HOJAS-BARRIOS

Parece que la vida nos cambia
sin previo aviso, pero si uno mira
las cosas con calma, la
transformación tiene raíces que
de una u otra forma hermanan a
pasado y presente y sientan
directrices hacia el futuro.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Pienso en aquel alocado remate de la calle San Martín de mis dos primeras décadas de vida, barrio alucinante donde se enredaban y convivían casas de caramba y zamba -como decían mis abuelas- con una colmena de tragedias y maldades encerradas en celdas, es decir, una prisión tan siniestra como añeja, la desaparecida cárcel pública, respirando casi junto a la estación Mapocho, una cuadra al norte, donde llegaban los viajeros que venían en tren desde Iquique y Valparaíso, arreando a los pasajeros de las ciudades intermedias.

Entre la remolienda airada de San Martín -donde ocurrían cosas que hoy se practican en uno que otro hogar normal-, aquella de la corta Hurtado de Mendoza y la de un pellizco de Amunátegui, mirando de frente a un costado de la vieja cárcel que se nos fue, había una concurrida tierra de nadie que parecía proteger al refugio de las locomotoras y los vagones de primera y tercera, de las malas costumbres de la ciudad, escenificadas a metros de distancia. Fue un mercado persa o baratillo donde como en el cajón de un sastre de esos tiempos cuando aún la ropa de fábrica no se lo tragaba todo, había de un cuanto hay.

El espacio, hoy un sitio eriazo inexplicable, se abría hacia los hoteles de paso tanto para parejas sin techo y necesitadas de murallas cómplices, como posada de los atareados provincianos obligados por el centralismo a ejecutar sus trámites en la capital. En el límite sur una mole gris, la policía de Investigaciones y de vecino, el Registro Civil. Detrás de estos, la Tercera Comisaría de Carabineros, hoy aposentada en Agustinas donde hasta 1973, estuvo la sede principal del Partido Socialista, la que vio el triunfo de Salvador Allende en 1970.

De regreso en aquellas breves veredas y construcciones, un poquito más hacia la cordillera, un par de cuadras tal vez, cabarets y clubes nocturnos teniendo al medio al incomparable Hércules, aquel restaurante, mejor dicho algo similar, que con cuatro platos le mató por años el hambre a los pobres de solemnidad de este rincón urbano. Borrachos, poetas fracasados, vagos, cesantes, reos recién liberados, adolescentes en busca de aventuras, en general, toda esa fauna al margen de la buena vida y de la familia tradicional.

Por unos pocos pesos, como lo he contado otras veces, te daban unas guatitas a la jardinera o un chupe de mondongo, unos porotos con riendas o la joya del establecimiento: El Hércules, una combinación de los anteriores, el supremo calmante de apetitos urgidos, claro está, por un billete más, que generalmente escaseaba, si no lo sabré yo.

Hoy es poco o nada lo que queda de aquello, especialmente en San Martín y Hurtado de Mendoza, cuyas edificaciones de dos pisos terminaron en talleres mecánicos de dudosa eficiencia y que han sido reemplazados por una imponente mole que alberga a los Juzgados de Familia, donde los arrejuntes tambaleantemente avenidos terminan arreglando, malamente en verdad, sus desbarajustes.

No deja de ser un cambio asombroso que de albergar lupanares y un par de bares donde pasaban sus horas los amantes de las asiladas esperando percibir parte de las ganancias de la noche, ahora sea este un espacio para administrar justicia. Pero hay un bien común en juego: La pareja humana y sus colgajos.

A San Martín -Hurtado de Mendoza era otra cosa pese a estar a la vuelta de la esquina- llegaban de preferencia los hijos de los clanes favorecidos por la fortuna, después de la obligada y santurrona visita a la pololita y especialmente tras ir a dejarla a su hogar luego del baile del sábado, aquellos malones abuelos del carrete de estos días, se caracterizaban por un traguito, dos cuando mucho, de Cinzano entrado de contrabando, uno que otro cigarrillo y los cuentos colorados de salón, es decir, los chistes de la cintura para abajo, como solía decirse durante aquellos ágapes a las alusiones sexuales.

Los ardores derivados de los restregones en el baile de buen ver, generalmente causaban estragos en la líbido de los incipientes galanes en busca de casar capitales, que se calmaban en San Martín. Me lo contaron las niñas de aquellos antros donde me introdujo uno de mis pocos amigos, que pese a su carencia de efectivo, se las arreglaba para ser agasajado allí y que me presentó a sus amigas que igualmente me acogieron, aunque no como a mi introductor, Gabriel Concha, locutor del único programa de trasnoche, Compases al Amanecer, que irradiaba Radio del Pacífico que hoy es la emisora de Carabineros. Gabriel era famoso por complacer las solicitudes musicales de aquellas féminas, que ahogaban en tangos malévolos sus carencias de ternura y de aprecio social.

La otra parte de este cuento, la supe por mis compañeros del Instituto Nacional, los mimados de la billetera, que los lunes nos hacían poner amarillos de envidia a los pobretones, contándonos las hazañas en la cama de la Violeta, la Olga o la Susana. ¿Qué tiene que ver esto con los Juzgados de Familia?, algo muy simple: En San Martín, epílogo de la entrega de un par de billetes de mil pesos (la cifra era una fortuna en los años de 1950) por parte del padre o el tío, los chiquillos iban a desahogarse, en buen castellano, a poner a salvo la virginidad de las aspirantes a noviecitas. No debe olvidarse que ser virgen –más hipocresía que verdad– era la obligación de ellas pues debían llegar castas y puras al altar. Pocas veces en la desoladora realidad.

Es tirado de las mechas y falso, pero aunque fuera una simulación, efectivamente era una manera de preservar a las buenas costumbres de la época, en esencia cuidar de la estabilidad de los hogares, tal como lo intentan hoy, con tan poco éxito, los tribunales del ramo. Y curiosamente esta suerte de servicio social sexual, se extendía a la inmediata Hurtado de Mendoza.

Allí había dos establecimientos para varones formales: La Chepa pobre (que en realidad era la que más haberes acumulaba) y la Chepa rica, que era más sofisticada en el adorno de su establecimiento y por eso parecía más pudiente.

Frecuentaban ambas viviendas, periodistas como Raúl Morales Álvarez, que lo hacía en calidad de dueño de casa aunque sin título oficial de tal; publicistas de éxito, propietarios de populares emisoras de radio, en fin, una serie de niños grandes, que en este aspecto jamás habían crecido y se habían sumergido en una suerte de eterna adolescencia y que como tales, gozaban practicando extraños juegos.

Había uno que se gastaba una fortuna en cortes de seda. Envolvía a las chiquillas, previamente despojadas de sus vestimentas, en las telas que traía y su alma subía al edén escuchando como se rasgaba el delgado paño entre sus dedos. Una de sus anfitrionas me confesó un día: Que daría yo porque me regalara unos tres metros de esa seda, me mandaría a hacer un vestido tan lindo…

Otro propietario de una estación radiodifusora muy conocida, armaba unos carnavales donde los participantes, ellas en su mayoría, se bañaban con el líquido de las poncheras: Ginger Ale con vino blanco y un poca de pisco, mientras se tiraban rollos de papel higiénico como si fueran serpentinas.

Finalmente quedaba el prostíbulo de Amunátegui, misteriosamente siempre uno solo en aquella media cuadra entre el Persa y Hurtado de Mendoza. Era un lugar más democrático, que generalmente acogía a los viajeros que llegaban a Mapocho y que haciendo una cachaña al Hotel Bristol -preferido por los transhumantes de los rieles- aterrizaban en los brazos de aquellas mujeres, previo ordeñamiento de su billetera, adminúsculo vital de la época.

Con el edificio de los Juzgados de Familia, hasta los ladrillos que podrían recordar aquellos años de farra y piscolas se han desvanecido. Incluso, el recuerdo se pierde en la oscuridad de los tiempos sin muchas reseñas que lo preserven. La urbe cambia, en este caso es indudable que para bien, pero en otros aspectos, es mejor ni hablar. 

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