DOSSIER-GOLPE8

Un compendio de notas
sobre este aciago
aniversario, recuerdos,
análisis, en todas sus aristas.

SEPTIEMBRE MES DE DOLOR

Y PRIMAVERA EN LA HISTORIA DE CHILE

 

Usted posiblemente recordará o le habrán contado que el martes 4 de septiembre se cumplieron 48 años de la elección de Salvador Allende como Presidente de Chile.

POR ENRIQUE FERNÁNDEZ

Era el primer líder marxista en el mundo que llegaba al poder por la vía del voto popular y no por el camino de la revolución armada. Ese día de 1970 una multitud alborozada celebró el triunfo en las calles de Santiago y las demás ciudades del país. En los sectores conservadores de la sociedad, en cambio, comenzó a fraguarse la insurrección frente al temor de una “dictadura comunista”.

Pero hubo otros “4 de septiembre” que pocos recuerdan:

El 4 de septiembre de 1964, hace 54 años, llegó a la Presidencia de la República el líder demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva, padre del también presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle (11 de marzo de 1994 – 11 de marzo de 2000).

Seis años antes, en esa misma fecha de 1958, fue elegido Presidente el economista conservador Jorge Alessandri Rodríguez y el 4 de septiembre de 1952 ganó la Presidencia el general Carlos Ibáñez del Campo. El ciclo retrospectivo se cierra con el radical Gabriel González Videla, que obtuvo el poder el 4 de septiembre de 1946 (ley de “defensa” de la democracia significó el destierro del poeta y Premio Nobel y senador comunista Pablo Neruda (fallecido en octubre de 1973).

SANGRE Y FUEGO

En el siguiente día del calendario patrio chileno, el 5 de septiembre se cumplieron 77 años de la Matanza del Seguro Obrero en 1938. Fueron más de 60 jóvenes del Movimiento Nacional Socialista, asesinados a balazos por la policía cuando se habían rendido, después de tomarse el edificio que hoy ocupa el Ministerio de Justicia, en la esquina de Morandé con Moneda. Otros jóvenes, que se habían tomado la Casa Central de la Universidad de Chile en la Alameda, fueron llevados desde ese recinto, por calle Morandé, para ser ejecutados junto a sus compañeros del edificio del Seguro Obrero.

El domingo 7 de septiembre de 1986, hace 32 años, el general Augusto Pinochet salva ileso de un atentado en el que murieron cinco miembros de su escolta. Pinochet regresaba a Santiago desde su casa de El Melocotón, en el Cajón del Maipo, cuando quedó envuelto en la emboscada que le tendió el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR). Algunos de los vehículos de la caravana fueron destruidos por las balas de los guerrilleros, pero la bazuca que debía alcanzar al automóvil del dictador no estalló.

Horas después, en la madrugada del lunes 8 de septiembre y en medio del toque de queda, militares vestidos de civil secuestran al periodista José Carrasco Tapia desde su hogar, en presencia de su familia. La misma acción repiten con el electricista Felipe Rivera, el publicista Abraham Muskablit y el profesor Gastón Vidaurrázaga. Los cuerpos de los cuatro secuestrados, miembros de organizaciones de izquierda, aparecen ametrallados en diferentes puntos de Santiago como represalia por el atentado de la víspera.

GOLPE Y DICTADURA

El martes 11 de septiembre de 1973, hace 45 años, es el día más trágico de nuestra historia reciente. El presidente Salvador Allende se suicida en el Palacio de La Moneda, sometido al ataque aéreo y terrestre de los militares. Tras el golpe, Pinochet se instala en el poder y encabeza la dictadura más prolongada que ha tenido Chile, con un balance de miles de muertos y desaparecidos.

En otro martes 11, pero en el año 2000, comandos árabes del grupo Al Qaeda derriban con dos aviones llenos de pasajeros las Torres Gemelas de Nueva York,. El atentado deja una secuela de 3.000 muertos.

Y hay un tercer “11”. Es el día en que el cacique Michimalonco, al frente de 8.000 mapuches, incendió Santiago el domingo 11 de septiembre de 1541. Cuenta la leyenda que, para responder al ataque, doña Inés de Suárez decapitó con una espada a seis indios prisioneros e hizo lanzar sus cabezas a los mapuches, que sólo entonces decidieron replegarse.

SEPTIEMBRE TRÁGICO

Así llegamos al “18”, día de la independencia nacional según la creencia generalizada. Pero lo que esa fecha conmemora no es la independencia sino la formación de la Primera Junta Nacional de Gobierno, en 1810, para mantener la lealtad del Reino de Chile “a nuestro bien amado Fernando VII” entonces prisionero de Napoleón. La independencia del país se proclamó casi ocho años después, el 12 de febrero de 1818.

Al día siguiente, 19 de septiembre, Chile conmemora las Glorias del Ejército, con parada militar y chicha en cacho para las autoridades. En esa misma, pero en 1891, el  Presidente José Manuel Balmaceda se suicidó, en medio del alzamiento que encabezó la Armada y un sector del Ejército, con el apoyo de grupos conservadores e intereses británicos vinculados a la explotación del salitre.

Transcurre 1976 y el 21 de septiembre un comando de los servicios de inteligencia de la dictadura que encabeza Pinochet, hace estallar una bomba bajo el automóvil del ex canciller socialista Orlando Letelier, en pleno centro de Washington. Letelier muere en el atentado junto a su secretaria norteamericana Ronnie Moffit.

Dos días después, pero en 1973, muere en Santiago el poeta Pablo Neruda –Premio Nobel de Literatura- a menos de dos semanas del golpe militar, en 1973. Y ese mismo día, pero en el año 2011, se apagó la vida de quien fuera amigo y secretario privado del poeta, el escritor y periodista José Miguel Varas.

La última hoja en el calendario de septiembre, el día 30, también tiene un sello trágico cuando en 1974 una bomba estalla bajo el automóvil del general Carlos Prats, en Buenos Aires.

El ex comandante en jefe del Ejército ex Vicepresidente de la República, muere junto a su esposa Sofía Cuthbert, en otro atentado de los agentes de la dictadura.

La fractura de Chile

Transcurridos cerca de medio siglo de los acontecimientos, el día del Golpe cívico-militar en Chile no amaina en el debate, ni en la Memoria.

Por Ignacio Vidaurrázaga

Demasiados testimonios perduran aún para contar como si fuera ayer, ese día martes once y su extensión a una dictadura de 17 años. Lo conocido convive en vecindad con lo oculto y silenciado. Al menos dos generaciones han nacido con posterioridad y ese acontecimiento continúa produciendo muy definidas posturas, junto a incómodos silencios. Es difícil la neutralidad ante esa, la fractura de Chile.

Aunque falte mucho por conocer, el cúmulo reunido continúa aumentando año por año. Investigaciones periodísticas e históricas, tesis académicas, procesos judiciales, testimonios recientes y un sinnúmero de nuevas pruebas y antecedentes continúan configurando un caleidoscopio del drama de ese día y de esos años. 

Cada víctima, tiene tras suyo una historia de vida, opciones y luchas que contar. Fijar a cada ejecutado y detenido desaparecido a la investigación judicial y a las circunstancias de muerte, es dejarlo incompleto de tiempos y proyectos. Hay que completar esas memorias para reivindicarlos, para reconstruirlos como una nueva y necesaria vuelta de tuerca en la construcción de Memoria. 

A 45 años, hay muy poco de nuevo en nuestra derecha cavernaria. Les molesta la Memoria porque los interpela. Pese al tiempo transcurrido y a todas las evidencias, los protagonistas y sus cómplices activos y pasivos continúan refugiándose en los años de Salvador Allende, en el ritmo de los procesos transformadores, en suma en los contextos para explicar la barbarie desatada. Aún no reconocen que el Plan Zeta y todas las máscaras fueron operaciones justificativas del Terrorismo de Estado. 

Lo que permanece en silencio y que a lo más se ha escuchado como un tibio susurro es que el régimen de fuerza y censura les fue necesario para el deshuesado del Estado y la privatización de las empresas públicas. 

Porque la tortura y el crimen crearon las condiciones que demandaba el gran capital.

Después del 90, los escasos intentos por investigar estos negocios resultaron infructuosos. Ahora, ya sabemos que fueron las conexiones entre negocios y política las que hicieron el resto, como luego lo evidenciaría la planilla de aportes de SOQUIMICH. La huella del dinero, de las fortunas pos dictadura huelen casi siempre a complicidad y acomodo con el terror de esos años. 

El Museo de la Memoria y los sitios de memorias a lo largo del país, reflejan y recuerdan la magnitud del terror. Pero, a pesar de la curaduría, ahí no está todo el horror, como en Punta Peuco, tampoco están todos los genocidas. 

La memoria activa en sus variadas formas es hoy el único muro disponible frente a los intentos negacionistas. Puede ser que casi no existan estatuas del dictador o calles con su nombre, pero las placas recordatorias están y a veces afloran entre algunos furibundos parlamentarios, animadoras de televisión, militares en retiro y gente agradecida. No hay que engañarse. 

Tenemos muchos otros museos de memoria con nosotros. Esos recuerdos que al mirar el Palacio de La Moneda reconstruido, pintado y rodeado de vallas, porfiadamente lo vemos también en llamas y bombardeado. Lo mismo que a Salvador Allende junto a sus leales compañeros asumiendo defenderse ese último día. Y así con cientos de lugares y fechas que nos recuerdan cada año y cada día a nuestros muertos. 

Los museos y la piedra, las placas y los sitios son las evidencias públicas.

Pero, a la vez tanto en Chile y el exterior, hay pequeños museos personales y familiares que atesoran cartas, algún documento, escasas fotografías e incluso voces que se traspasan y custodian en cientos de miles de sobres, cajitas y carpetas.

Hoy, los hijos son mayores que sus padres y madres desaparecidas y ejecutados. Los nietos y nietas preguntan, ¿cómo era el abuelo?, mientras observan esa foto de viejo carnet, donde el abuelo será joven por siempre. 

Seguramente la pregunta más difícil de hacer a un chileno o chilena de más de 55 años es, ¿qué recuerdas del día del golpe? Y otra aún más compleja aún, ¿qué hacías en dictadura? 

Finalicemos estas líneas con el poeta José Ángel Cuevas que en su texto "Desgraciados países", ha escrito.

Nadie quiere ahora que le digan la palabra dictadura

que le refrieguen el dedo acusándolo de

Auschwitz o Puchuncaví. 

Nota del autor. Dedicado a Gastón Fernando Vidaurrázaga Manríquez, a 62 años de su nacimiento.

Las lecciones de la historia y la memoria

"El gesto de resistencia de Allende será recordado por siempre. La entrega y ejemplo de las miles de víctimas no serán olvidados".

Por Rabindranath Quinteros, senador PS

 

La historia nos ha dejado una gran lección de la derrota del 11 de septiembre de 1973 y del triunfo del 5 de octubre de 1988.

Una lección común, que no es otra que el valor de la unidad, de la unidad más amplia, para asegurar los cambios que el país requiere. A comienzos de los años 70 para profundizar la democracia; en los 80, para recuperarla.

Con el dolor y sacrificio de muchos, aprendimos que las reformas para construir un país más justo solo pueden ser impulsadas con el apoyo de mayorías sólidas que aíslen a los sectores conservadores que siempre se opondrán a todo cambio. Una mayoría que además debe sostenerse en el tiempo si se quiere impedir la posibilidad de una regresión.

Quince años después, con la esperanza y coraje de la gran mayoría de los chilenos, levantamos la unidad de toda la oposición como la principal arma para frustrar la pretensión de Pinochet de eternizarse en el poder y abrir paso a la recuperación de la democracia.

No hubiera habido Golpe de Estado si los sectores medios y populares hubieran fraguado una alianza poderosa en función de un programa de cambios posibles. No hubieran triunfado las fuerzas democráticas en el plebiscito si no se hubieran concertado en un frente común trabajadores, mujeres, estudiantes, profesionales, y partidos desde la derecha liberal hasta la izquierda más radical.

Esta es la gran lección que nos dejan tales hechos capitales de nuestra vida como país. Y esa enseñanza mantiene plena vigencia en la actualidad.

La derrota sufrida en las elecciones de diciembre no hubiera sido posible si las fuerzas que empujaban por transformaciones hubieran logrado un acuerdo en torno a un programa y un candidato común.

Y a su vez, la alternativa de impedir el desmantelamiento de los avances y continuar la senda transformadora, solo será posible con una nueva unidad social y política.

Pero estas son las lecciones de la historia, que son políticas y, por lo tanto, están sujetas a revisiones una y otra vez.  Se puede tropezar una y otra vez con la misma piedra. 

La memoria, en cambio, que recoge solo los hechos más esenciales y relevantes, que solo deja espacio al heroísmo y la vergüenza, nos deja lecciones de vida definitivas.

El valor de los derechos humanos, la ignominia de los victimarios y el altruismo de quienes les enfrentaron, todo aquello quedo grabado a fuego en la conciencia de los chilenos.

El gesto de resistencia de Allende será recordado por siempre. La entrega y ejemplo de las miles de víctimas no serán olvidados.

Esa es la principal garantía del nunca más. Los horrores vividos no tuvieron ni tendrán jamás justificación. 

Algunos podrán reescribir la historia y sacar nuevas conclusiones políticas de las causas del golpe o de los gestores del triunfo en el plebiscito. Sería lamentable, significará retrocesos o un avance más lento, pero están en su derecho. Cualquier historiador, dirigente político o simple ciudadano puede embarcarse en esa tarea con mayor o menor honestidad.

Pero lo que no puede ocurrir es que se pretenda revisar la memoria. Esa nos pertenece a todos y nos corresponde a todos honrarla y preservarla.

11 de septiembre

Umbrales que no es posible traspasar.

Por Patricio Segura

Las palabras del director nacional de Instituto de Desarrollo Agropecuario Carlos Recondo durante una actividad en Olmué, bromeando con la grave situación de falta de agua en Petorca, son sintomáticas de algo. Aportan a una sensación que trasciende a la del exabrupto de una autoridad en el momento y lugar menos indicado.  Apuntan a una forma de pensar, por decir lo menos, que no empatiza con el sufrimiento de tantos.

Es necesario reconocer y destacar las disculpas públicas que posteriormente manifestó el ex diputado UDI, al señalar que los suyos fueron dichos “insensibles” y “fuera de lugar”.   Sin embargo, esto no puede obviar el fondo de la discusión: más allá de las palabras de buena crianza la broma devela que en Chile existe entre compatriotas una divergencia de prioridades sobre la vida y la sociedad.

Lo que muestra el chiste de Recondo es que la crisis hídrica no le es prioritaria.  Quizás porque ni él ni el sector al que representa la vive en carne propia.  Nadie echa la talla con lo que le duele en el alma.  Algo al menos paradójico considerando que es director nacional de un organismo del Estado cuyo principal insumo es precisamente el agua.

En síntesis, la dramática situación que viven miles de chilenos y chilenas no solo por el calentamiento global o la falta de obras de infraestructura, sino por una institucionalidad hídrica que permite el acaparamiento, especulación y mercantilización de un bien fundamental como el agua, no es prioridad para Recondo, en cuyas manos el Presidente de la República dejó las políticas públicas del sector agropecuario. En eso algo de su militancia proclive a la propiedad privada a ultranza debe estar involucrada.

Este alcance es pertinente más aún en un día como hoy. Este 11 de septiembre se cumplen 45 años desde el golpe de Estado que en 1973 instaló la dictadura cívico militar de Pinochet.  Y aún así, luego de casi medio siglo y conocidos los horrores de 17 años de régimen de terror, existen aún quienes no consideran tan grave lo ocurrido.  No les complica su recuerdo, no les convoca a rechazar la sola posibilidad de su reiteración, no les sale de la boca el nunca más.

Lo más complejo es que dichos ciudadanos no se encuentran solo en la televisión, un sector político o son parte de una elite que hace pocas semanas vio caer a uno de sus ministros de Cultura ciego en la negación de lo que el mundo da por hecho.  El repudio a las violaciones a los derechos humanos no debe ni puede tener matices.  Y en eso comparto lo que se ha dicho desde la propia izquierda: tampoco fuero por territorio o nacionalidad.

A quienes no interesa este debate están hoy en muchos hogares, barrios, trabajos, universidades, cuestionando constantemente a los que se niegan a olvidar.  Rechazando a los que tienen la convicción de que existen umbrales que no es posible traspasar. Ni por ideología, contexto, economía o productividad material.

A ellos hay que hablar.  Que aunque no vayan a marchas, mitines o concentraciones en rechazo de lo ocurrido hace 45 años siempre tengan tal claridad y se sustenten en tales principios que nunca se sientan llamados a bromear con los profundos dolores y desdichas de los demás.

Patricio Segura Ortiz es periodista. Vive en Coyhaique. Ha publicado investigaciones en varios medios sobre ciencias, probidad, política social, medioambiente y turismo. Le Monde Diplomatique Chile, CIPER, El Mostrador, La Nación y El Ciudadano, son algunos de los medios con los que ha colaborado. También ha publicado en las revistas Science Magazine y Nature. Su interés profesional es cubrir historias con relatos sobre territorio austral y el cambio sociopolítico que requiere el país. Sus causas imperdibles son Patagonia sin Represas / Asamblea Constituyente / Todas las luchas hermanas.

 

 

Un nuevo 11 de septiembre con impunidad

"Toda sociedad civilizada, respetuosa de los derechos humanos y comprometida con el "nunca más", como lo es mayoritariamente la sociedad chilena, debe exigir del Estado, y especialmente del Gobierno, ponga término a toda práctica y expresión negacionista".

Por Carlos Margotta*

La llegada de un nuevo 11 de septiembre, nos obliga no sólo a recordar la barbarie que significó para el país el Golpe de Estado de 1973, como un necesario ejercicio de memoria para que las nuevas generaciones tomen conciencia de lo ocurrido, sino además, es un momento propicio para analizar en sus aspectos centrales, la situación actual de los derechos humanos, específicamente en materia de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición, elementos centrales de la justicia transicional, cuya observancia y cumplimiento se demanda a los Estados post dictatoriales.

Lamentablemente, el examen no sólo no consigna avances sino que constata serios retrocesos.

En materia de verdad, no cabe duda que la mayor deuda pendiente en esta materia, es que aún ni los familiares ni la sociedad toda, conocen la suerte corrida por 1124 compatriotas víctimas de la desaparición forzada.

Este incumplimiento ha significado que por ejemplo, Carmen Vivanco, que acaba de cumplir 102 años, aún no puede saber la verdad de lo ocurrido con sus cinco familiares detenidos desaparecidos. Este drama se repite en cada familiar de detenido desaparecido.

A pesar que el Estado de Chile ratificó la Convención Internacional para la Protección de todas las personas contra las Desapariciones Forzadas, con fecha 8 de Diciembre de 2009, que obliga a los Estados suscriptores a establecer la verdad de lo ocurrido por las víctimas de la desaparición forzada y luchar contra la impunidad, lamentablemente debemos  consignar que en los diversos Informes obligatorios que ha tenido que elaborar el Estado de Chile al Comité contra la Desaparición Forzada de Naciones Unidas, se sigue constatando y reconociendo este grave incumplimiento.

Agrava la situación, el que el actual Gobierno, no haya expresado su voluntad en avanzar en esta materia a través de iniciativas concretas, que permitan cumplir debidamente tanto con la exigencia ética de la ciudadanía de establecer la verdad respecto de los detenidos desaparecidos, como con el claro mandato constitucional, de respetar y aplicar los instrumentos internacionales suscritos y ratificados por Chile.

En cuanto a las obligaciones del Estado de Chile de establecer la justicia en los crímenes de derechos humanos, al precario avance en esta materia, que se expresa entre otros incumplimientos por parte de un poder del Estado, en la permanente aplicación de la “media prescripción”, prohibida por la normativa internacional de derechos humanos en casos de crímenes contra la humanidad, se suma un claro retroceso en los últimos meses, debido a los fallos dictados por la Sala Penal de la Corte Suprema, que otorgaron libertades condicionales a seis condenados por crímenes contra la humanidad, vulnerando gravemente con ello, los principios y normas instituidos por el Sistema Internacional de Derechos Humanos, del cual Chile forma parte.

Estos fallos dieron origen a la presentación de una acusación constitucional por parte de parlamentarios quienes, haciendo uso de una atribución privativa, pretenden hacer valer la responsabilidad política de los tres ministros de la Corte Suprema, por haber incurrido en notable abandono de sus deberes.

Compartimos el mérito de la acusación constitucional, principalmente porque el desconocimiento de la normativa internacional de los derechos humanos por parte de los tres ministros, constituye un grave incumplimiento de su parte -en cuanto integrantes de uno de los poderes del Estado-, del claro mandato constitucional establecido en el inciso segundo del Artículo 5 de la Constitución Política vigente, que respecto de los derechos humanos, señala que “es deber de los órganos del Estado respetar y promover tales derechos, garantizados por esta Constitución, así como por los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes”.

Es por ello, que coincidimos con lo expresado por destacados académicos, quienes para fundamentar la pertinencia de la acusación constitucional, señalaron que cualquier interpretación sobre la legislación aplicable en materia de libertades condicionales en casos de crímenes contra la humanidad, que significara “formas larvadas de impunidad” y que no favoreciera el derecho de las víctimas y sus familiares del derecho a la justicia, debía ser desechada, en virtud de lo prescrito por la normativa internacional de derechos humanos, de aplicación obligatoria para los Tribunales de Justicia, la que debe primar por sobre cualquier otra norma jurídica de rango inferior vigente en el ordenamiento jurídico interno, como lo son las leyes, decretos y reglamentos, por expreso mandato constitucional.

A su vez, el Estado sigue sin respetar el derecho de las víctimas a una debida reparación. A las exiguas reparaciones entregadas en el pasado, que no se condicen con el grave daño causado y los estándares exigidos en materia de derechos humanos por los órganos competentes de Naciones Unidas, se debe agregar el incumplimiento de las obligaciones internacionales en esta materia por el actual Gobierno y una evidente indiferencia de su parte por el dolor de las víctimas, que se expresó en el retiro de un proyecto de ley sobre reparación presentado por la administración anterior, en las postrimerías de su mandato.

El retiro de la iniciativa legal, generó un fuerte rechazo e indignación en las víctimas sobrevivientes y motivó una interpelación parlamentaria al actual ministro de Justicia, en la que se cuestionó fundadamente, a nuestro entender, su compromiso con el debido cumplimiento de las obligaciones internacionales en materia de derechos humanos, por parte del actual Gobierno.

En cuanto a las garantías de no repetición, a la cuestionable ausencia de iniciativas por parte de este Gobierno en esta materia, como por ejemplo, la ya explicitada decisión de no promover un proceso constituyente que culmine con una nueva Constitución, que no sólo reconozca sino que garantice los derechos humanos y devuelva la soberanía popular arrebatada con el Golpe de Estado, se suma la preocupante aparición de diversas expresiones de negacionismo, tanto desde la propia administración como en los diversos medios de comunicación y emergentes movimientos políticos.

En efecto, y sólo a título ejemplar, mencionaremos el nombramiento del ex ministro de Cultura, Mauricio Rojas, que calificó como un montaje al Museo de la Memoria, la mantención en el cargo de subsecretario de Redes Asistenciales, a Luis Castillo, cuestionado por encubrimiento en el caso del asesinato del ex Presidente Eduardo Frei Montalva, las declaraciones de un parlamentario, el diputado UDI, Ignacio Urrutia, quién tildó a las víctimas sobrevivientes de “terroristas con aguinaldo” y la permanente tribuna que le otorgan diversos medios de comunicación, a acérrimos defensores del régimen tiránico y opresor que instauró la barbarie en nuestro país durante 17 años, como lo es José Antonio Kast, y su reciente organización “Acción Republicana”.

A lo anterior, deben agregarse las amenazas sufridas por la Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, Carmen Hertz, y el verdadero acto de profanación del sitio de memoria, Villa Grimaldi, cometido días atrás, por el denominado Movimiento Social Patriota.

Toda sociedad civilizada, respetuosa de los derechos humanos y comprometida con el “nunca más”, como lo es mayoritariamente la sociedad chilena, debe exigir del Estado, y especialmente del Gobierno, ponga término a toda práctica y expresión negacionista, tanto por encontrarse prohibidas por la comunidad internacional y su normativa, como por constituir una afrenta a la memoria y a las víctimas, además de una solapada forma de pavimentar la repetición de la trágica experiencia vivida a partir del 11 de septiembre de 1973, fecha que hoy tristemente recordamos.

*Presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos

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