba preso en España, condenado a muerte. Eran tantos los condenados, que se demoraban en fusilarlos. Todas las madrugadas iban a buscar a dos o tres que ya no volvían. Se entretenían jugando ajedrez, con la idea de que eso les daba suerte y que a ninguno de los jugadores lo iban a sacar del tablero esa madrugada. Nos contaba Gerardo que su madre iba a visitar a Manole todos los días, caminando tres kilómetros de ida y tres de vuelta, a pesar de su edad.

Finalmente, sus hermanos lograron salvarlo y traerlo a Chile en 1959. Cómo lo hicieron, no lo sé, pero había sido su preocupación permanente. Manole también era pintor, mi hermano Eduardo tiene un cuadro suyo. A mediados de los años sesenta regresó a España junto con su compañera Brigithel, y falleció en Zaragoza en 2001.

Gerardo, recomendado por Neruda, había llegado a la casa de doña María Tupper Hunneus, pintora chilena de familia aristocrática, pero en cuya casa se realizaban tertulias de los intelectuales de izquierda. Y así fue como Gerardo se casó con la hija de la familia, la joven María Isidora Ignacia Aguirre Tupper, mejor conocida como la Nené Aguirre.

Ellos tuvieron dos hijas, Trinidad, llamada Trini, y Pilar. Gerardo, en Francia, hablaba mucho de sus niñas. Él era un señorito español guapísimo, simpático y culto. Creo que era el artillero del tanque, pues tenía algunos dedos medio tiesos y la mano llena de cicatrices, porque se la había agarrado el engranaje de una ametralladora. Y tenía un humor negro, como quizás deban tenerlo todos los tanquistas para no volverse locos. Por ejemplo, contaba de un hombre que había sido herido en la frente y que se había puesto dos pedazos de tela adhesiva atravesados, como quien dice dos “curitas” de ahora. Lo agarraron los republicanos y, según el fallo, “ante tamaña provocación” (la cruz en la frente) fue condenado a fusilamiento.

Pero Gerardo hablaba con mucha emoción y mucho respeto de las Brigadas Internacionales y de los brigadistas que había conocido.

Al poco tiempo  llegó a Paris la Nené, pero sin las niñas, que se quedaron con su abuela.

La Nené era una mujer joven, guapa e híper activa. Se puso a estudiar cine, se hizo amiga de mucha gente y gracias a ella conocimos a Gérard Philippe, el actor más cotizado de Francia. Ustedes se acordarán de algunas de sus películas: “Fafan las Toulipe”, “La Chartreuse de Parma” y otras. Este muchacho murió muy joven, cuando nosotros todavía estábamos allá.

La Nené se convirtió con el tiempo en Chile en una gran autora teatral y mujer de izquierda, creadora de “La Përgola de las Flores”, comedia musical que todavía se representa.

Escribió cientos de obras: “Carolina o Pacto de media noche”, “Población Esperanza”, “Retablo de Yumbel”, “Los Papeleros” y muchas otras. Era una obvia acreedora al Premio Nacional de Literatura, pero nunca se lo dieron por ser de izquierda. Recibió el pago de Chile.

Yo veía poco a los Carmona, pues estaba dedicada a dar exámenes porque los estudios de Francia no me los reconocían: ¡Los de Chile son tanto mejores! decían. Y luego me metí en la campaña de Allende de 1952.

Finalmente Gerardo y la Nené se divorciaron y cada uno de ellos formó una nueva familia y tuvo otros hijos.

La segunda esposa de Gerardo se llama Silvia Pizarro y todavía vive a sus 90 años. Tuvieron dos hijos: Rodrigo e Ignacio. En los años 60 se fueron todos a vivir a Cuba, donde permanecieron  alrededor de cinco años. Gerardo trabajaba en el campo, estaba a cargo de un programa experimental de cítricos y Silvia laboraba en el Ministerio de Planificación.

Gerardo invitó a Cuba a Pilar, hija de su primer matrimonio, y ella pudo conocer bien la revolución, asistir a la Universidad de La Habana, trabajar en el Hospital Nacional, realizar trabajo voluntario y otras tareas Ese viaje le cambió muy positivamente la vida, dice ahora Pilar.

Gerardo Carmona, mi segundo tanquista y su familia, se trasladaron finalmente a Bercelona, donde él falleció en 1990.

GABINO  FARÍAS

En Cuba yo trabajaba en el Comité Estatal de Trabajo y Seguridad Social, pero todos le decíamos el Ministerio. Gabino era el chofer de mi jefe, Antonio. ¿Cómo?, se preguntarán ustedes ¿Los jefes tenían choferes en Cuba? Pues sí, algunos, aunque Antonio era sólo el Director de Asuntos Jurídicos. Es que el transporte público era malo, malísimo, un verdadero “dolol”, como se dice allá.

Por otra parte, tanto Antonio como Gabino vivían en Cojímar, al otro lado del túnel de La Habana. La administración había vendido a plazos algunos autos Lada a la gente del Ministerio, pero Antonio no sabía manejar, porque nunca había tenido un auto. Total, Gabino le manejaba su auto y era su chofer. Eso le gustaba porque, sin mayor  esfuerzo, ganaba lo mismo que un abogado, más que yo, desde luego, porque en Cuba todavía regía un estrambótico sistema de salarios históricos. Antonio, un hombre albino, era un sabio, modesto y bondadoso, una de las mejores personas que he conocido en mi vida. Por su parte, Gabino era una ardilla, un vivaracho, simpático, astuto y solidario como no hay dos.

Al principio yo estaba sola con mis dos hijos pequeños y Gabino me ayudó mucho. Él tenía tres hijos más o menos de la edad de los míos y los llevaba a todos a la playa, les contaba chistes y los cuidaba. Muchas veces me acarreó desde la oficina a mi casa en Alamar, en su cacharro que funcionaba con espíritu de gasolina. Algunos compañeros de trabajo me decían “No te vayas con él, que maneja como loco”. Pero Gabino era el rey del volante, y como no lo iba a ser, si era tanquista. Eso lo había estudiado en la Unión Soviética. En la sala de su casa tenía una foto suya en la Plaza Roja, con el típico sombrero ruso de astrakán. Por cierto que hablaba el ruso a la perfección. Gabino era un busquilla, había tomado bajo su protección a Antonio, jefe suyo y mío, quien de tan ingenuo que era, no se deba cuenta de que a veces las cosas que estaba comiendo las había conseguido Gabino con mano izquierda y se las había dado a la mujer de Antonio, para callado. Pues sí, Gabino sabía cómo arreglárselas, “resolvel”, decían en Cuba.

Pero era un patriota que de pronto desapareció. Se había ido a Angola, y no sólo a Angola sino después, a Etiopía. Más de tres años estuvo fuera, tiempo durante el cual Antonio tenía que movilizarse en bicicleta a pesar de sus años. Se iba en bicicleta hasta el túnel, ahí había que subir la bici a un camión, tomar otro y recuperar la bicicleta al otro lado. Más de dos horas de ida y dos de vuelta duraba toda esta operación.

Cuando volvió, Gabino me contaba muchas cosas. Por ejemplo, que los angoleños eran tan corajudos y tan imprudentes, que se iban caminando delante de los tanques cubanos, cuando del otro lado venían los tanques enemigos. Por más que les pedían que se quedaran atrás, no hacían caso. Imaginarán ustedes lo que pasaba. También refería otras cosas horripilantes, como los tumbos que daba el tanque cuando pasaba sobre cuerpos humanos, vivos o muertos. Le encantaba causarnos horror con esos cuentos.

Ya en 1977, Gabino había vuelto a desaparecer y su mujer me dijo – confidencialmente según ella- que se había ido a Etiopía.

La intervención cubana en Etiopía se debió a una solicitud de su presidente, Mengistu Haile Selasie, pues habían sido atacados por los somalíes, mucho mejor armados y que contaban con el apoyo de Estados Unidos. Etiopía era el único país africano que nunca había sido colonizado. La campaña fue corta, felizmente, y el 15 de marzo de 1978, los agresores somalíes aceptaran su derrota y se retiraran incondicionalmente del territorio etíope.

Creo que la aventura etíope no le gustó mucho a Gabino. No era la guerra contra los somalíes lo que más le había molestado o preocupado, sino las condiciones de vida. Porque en el campo los etíopes dormían en unas carpas o rucas, junto con sus animales, la mayoría ovejas. Los soldados cubanos también tenían que alojarse allí cuando estaban en la zona, y el olor era espantoso,  decía Gabino. En fin, que hacía muchos chistes sobre esto.

Sin embargo, una vez me dijo: “Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”. ¿Qué deuda podía tener él con la humanidad? Tal vez era haber podido vivir la revolución cubana e integrarse a ella. Gabino era un hombre feliz.

La última vez que fui a Cuba me llevaron en auto a Cojímar, para visitar a Gabino. Preguntando por su casa, porque en Cojímar todas son parecidas, un vecino me dijo: “Tienen que doblar a la izquierda. Ahí está su familia, pero Farías murió hace seis meses de cáncer.”

Esta es la historia de mis tres tanquistas, tres héroes que tuve el honor de conocer y de ser su amiga.

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