ESCUELITA

HOY SE LLAMA
COLEGIO JAPÓN, pero
por el tiempo de cuando
hablo tenía el número
Diez y el apellido
rimbombante de “Escuela
Superior Mixta”,
porque lo era.
POR MARTÍN
FAUNES AMIGO

No lo digo tanto por lo de “superior” sino por lo de “mixta”, es que teníamos compañeras y eran todas lindas e inclinadas a la ternura.

Hablo de la escuela de tres pisos que estaba frente a la Plazuela Buenos Aires, cerca de la Escuela de Minas. Ésa donde nuestra profesora se llamaba Ofelia y fue quien me bautizó con el epíteto de “pajarraco”, cuestión por la que nunca protesté porque he sido siempre un elemento así distraído.

Cómo molestarme entonces, por el contrario, con diversos derivados, ése ha sido mi sobrenombre siempre, y lo es desde aquellos lejanos días de primero preparatorias que siento todavía en el corazón con el frescor de esos pasillos, el olor a tiza y la simpatía de esas muchachas más grandes que venían de la Escuela Normal a practicar con nosotros su oficio de maestras: nos tomaban con sus manos suaves para conducir las nuestras guiándonos a que hiciéramos palotes y círculos en lo que ellas llamaban “apresto de escritura”. 

Pero no sólo eran nuestras compañeras, aquellas niñas lindas que jamás borraban su sonrisa y que nos querían y quisimos tanto, sino también esos otros que llegaban a veces a pies pelados u otras, se sacaban los zapatos para jugar a la pelota y no estropearlos.

Eran mis compañeros el hijo del director de apellido Alvarado, el hijo del alcalde, el del notario, el del dueño del almacén de la esquina, y también el “perejil”, que en realidad se llamaba Henry, de quien no recuerdo su apellido pero si sé que vivía en una covacha al fondo del patio de Los Salesianos, porque su madre trabajaba de cocinera para ellos.

Henry, el perejil, que venía con su pantalón roto pero meticulosamente parchado, era mi amigo, y era mi amigo también Eduardo de La Barra, uno que vivía con su abuela en una lujosa casona colonial del centro de la ciudad, específicamente en la calle que se llamaba como él, y que si se llamaba como él no era por él, sino porque le habían puesto ese nombre en homenaje a alguno de sus ancestros que allí vivía probablemente mucho antes de cuando aquella calle aún no pensaba en llamarse calle.

Eduardo de La Barra también era amigo del llamado Henry de alias “perejil”, y lo éramos también del hijo de unos turcos que tenían paquetería y de Fernández, que sólo tenía a su mamá. Éramos además amigos del Roy, hijo de un ingeniero gringo de la mina El Romeral de apellido Walker, del hijo del pastor evangélico de apellido Ansieta, del hijo del chino de la tintorería y de el del zapatero Bartolo que arreglaba zapatos al lado de nuestra casa; sin olvidar al hermano de un jugador de fútbol del Club de Deportes La Serena, a quien llamaban “cachorro Esquivel”.

Todos nosotros mosqueteros, camaradas. Pero no puedo olvidar tampoco a otro amigo nuestro, uno que no servía para ningún juego y que parecía no entender nuestras risas ni tampoco nuestras bromas, pero sin embargo era un as para las matemáticas, y cuando lograba darle un chute a la pelota era por nosotros ovacionado.

Se daba así lo que hoy parecería insólito que, a pesar de nuestros orígenes marcadamente distintos y nuestras condiciones sociales tan diversas, no sólo éramos compañeros, sino amigos, y más que amigos, mosqueteros, porque ése era nuestro juego favorito, el ser mosqueteros con espadas de madera y de la frase maestra “en guardia”.

Ésos éramos nosotros, mosqueteros y futbolistas y, por si esto no llegara a creerse, les cuento que más allá del dieciocho, la pascua o el año nuevo, el cumpleaños de Eduardo de la Barra era fecha ultra inolvidable e importante.

Estábamos todos los del curso invitados a su casa, nos recibían su abuela y sus padres que venían de Santiago especialmente a celebrarlo. La propia abuela de nuestro amigo/mosquetero con dos de sus empleadas llevaban al perejil a un baño junto a los otros que como él, no estaban muy bien presentados. Ahí, tratando de que el resto no nos diéramos cuenta, los bañaban y les ponían ropa y zapatos nuevos. Lo mismo hacían con nuestras compañeras más humildes que salían del baño convertidas en mariposas.

Después de esa once con chocolate caliente y rosquitas, la fiesta continuaba en un patio enorme donde se jugaba fútbol y a las espadas, hasta que la abuela de Eduardo golpeaba sus palmas y nos pedía que jugáramos también con las muchachas.

Todo cambiaba entonces y a pedido de ellas mismas, se jugaba a la ronda, al pillarse, a las escondidas o a la gallina ciega, jugarretas que con los años se fueron volviendo más y más sabrosas y nos fueron enseñando que no podía ser malo que nos gustara tanto tocarlas si a ellas les gustaba que las tocaran.

Al anochecer, a medida que nos íbamos retirando, la abuela nos daba a cada uno una sorpresa, y vaya sorpresas. La mejor que recuerdo, porque era algo que yo anhelaba y me parecía un imposible: un par de zapatos de fútbol.

Imagino que muchos no podrán creerlo, pero así fue porque ése era el calibre de las sorpresas de la abuela de Eduardo de La Barra. Eran negro brillantes, de cuero auténtico y con puentes, así se usaban entonces, y adentro, por la parte del talón, tenían una marca redonda que decía “Marchant Curtiembre, Calidad en Cueros y Pieles”.

Es cierto que me quedaron un poco grandes, así que Gustavo, mi hermano mayor, los usó por un tiempo, pero al cabo de un año y medio ya fueron míos. Los usé por casi dos años hasta que pasaron a ser de Ricardo, el menor, pero en el intertanto, Henry, el perejil, me los pidió prestados varias veces y yo lógicamente se los pasé las veces en que no iba a usarlos. Él después, venía a mi casa a devolvérmelos, los traía siempre muy bien lustrados. Es que así se hacía, así era todo: simple, sin aspavientos, solidario.

Al día siguiente del cumpleaños de Eduardo volvíamos a ser mosqueteros y futbolistas, y nos tratábamos a veces a patadas y otras de abrazos, pero a las compañeras siempre con esa suavidad que ellas agradecían con su ternura.

Todo igual que antes, todos a los mismos niveles. Algo más grandes, ya no jugábamos con las niñas a las escondidas, pero nos escondíamos con ellas en un bodegón que había al fondo del patio, claro que esas veces eran para hacer “juegos de amor”.

Repito, todo simple y solidario. Así era nuestra escuela inclusiva donde éramos iguales a pesar de nuestras diferencias. Hablo de esa escuela donde aprendí tantas cosas y tuve tantos momentos felices que jamás dejaré de recordarlos. 

MARTÍN FAUNES AMIGO

Ps. Social, escritor.

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