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PEPE-ALDUNATE8

Para quienes lo conocimos
en el activismo cotidiano, el
padre José Aldunate era
simplemente don Pepe. Su
figura longeva no nos privó
nunca de su palabra, y
mientras pudo,
tampoco de su presencia.
Por Álvaro Ramis,
rector UAHC.

Don Pepe siempre llegaba, incluso cuando su ceguera y sus dificultades para desplazarse se hicieron crónicas. José Aldunate sabía que la cercanía, el estar en el tiempo y en lugar crucial y necesario, sin importar la “relevancia” aparente de cada causa, era una exigencia irreductible. Este elemento determinó toda su vida y podría unir los tres grandes legados que nos ha dejado.

Su primera herencia radica en la manera en que articuló su compromiso integral con los derechos humanos, y su vida personal.

En la línea de Clotario Blest, don Pepe comprendió que la promoción de la dignidad humana le exigía asumir el rol del profeta, aquel personaje que no sólo habla con la palabra sino también con el testimonio. Cada una de sus prácticas, cada uno de sus pasos, se convirtieron en desafíos perturbadores para la conciencia de sus contemporáneos. La vida de don Pepe poseía una radicalidad que incomodaba, ya que no había forma de sentirse tranquilo al contemplar el tremendo coraje que desplegaba al enfrentar los dilemas propios de cada coyuntura.

Desde que se unió al movimiento de los Cristianos por el Socialismo, en 1971, decidió desplazarse social y geográficamente. Trabajador de Chuquicamata durante la UP, obrero del PEM en Pudahuel, poblador entre pobladores en El Montijo, cocinero en Villa México, en La Palma, en Estación Central, o en Villa Francia, compartiendo un destino de precariedad y austeridad extrema, que no podría haber sido más lejano a su posición de nacimiento y a las perspectivas que le ofrecía su itinerario académico.

Su segundo legado es la experimentación creativa de las posibilidades políticas de la no violencia activa.  Como fundador del Movimiento Sebastián Acevedo don Pepe impulsó una práctica basada en desafiar radicalmente la facticidad del poder despótico, por medio de la legitimidad de la denuncia ética de la injusticia.

El principal objetivo era visibilizar la realidad sistemática de la tortura, deliberadamente establecida, bajo los parámetros del terrorismo de Estado.

Don Pepe asumió las enseñanzas de Gandhi, de Martin Luther King, de Rosa Parks, de las Madres y abuelas de Plaza de Mayo, y las tradujo a nuestra propia realidad, en los turbulentos años ochenta, en medio de un Chile dañado por el quiebre de las confianzas básicas y por la ruptura de las instituciones políticas y asociativas históricas, que configuraron nuestra sociedad.

Su tercer legado radica en su ejercicio de una absoluta libertad intelectual, académica y teológica. Don Pepe nunca calló ni dejó de manifestar su perspectiva ética respecto a la realidad. De esa forma su profetismo se prolongó más allá de la dictadura, y se amplió a reconocer y apoyar la extensión de los derechos humanos a esferas que no estaban explícitas en el orden jurídico y normativo internacional, y menos aún en los estrechos marcos del derecho canónico.

No tuvo miedo de apoyar el matrimonio igualitario, la equidad de género, y en el fondo, la absoluta dignidad de las decisiones éticas de las personas, incluyendo la esfera de su sexualidad.

Este respeto irrestricto al principio de autonomía radicaba en su formación como profesor de teología moral, que nunca tranzó ante las enormes presiones que la propia jerarquía de la Iglesia Católica desató permanentemente en su contra, atestiguadas por su expulsión de la Universidad Católica, las “denuncias” recurrentes que vivió desde la nunciatura, y su marginación de todo espacio eclesiástico de decisión.

Mientras en la Iglesia don Pepe se convirtió en un paria, como sospechoso de obispos y cardenales, ante la ciudadanía don Pepe se convirtió en un icono viviente, como protagonista de lo mejor del siglo XX: el descubrimiento de un humanismo liberador, que ha convertido el imperativo teórico de la dignidad humana en una agenda de derechos universales, exigibles, y justiciables, que debe concretarse en la experiencia material de las personas.

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