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Muere el periodista Carlos
Jorquera, secretario de
prensa de Salvador Allende.

El comunicador conocido como "El Negro" y autor de la biografía titulada "El Chicho Allende", estuvo junto al ex Mandatario durante el bombardeo del 11 de septiembre de 1973 a La Moneda.

Durante este viernes falleció el periodista Carlos Jorquera Tolosa, quien se desempeñó como secretario de prensa del Gobierno de Salvador Allende. La información fue confirmada a través de redes sociales por su hija Alejandra, quien señaló que "hace un rato murió mi padre y no sé qué decir, salvo que a veces la vida es una cabrona, y que a pesar de todos los esfuerzos, no alcancé a llegar a tiempo para darnos todos los besos que nos faltaron".

Jorquera, quien fue conocido como "el negro", es autor de la biografía del ex Mandatario, titulada como "El Chicho Allende", y era uno de los últimos sobrevivientes al bombardeo del 11 de septiembre de 1973 a La Moneda.

Tras el golpe de Estado, el comunicador estuvo detenido en Isla Dawson y posteriormente estuvo exiliado en Venezuela.

Su fallecimiento provocó reacciones de diversas figuras del mundo político.

Entre ellas, el ex candidato presidencial Alejandro Guillier señaló que "se nos fue Carlos "Negro" Jorquera, una figura del periodismo chileno, comprometido con la justicia social, un colaborador del presidente Allende y, sobre todo, un hombre bueno y leal. Mi sentido pésame a su familia".

Por su parte, Carolina Tohá publicó un mensaje en su cuenta de Twitter. "Tío Negro, Carlos Jorquera, íntimo de mi padre José, padre de mis amigas Ale y Dani, toda una vida de historias que nos hacen familia más allá de la sangre, vuela alto en tu partida como lo hiciste en tu vida".

Asimismo, Jaime Tohá manifestó que "ha muerto una gran persona, amigo, compañero, Carlos Jorquera, periodista de aquellos, Secretario de prensa del Presidente Allende, compañero de Dowson, compinches con José Tohá, chuncho hasta el final, hasta siempre negro querido".

En tanto, la bancada de diputados del Partido Socialista expresó sus "sinceras condolencias a la familia de Carlos "El Negro" Jorquera. Fiel, leal y comprometido colaborador del Presidente Salvador Allende hasta el último minuto. Descansa en Paz".

MIS RECUERDOS

Por JuanGuillermo Tejeda

Pero el personaje que más me conmovió, al verlo una tarde y luego muchas más, no dentro de la librería, ni tampoco mirando las portadas expuestas en la vitrina, sino ante una mesa del bar vecino, fue el negro Jorquera. ¡Eso sí que era nostalgia! Ahí estaban los envenenados ojos del Negro Jorquera, su extraordinaria nariz, el ralo bigote socialista y aquella expresión de hallarse inmovilizado en el tiempo, sosteniendo el cigarrillo como si los dedos simplemente acompañaran al blanco cilindro de papel y tabaco que, por razones propias, parecía mantenerse levitando en el aire, en medio de un mundo transformado por la catástrofe y envilecido por el mercado.

Cualquiera que paseara, como yo, por la plaza Ñuñoa al caer la tarde podía divisarlo, sentado ante aquella mesa de café, inmóvil, con aspecto de gran visir, abriendo las páginas de La Segunda y, pese a su expresión distante al pasar las páginas, le palpitaban involuntariamente las aletas de la nariz ante la proximidad de la noticia vespertina, porque el Negro, jubilado y todo, escéptico ante la historia, muerto ya para los acontecimientos de cada día, seguiría siendo siempre un sabueso de pura raza, un periodista nato, un viejo tercio de las noches santiaguinas de los años cincuenta, olorosas a bar y a linotipia, esas noches que habían sido también de mi padre, en otra época y en otra era.

Yo sabía perfectamente quién era él, y no puedo negar que me sentía de alguna manera afectado o aludido por ese mudo espectáculo, por su soledad infinita. Pues bien, ese trozo de historia, esa alma reseca con todos sus secretos y vacíos, aquel somatotipo que llevaba en sus venas el impensable triunfo de la Unidad Popular, y que padeció luego en carne propia el anunciado, inevitable derrocamiento del gobierno, la implacable cacería humana que vino después y la lenta, penosa, interminable recuperación democrática en la que estábamos de alguna manera todos empeñados pero nadie convencido, esa delgada masa de fibra nacional solía tomarse una cervecita al caer las tardes de primavera en la Plaza Ñuñoa, y mi mirada no podía dejar de atisbar, al pasar por ahí, su mirada perdida. Varias veces estuve a punto de acercarme a esa mesa para preguntarle cosas, a ver si se decidía a ponerse a hablar y a vaciar su alma, exprimiendo de su delgado cuerpo esa rotunda victoria de Allende y la derrota catastrófica, desesperada, no sólo de Allende sino de todo lo que Allende había nombrado o tocado o mirado con afecto, esos hechos de piedra o de oro o de fango que al ocurrir le tuvieron a él, al Negro Jorquera, por uno de los protagonistas, y que culminaron en el histórico y cruel bombardeo al Palacio de la Moneda, el 11 de septiembre de 1973.

 Allende lo único que puede hacer es ir al Ministerio de Defensa con una pequeña cantidad de gente, había indicado Pinochet con firmeza desde el Centro Operativo de Mando. Ellos están ofreciendo parlamentar, acotó alguien. Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.

El timbre de voz nasal y fiero de quien durante diecisiete años se convertiría en constante compañero, en sombra oscura y pegajosa de todos nosotros, el hombre a quien no se le movía una hoja sin su autorización personal, aquella presencia sonora tan implacable casi como la del ojo divino, estaba saliendo al aire a través de la radio, impartiendo sus órdenes con el tajante estilo propio del guerrero en acción. Todavía no lo escuchábamos los ciudadanos comunes y corrientes, pero la voz ya había entado en la historia.

Muy bien, conforme, dijo el almirante Carvajal, que hacía de enlace. Rendición incondicional en que se lo toma preso, ofreciéndole nada más que respetar la vida, digamos.

Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país, confirmó Pinochet, agregando: y en el avión se cae, viejo, cuando vaya volando.

Mientras Pinochet iba marcando con este simpático estilo el pulso de lo que Chile tendría que vivir durante los años que vinieron, en esos momentos históricos, Allende se encontraba, rodeado de sus más fieles colaboradores, en el Palacio de la Moneda -allí estaba también, con los labios grises y la mirada escéptica, el Negro Jorquera- todos en sus puestos de trabajo, como correspondía hacer según los insensatos instructivos emanados de la directiva de la Unidad Popular. Y Allende también, por supuesto, el primero, en su puesto de trabajo. En su teórico puesto de mando, porque desde hacía tiempo que Allende no mandaba ni al chofer de su auto.

Y nadie mandaba mucho en esos tiempos, todo hay que decirlo. Fueron los alegre años de Pedro Vuskovic, de los guatones que se toman el predio y se hacen un un asadito con el semental en la casa de los patrones, había sido aquello el vaciamiento suicida de la república.

El mensaje es el siguiente, dictó Allende, mientras el Negro pensaba por la rechucha a ver cómo crestas nos libramos de esta, aunque si hay que morir como hombres, como hombres vamos a morir, mierda. Y de peores hemos escapado ilesos. Dos puntos. Que un Presidente de Chile no se rinde. Y recibe en La Moneda. Si Pinochet quiere que vaya al Ministerio de Defensa, que no sea maricón y que venga a buscarme personalmente.

Podríamos suprimir la última parte, dijo la voz del enlace. El Presidente insiste en que el recado va íntegro, acotó el secretario de Allende.

Entonces vino el ultimátum. Conminaron a Allende a rendirse en media hora, ni un minuto más. Pero Allende llevaba en la sangre el signo de la batalla. Se echó de bruces en el suelo y apoyó el fusil ametralladora apuntándolo hacia las tropas sublevadas que, inconstitucionalmente pedían su dimisión y disparaban contra el Palacio de la Moneda. Ahora no podían pedir más legalidad vigente. Ellos la habían sobrepasado, y al Presidente no le quedaba sino aguantar firme en sus posiciones. Empezó a disparar hacia afuera con pasión y encono, hasta que alguien lo vio allí. ¿Le habrá dado con sus balazos a alguno de los cuatro soldados que murieron en el campo de batalla? Porque esas fueron las víctimas totales de los sublevados en todo el país: cuatro bajas, lo que es escaso en cierto modo, aunque es preciso lamentar las muertes de esas personas, conscriptos sencillos, carne de cañón.

Le van a pegar un tiro al Presidente, exclamó alguien. Saquen al Chicho de la ventana. Allende no atendió a razones, y sus colaboradores lo tuvieron que arrastrar hacia adentro tirándolo desde los pies. El fusil ametralladora estaba ardiendo.

¡Allende no se rinde, milicos de mierda, gritó el Presidente.

El ambiente dentro del Palacio de la Moneda era denso, asfixiante por el humo y desesperado por la confusión. Mientras la ciudad estaba prácticamente tomada en todos sus puntos neurálgicos por unas tropas en verdad asombradas de la poca resistencia encontrada, en la Moneda seguían las explosiones y balaceras. Ya habían abandonado el recinto el personal de la guardia y las mujeres. Por la puerta de Morandé trataban de salir, mientras se iban cayendo a pedazos los estucos de los cielos rasos, rindiéndose y rodando en apretada montonera, los últimos colaboradores del equipo de crisis del Presidente, entre ellos el cada vez más grisáceo negro Jorquera.

Allende entró con paso decidido al Salón Independencia, cerró la puerta, tomó asiento y colocó entre las piernas el fusil ametralladora aún caliente. Había llegado al final de su vida y de su empeño, y no tenía en esos momentos dudas acerca de qué le correspondía hacer. Un Presidente no se exilia ni se sumerge en la clandestinidad. Un Presidente de Chile no se mete con su familia en un avión dejando atrás a su pueblo y a su gente.

Apoyando el mentón sobre la punta del cañón hizo fuego.

La detonación impulsó el cuerpo hacia arriba, al aire, y al caer quedó, no propiamente sentado pero sí algo parecido a eso. El cuerpo estaba entero sólo hasta las cejas, y a partir de ahí, poco más que la nada. La tapa del cráneo había volado, y el lado derecho de la cara aparecía totalmente deformado y aplastado. El impacto de los proyectiles incrustó algunos dientes en los trozos aún visibles de la masa encefálica. Había trozos de sesos ensangrentados junto a su pierna izquierda, sobre el sofá y en el suelo, a su izquierda yacían más restos de masa encefálica, lo mismo que en la muralla, adheridos a los finos hilos de un tapiz traído de Francia en otro época.

¡Murió el Presidente!, alcanzó a gritar alguien. Eran las dos de la tarde.

Juanita Tagle De Hurtado como decir en este medio que el silencio lo inunda todo y que no sirve los me gusta ni el corazoncito ni un sticker ? como se dice la emoción que provoca la palabra que se lee,? sentimiento propio y de tantos ,,en el fondo la nostalgia se instala ,cuando vamos llegando a un horizonte, a la victoria final de la vida...bello y sentido relato buen dia.

JuanGuillermo Tejeda oh, yo mismo sabía q tenía este texto sobre el negro jorquera y me costó encontrarlo en mis archivos, lo recordaba más breve, lo subí para hacerle un homenaje y al releerlo, lo confieso, me saltaron las lágrimas y hasta solté unos sollozos, tan fuerte fue y sigue siendo todo aquello, pero bueno ahí está... una vez, más tarde, hablé con Jorquera, había visto este texto y me dijo con modestia desde su sonrisa que, agradeciéndolo, le parecía mucho, exagerado, excesivo para él, que se había limitado a ser un periodista....

Diferentes reacciones se sucedieron luego del deceso. La senadora de la República e hija del ex mandatario, Isabel Allende, twitteó en su cuenta: “Acabo de enterarme la muerte del Negro Jorquera. Gran amigo y leal colaborador de mi padre. Un abrazo por ahora desde Valpo para Angelica y sus hijas Alejandra y Daniela”.

Por otro lado, y al igual que Allende, Carolina Tohá publicó un mensaje en la misma red social: “Tío Negro, Carlos Jorquera, íntimo de mi padre José, padre de mis amigas Ale y Dani, toda una vida de historias que nos hacen familia más allá de la sangre, vuela alto en tu partida como lo hiciste en tu vida”.

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