DOBLE-ENCUENTRO8

“La más grande y repetida
forma de miseria e infelicidad 
a que están expuestos los
seres humanos consiste en
la injusticia, más aún que la
desgracia", Inmanuel Kant.

Por Martin Faunes Amigo

Ocurrió cuando ya habíamos sido derrotados y mis padres intentaban vencer el dolor de ya no contar con ese hermano mío muerto en circunstancias tan extrañas.

Es que tratábamos de rehacernos y considerando los tiempos, nos empezaba a ir algo mejor. Me contrataron en una empresa de computadores de prestigio y arrendamos una casa mejor, hasta pudimos comprarnos una citroneta celeste bastante despintada de esas que tenían atrás una cajuela como de camioneta.

Pudimos salir por ahí y por acá con mi hijo y mi compañera, y llevábamos también a pasear a mis padres. Una noche los Invitamos al cine El Golf, exhibían “Cabaret”. Buena película, salimos felices. En realidad no tanto. Noté a mi viejo nervioso. 


Mi papá era un tipo corajudo, pero insisto lo noté nervioso. No sé cómo lo supe, pero lo supe: lo importunó un tipo rubio bastante corpulento con tenida militar tipo camuflaje que, como nosotros, caminaba hacia la salida, lo acompañaba una mujer. A mí tampoco me gustaba ni me tenía tranquilo tenerlo cerca, pero qué... estábamos en un cine de lujo rodeados de gente de lujo y nosotros lucíamos también como gente de lujo.

Nos demoramos al salir porque mi padre hizo lento el paso ex profeso permitiendo que el militar se alejara hasta perderse afuera del cine.

Desafortunadamente cuando llegamos donde había estacionado mi vehículo, ahí estaba, examinaba unos rayones en la puerta de un Fiat 125 junto a mi citroneta. Lucía furioso, su mujer trataba de calmarlo. Cuando se dio cuenta de que yo era el dueño del vehículo que supuso había rayado el suyo me rugió: “¿usted es el dueño de esta porquería?, va a tener que pagar por esto”.


Yo sabía perfectamente que nada tenía que ver con eso, así que a pesar de la prepotencia saqué la voz negando mi culpa y, mientras me continuaba increpando, intentaba hacerle ver que los rayones, aunque celestes, no los podía haber hecho yo, porque estaban bastante más altos de lo que alguna parte de la citroneta podría alcanzar.

El tipo no parecía oír, continuaba con sus insultos y amenazas. Su mujer lo calmó. Se había juntado bastante gente mirona. “Él no pudo ser mijito, ya vámonos que tengo vergüenza”. El hombre la empujó dentro del Fiat y se despidió con una amenaza: “da gracias de que ando con ella, conchetumadre”.

Y se fueron, nosotros subimos a la citroneta masticando la rabia de la injusticia y la impotencia.

Un par de meses pasaron, dos o tres, no sé, pero sí sé que me pidieron ir a resolver un problema de computación a una oficina en Alameda con Santa Rosa. Me lo dijeron por medio de un intercomunicador marca Motorola usado sólo por la empresa para la que yo trabajaba, por lo tanto bastante desconocido.

Mala cosa, al llegar a la entrada del edificio, noté que era uno de oficinas militares. Me dejaron pasar sin problemas. La oficina estaba en el primer piso a la mano izquierda. Quienes me requerían eran un par de empleados civiles que me recibieron ansiosos junto a un oficial joven que hacía de jefe. Quise hacer lo que fuera necesario de la manera más rápida posible, me ayudó en eso el que el problema fuera demasiado obvio: un área de trabajo mal dimensionada.

Quedó resuelto rápidamente. 

Se despedían de mí dándome las gracias. Fue entonces cuando sonó el timbre de mi intercomunicador donde me dirían el lugar siguiente donde necesitaban mi trabajo. Cuando quise contestar, no pude porque el militar del cine El Golf ingresó a la oficina vociferando “¿con quién te comunicai con esto, conchetumadre... con los cubanos?” Acto seguido me lo arrebató y mientras me insultaba lo arrojó violentamente al suelo y le dio un pisotón para después, con una porra de madera destrozarlo.

A todo esto, los empleados civiles lo miraban consternado y el oficial joven salió corriendo de la oficina, al parecer en busca de ayuda. Después del intercomunicador venía yo, era lógico. Cerró la puerta y corrió pestillo, me agarró firme del brazo, para venir a zamarrearme y volver con su “¿con quién te comunicai, extremista culiao... ¿erís vietnamita?, ¡habla conchetumadre!”.


Vino el primer golpe, fue en el estómago. Con él me lanzó de espaldas contra la pared que tenía empotrada una percha alta, quedé bajo ella. Ahí me mantuvo mientras me esposaba a esa percha dejándome semi colgado, agarrado por la muñeca. Para no colgar de manera total tenía que estar en puntas de pie. Todo esto mientras los empleados civiles le gritaban que yo había venido a ayudarlos y de afuera trataban de abrir la puerta.


Cambió su estrategia. Sacó de la cartuchera su pistola y me la puso en la sien diciendo “¿para quién trabajai, conchetumadre, quién es tu jefe?”.

Como los civiles le sigan gritando que me soltara, les apuntó con la pistola “¡cállense maracos!”. Con los empleados civiles enmudecidos, se viró, para darme un feroz golpe en el costado que me hizo perder el precario equilibrio en puntillas. Sentí un tirón doloroso provocado por el peso de mi cuerpo contra la contención de acero en mi muñeca. Me pude poner en puntillas otra vez, pero un nuevo golpe me produjo un nuevo tirón. De pronto, y sin ningún motivo que se entendiera, guardó la pistola diciendo “te voy a investigar, conchetumadre”.

Empujó afuera a los empleados civiles y salió tras darme un último golpe.

Pensé que tal vez se habría dado cuenta de que yo no representaba un peligro para la patria y hasta sentí un alivio mientras él cerraba tras sí la puerta. Se alcanzaba a escuchar que discutía a garabatos en el pasillo con algunas personas pero nadie entraba a liberarme. Pasó un tiempo que no puedo precisar.


Se abrió la puerta tras un estruendo. Hizo entrada un oficial de mayor graduación con el oficial joven, los empleados civiles y varios otros subalternos.

“Suéltenlo” les dijo, y dirigiéndose a mí: “usted, perdone”. No dijo más, se dio media vuelta y partió. A continuación, un par de soldados me alzaron mientras otro sacaba llave a las esposas y los civiles recogían los pedazos del intercomunicador. Me los pasaron en una bolsa de papel. “Disculpe” dijeron a coro. Me acompañaron a la salida. Pasé entre milicos que me miraban con desconfianza pero no vi entre ellos al del Cine El Golf. Los empleados civiles se despidieron estrechándome las manos. Ya era de noche. No nos dijimos nada más.


Un tiempo después le conté a mi padre que el milico del cine El Golf me había puesto esposas y me había colgado de una percha. Mi padre me dio un abrazo, y me dijo que estaba casi seguro de que el milico ese, era la bestia que los había amenazado en el Estadio Chile con el discurso famoso: "les habla el comandante a cargo de este recinto para decirles que ustedes están presos porque son enemigos de la patria y no merecen ser llamados chilenos. Y esta que tenemos aquí montada, es una ametralladora punto treinta llamada ´la sierra de Hitler`, porque no mata sino corta"..

Nota de la redacción: El edificio de oficinas militares que se menciona en esta historia es donde hoy funciona el Ministerio de Bienes Nacionales.

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