LA-TATI8

A fines de septiembre,
Pehuén Editores publicará
una investigación que
desentraña la intimidad y
las luchas de Beatriz Tati
Allende, a 40 años
de su muerte.

En el libro, el historiador Marco Álvarez hace un recorrido por la trágica vida de la hija más cercana al ex presidente, madre de la diputada Maya Fernández y quien hasta el día de su suicidio en Cuba, el 11 octubre de 1977, jamás se perdonó haber salido de La Moneda el día del Golpe, a pesar de su embarazo de siete meses. A continuación, un adelanto del libro “Tati Allende. Una revolucionaria olvidada”.

En el ocaso del lunes 10 de septiembre de 1973, Tati quebrantó la costumbre de las últimas semanas de ir a custodiar el sueño de su padre a Tomás Moro.

Decidió quedarse en su casa cuidando a Mayita que no se podía desprender de un rebelde resfriado. Con Luis (N. de la R.: agente cubano, padre de sus dos hijos) tenían previsto llevarla en las horas de la mañana a un especialista que le diera mayor precisión al diagnóstico médico que ella misma había cursado.

Al amanecer del martes 11, sonó el teléfono de la casa de los Fernández Allende para informarle a Luis que la Embajada de Cuba se encontraba cerrada con «candado», que era la palabra clave de alerta y movilización para todo el personal cubano frente a la inminencia del golpe de Estado en Chile.

Como la misma noticia se había anunciado tantas veces en las últimas semanas, Tati sacó su agenda, y quiso confirmarla llamando uno a uno a su red de contactos en materia de inteligencia. Todos coincidían que había llegado el día en que los militares habían decidido romper con la histórica tradición republicana y democrática del país, para terminar por la fuerza con el gobierno de la Unidad Popular.

Sospechando que este doloroso e histórico día se aproximaba, Salvador dejó ordenado expresamente que las mujeres que más quería no debían llegar a la casa de gobierno. A su querida Miria Contreras, Payita, le dejó señalado claramente que tenía que dirigirse a la residencia presidencial de Tomás Moro, pensando que este sería el único lugar seguro en la ciudad.

Antes de bajar de la casa Cañaveral con un grupo del GAP, Payita intentó comunicarse con la casa de los Fernández Allende, según ella misma constató en una carta que le escribió a Tati, días después: «Yo traté de hablar por teléfono a tu casa para pedirle a Luis que no te dejara ir a La Moneda, pues tu padre así me lo había pedido. Lo mismo tu madre y tus hermanas. No quería sacrificarlas y eso fue lo único que siempre me pidió».


Payita no le hizo caso a su compañero y fue a su encuentro en La Moneda. Sin embargo, el trayecto le dejó un dolor para el resto de sus días: uno de los integrantes del GAP que la acompañó era su hijo Enrique Ropert Contreras, quien no alcanzó a cruzar el último cerco militar que impedía el acceso al palacio de gobierno. Enrique fue detenido junto a sus compañeros y, hasta el día de hoy, se encuentra en calidad de desaparecido.

Tati no alcanzó a hablar con Salvador antes de salir. Sin duda que su padre por el otro lado de la línea la habría instado a no dirigirse bajo ninguna circunstancia a La Moneda. Ella era la única a la que se le olvidaba su embarazo de siete meses. Luego de dejar a Maya en la casa de unos amigos, lo que estaba previsto en el caso de un golpe de Estado, Luis se trasladó a su puesto de combate a la Embajada de Cuba y mientras esperaba el regreso de su vehículo que por error se lo había llevado el cubano que trasladó a su hija, intentó reunir por el teléfono el máximo de antecedentes posibles de los movimientos de las Fuerzas Armadas en el país. La información no fluía como esperaba. En ese intertanto, Tati se comunicó con su amiga y compañera en la Secretaría de la Presidencia, Patricia Espejo:

«Hablé con la Tati para pasarla a buscar e irnos juntas a La Moneda, ella sugirió que fuéramos en dos autos porque se podían necesitar. Bajamos en caravana por Colón, con todos los autos en contra. Hasta el día de hoy evito pasar por esa calle porque me da dolor recordar. Llegamos a calle Moneda, había una barrera, pero la Tati no para, acelera. Yo voy a acelerar cuando viene bajando de la Intendencia un grupo de militares con el cuello naranja, como si usaran un beatle. Era la forma que tenían de distinguirse los que se habían plegado. Viene uno, me pesca del brazo y me dice no se puede pasar, “quién es usted”. Entonces yo sacó mi carné de La Moneda y le digo “pero señor, si yo soy la secretaria del presidente”. Y más me echaba el brazo para atrás. De repente, pasa Fernando Flores con un escolta y me dice así: “Arráncate son malos, arráncate son malos».

Patricia Espejo quedó en el camino. «En lo personal», dijo Tati posteriormente en una entrevista, «puedo decir que cuando yo me trasladaba hacia La Moneda, nos dispararon, y eso lo vieron y les sucedía a muchas otras personas que intentaron llegar a La Moneda y que tuvieron todo tipo de dificultades para llegar al palacio». A metros de la casa de gobierno, cuando unos soldados intentaron por la fuerza detener sus pasos, los apuntó con un revólver, abriéndose camino. No se habría dejado jamás apresar, puesto que se preparó, como cientos de revolucionarios latinoamericanos, para morir combatiendo por el socialismo. Tati terminó entrando un poco antes de las nueve de la mañana a La Moneda. Mientras tanto, Salvador Allende miraba por la ventana del segundo piso cómo los carabineros que custodiaban el palacio lo dejaban a su suerte.

Tati se parapetó en su puesto de trabajo en la Secretaría de la Presidencia. No estaba ahí solo para apoyar moralmente a Salvador Allende en aquella encrucijada histórica que sacudía a Chile, sino, sobre todo, para cumplir con su deber revolucionario de defender el gobierno de la Unidad Popular. Mientras contestaba los llamados, intentaba quemar los documentos privados que jamás deberían llegar a la vista de los esbirros golpistas. «Al pasarle una de las numerosas llamadas telefónicas que se estaba recibiendo», contó Beatriz posteriormente en un discurso al mundo, «lo vi por primera vez en ese día».

Agregó: «Estaba sereno, escuchaba con tranquilidad las diferentes informaciones que se le entregaban y daba órdenes y respuestas que no admitían discusión». Por primera vez en su vida Allende tomaba las armas y asumía la comandancia militar de los suyos, pues no estaba dispuesto a entregarles por las buenas el poder a los militares.

Vía telefónica, Tati mantenía informado a Luis y los cubanos de lo que estaba pasando en La Moneda, quienes, a su vez resistían las primeras agresiones a su embajada por parte de los militares.

Por esa misma línea de comunicación se enteró que su amigo Arnoldo Camu, jefe militar del PS, junto a otros viejos amigos del ELN chileno (N. de la R.: Ejército de Liberación Nacional, guerrilla creada por Ernesto Che Guevara en Bolivia) se encontraba reunido con los máximos dirigentes del MIR en una fábrica del sur de Santiago para organizar las primeras acciones de resistencia armada al golpe de Estado.

A esa misma cita, la Dirección del Partido Comunista mandó a informar a las otras fuerzas de izquierda que no harían nada hasta saber qué ocurriría con el Congreso Nacional. También alcanzó a conocer el despliegue defensivo de algunos cordones industriales, que estaban dispuestos a combatir enérgicamente la ofensiva golpista. Las peores noticias las recibió de Concepción, tierra de juventud rebelde que tanto quiso, y que ahora era tomada por los militares sin disparar un solo tiro.

Miguel Enríquez luego de varios intentos logró contactarse con la línea de Tati.

Le cuenta que el MIR tiene dispuesto un comando especial para ir a rescatar a Salvador Allende a La Moneda, para que éste liderase la resistencia militar desde algún barrio popular de la capital. Beatriz sabía cuál iba a ser su repuesta, sin embargo, corrió con la esperanza entre los labios. Para ella era la última oportunidad de que Allende comprendiera de una vez por todas que sólo la violencia revolucionaria podría detener la asonada fascista.

Con casco militar, empuñando un fusil que le había regalado Fidel y con la dulzura y el orgullo con que la miraba desde niña, su padre le dijo: «dile a Miguel que ahora es su turno». Chicho lo había comprendido. Pero también le hizo saber que él sería siempre consecuente con la vía pacífica para conquistar el socialismo. Se había acabado su tiempo histórico.

Salvador Allende, le pidió que se fuera a Tomás Moro para acompañar a su madre, Tencha.

Desde su llegada, no pasó mucho tiempo para que la artillería de los traidores comenzara a golpear las murallas del palacio de gobierno. Tati no estaba dispuesta a abandonar su puesto de combate junto al presidente, aún cuando comenzaba a sentir molestias del embarazo. Ella misma contó: «cada una de las bombas, de los impactos de los tanques y de los morteros se traducían en algunas contracciones y él tenía interés de proteger esta nueva vida». Salvador ahora, con el fuego enemigo en las narices, le rogó que abandonara La Moneda. No paraba de decirle que, ante todo, debía salvar a ese niño. Ella se negaba rotundamente.

Primero se lo pidió. Luego le rogó. Sólo faltaba ordenarle que abandonara La Moneda. Chicho la conocía mejor que nadie, y sabía que eso no sería suficiente para lograr su salida. Tati cuenta: «Las condiciones eran muy duras. Yo estuve un lapso largo ahí. Puedo decir como vi a un grupo tan pequeño con escasísimo armamento, cómo recibía el fuego de la artillería, de la infantería, el fuego de los tanques, de las bazucas y de los morteros. La Moneda era una especie de infierno inimaginable en que parecía que todo se iba a derrumbar y que uno iba a quedar como en el aire.

Amenazaron constantemente y sabíamos que iba a venir el bombardeo aéreo y ahí fue cuando el presidente forzó nuestra salida, pues le preocupaba la situación de las once mujeres que estaban dentro de La Moneda. Él no quería que las mujeres estuvieran ahí, al mismo tiempo las conminaba a tomar tareas futuras que sirvieran a la causa, pensando que no tenía sentido que permaneciesen en ese lugar, desarmadas. Entendía el gesto moral de estas compañeras, pero al mismo tiempo pensaba que lo lógico era que salieran y que de ahí para adelante cumplieran con el compromiso con el pueblo chileno».

Otra de las mujeres que llegó a La Moneda fue su hermana Isabel, la que narra: «Cuando yo llegué, la cara de sorpresa de la Tati fue tremenda. Incluso, su primera reacción no fue grata para mí. Con lo que me costó llegar, me dijo: “Te tienes que ir de acá. Tienes que ir a Tomás Moro”. Fue como protectora, pero a mí me cayó mal. Me había costado un mundo llegar y que me dijera: “qué haces acá. No le hice caso». Con el arribo de la menor de las Allende, Salvador aumentó la presión para que las mujeres salieran lo antes posible.

Es entonces cuando ocurre lo que menciona Tati sobre las tareas futuras que comenzó a asignar el presidente. A ella le confió la más importante de todas: lograr la unidad de la izquierda para enfrentar los duros tiempos que se aproximaban. Algunos dicen que la llevó a un rincón, otros que se encerraron en el despacho presidencial. Lo cierto es que cada uno de los detalles de su conversación fueron un mandato que nuestra protagonista cargó casi siempre con orgullo y otras veces como un peso sobre sus hombros.

Entre los estruendos de los disparos, tal fue la desesperación de Salvador para que salieran, que reunió a todos en el Salón Toesca. Agradeció a cada uno de los presentes, pero recalcó que no quería muertes innecesarias. Conminó nuevamente a las mujeres a ser las primeras en abandonar la casa de gobierno. Un «¡Cállate, Negro de mierda!», se ganó el periodista Carlos “Negro” Jorquera de Tati por apoyar la insistencia del presidente. Allende sabía que el bombardeo aéreo a La Moneda sucedería en cosa de minutos, y que la defensa del gobierno de los trabajadores estaba sentenciada. Isabel Allende también recordará:

«Sostiene primero un diálogo muy tranquilo, explicándonos porqué debemos salir. Pero como la negativa nuestra es muy fuerte, en un tono más duro insiste: “Ustedes, tienen que entenderme. Esto va a ser hasta el final. No tiene ningún sentido que se queden”. Y dirigiéndose a Tati, en que todas nosotras reconocíamos al líder, le dice: “Beatriz, tú sabes la necesidad que vamos a tener después de esto, nuestro pueblo va a necesitar que se narre esta traición. Tú has conocido este proceso desde dentro, por eso debes salir».

Allende comienza una dura negociación con los militares para que cesen el fuego, con el objetivo de que las mujeres que quedan puedan tomar un vehículo en la puerta lateral de La Moneda. Se escucha a Salvador gritar por el teléfono: «No sean maricones, acá hay seis mujeres y una embarazada de siete meses». Una de ellas logra escabullirse, escondiéndose en algún rincón del palacio desacatando el mandato del presidente. Era Payita, quien no estaba dispuesta a abandonar a su amor en las horas más dramáticas de su vida.

Finalmente, Tati termina por aceptar la imposición de su padre. Lo besa. Camina con resignación a la salida. Regresa y lo vuelve a abrazar.

Cruzaron el umbral de la puerta de Morandé 80, faltando diez minutos para las 11 de la mañana, Nancy Julián, esposa de Jaime Barros, Gerente General del Banco Central; la famosa periodista cubana de televisión Frida Modak; Verónica Ahumada y Cecilia Torno, asesoras del equipo de prensa de la casa de gobierno; Isabel y Beatriz Allende. Se dan cuenta de inmediato que los militares no habían cumplido su palabra, pues no estaba por ningún lado el vehículo prometido.

Ahumada y Torno entre el desconcierto de la situación, rápidamente se van con rumbo desconocido. El Dr. Danilo Bertulín cuenta:

«Yo le digo a Tati que si no hay vehículo pueden irse en mi auto y le entrego las llaves. Ella toma las llaves y las echa en su cartera. Las voy a dejar hasta la puerta y la cierro. Y salen hacia la Intendencia. Yo me quedo mirando por la ventanilla de Morandé 80. Tati regresa. Me dice “Déjame entrar”. Yo me niego. Entonces me dice: “Cómo no me vas a dejar entrar si no hay ningún vehículo, ninguna cosa”. “Así será”, le digo, “pero éstas son órdenes del presidente” y le cierro la ventanilla. Y no supe más. Eso Tati no me lo perdonó nunca».

Tati, desgarrada, golpeó y golpeó la puerta de Morandé 80. Su preocupación no estaba fijada en el incumplimiento de la palabra de los militares, puesto que nunca se fió de ellos.

Sólo quería regresar al sitio desde donde jamás se perdonó haber salido.

«Nosotros partimos de La Moneda con un sentimiento diría de vergüenza, con un sentimiento de frustración por no permanecer junto a ellos», dirá posteriormente con culpa, «lo único que queríamos era estar junto a nuestros compañeros. Estar junto al presidente». Algo muy importante en ella se quedó atrapado para siempre en aquel umbral. Desde que lo cruzó no sería la misma. Nunca más lo fue. (…)

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