HOJAS-EDWARDS

Mi alma inquieta de reportero
policial, revive y vibra con un
misterio al que todos ayudan
a mantener de una u otra forma
y que reside en fingir ignorar,
la inocultable muerte de un
Edwards Eastman.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Agustín, el jefe del clan hasta el pasado año, murió este otoño de una enfermedad que no se identifica y su diario, el matutino El Mercurio, el impreso de este Cucho, solo un día habló del hecho. Luego diluyó su recuerdo en algunas cartas y uno que otro artículo desganado.

Uno, la verdad, habría esperado espesas nubes de incienso literario, para difumar los fogonazos del fuego enemigo, pero nada. Como en el viejo poema, tras la última paletada de un funeral casi clandestino, nadie de la familia, dijo nada.

Un blog que recuerda las raíces antiguas de quienes detentaron grandes fortunas, como la de los Edwards,  amasadas primero a la sombra del Imperio Británico y sus comerciantes avecindados en Valparaíso – que no conocía de seguidillas de temblores pero que casi desapareció del mapa con el gran sismo de 1906 --, luego de Estados Unidos, da cuenta de un drama familiar en la versión de Mónica Echeverría.

Esta escritora hurgadora de aquellos secretillos que se enterraban cuidadosamente en las casonas del barrio alto, una nieta de Eleodoro Yañez (no de la calle sino del personaje) narra turbias disidencias en torno al secuestro de Cristian Edwards, aparentemente el indeseado heredero virtual del Cucho, dado que todo indica que quien debió serlo de acuerdo a la tradición, el hermano mayor del retoño desaparecido, es alguien nada brillante.

Dicen que por eso deberá conformarse con sus astracanadas en Las Últimas Noticias, a la que incluso se exilio del predio de la principal empresa familiar y mandaron a Bellavista.

Relata doña Mónica, que Agustín Edwards Eastman, se casó con María Luisa del Rio. Tuvieron seis hijos: Agustín, Isabel, Carolina, Cristian, Andrés y Felipe.

En septiembre de 1991, en los tambaleantes comienzos de la transición, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, aun convencido de que solo la lucha armada acabaría con la pesada mochila dictatorial y sus secuelas, secuestró a Cristian – llama la atención la selección de la víctima --, provocando la cohesión del clan y juntando a Agustín y Roberto, padre y tío respectivamente.

El sacerdote Renato Poblete actuó como intermediario, ante la dura indiferencia del Cucho grande, quien dadas sus viejas amistades de estudiante de internacionales en Princeton y de redactor en el  Times de Londres y en la oficina del Herald Tribunbe en Paris, capital donde nació hace ya más de 89 años, optó por pedir ayuda a la CIA, donde tuvo amigos y cómplices desde antes del golpe de Estado de 1973.

La CIA que siempre se entera la última, al final no hizo nada y doblegado por los porfiados hechos, el Cucho publicó en la primera página de El Mercucho una foto suya con el cura Poblete, pidiendo ayuda para el hogar de indigentes que este mantuvo.

El FPMR se dio por enterado y comenzó un fatigoso intercambio de mensajes y cifras, amén de dimes y diretes con el sotanudo.

Mónica Echeverría afirma que durante los meses en que Cristián permaneció secuestrado, en la mansión  de los Edwards reinó un ambiente sumamente tenso: “Malú del Río, la madre, que estaba desesperada y consideraba que poco menos que a su hijo se lo habían matado, oraba (en una capilla improvisada, digo yo) junto a sus amistades, mientras Agustín se reunía con sus asesores en su despacho y se negaba a pagar la suma que le exigían”.

Tres millones de dólares para las necesidades de la guerrilla urbana. Agrega la narradora que “los secuestradores bajaban la suma. Hasta que se llegó a un millón y medio de dólares y le dieron un ultimátum. Ahí, Agustín se niega de nuevo. Dice que no tiene liquidez para pagar. Su hermano Roberto exclama: ‘Yo pondré el dinero’. El dinero que se pagó no fue de Agustín. Roberto Edwards pagó el rescate de Cristián y mandó el dinero con su secretaria Bárbara a un buzón que habían indicado ellos, cerca de Estación Central. Ahí fue liberado Cristián”.

El sobrino volvió al seno familiar el 1° de febrero de 1992, pero se fue a Estados Unidos, donde sus costumbres sociales relajadas y sus amistades diversas, no eran censuradas. Se quedó varios años, hasta que regreso para gestionar El Mercucho con sus hermanos menores, solo los varones porque en aquel entorno el machismo impera sin cuestionamientos.

Cuando el fallecido Agustín se exilio en el país del norte, la noche entre el 4 y el 5 de septiembre de 1970 – la familia le siguió más tarde --, al parecer no quería volver a Chile. Disfrutando de este destierro dorado le vendió a los socialistas la Radio Corporación CB-114 y casi, casi, el propio matutino y sus colgajos por el que pedía cinco millones del billete yanqui, operación que se esbozó por intermedio de Carlos Altamirano Orrego, amigo cercanísimo de su hermana Sonia, quien fue ayudista del PS, el PC y el MIR.

La historia de la venta me la contó Erich Schnake, diputado y senador socialista y mi amigo.

Al ser elegido Allende, yo trabajaba en Clarin y en la Radio Santiago, desde los años de 1960. Su dueño, Ruperto Vergara, decidió venderla dado que su exitoso gerente de ventas, Joaquín Blaya, había decido partir a Miami y le doraba la perdiz con inversiones en edificios turísticos, que él nunca concretó.

Convencí a Erich que la colectividad, en la que yo militaba, debería tener un medio para enfrentar la guerra que la prensa monopólica le había declarado a la Unidad Popular. Estábamos en los trámites cuando Altamirano le comunicó a Schnake que había hecho una adquisición mejor, la Corporación CB-114, la emisora más potente del país. Al final, a don Rupa como le decíamos, se le adquirió La Porteña de Valparaíso y Viña, de la cual aparecí como propietario.

Cuando se produjo el golpe, la primera señal radial en ser silenciada fue precisamente La Porteña, ocupada su planta en Rodelillo por la Infantería de Marina durante aquella catastrófica madrugada.

Edwards incluso quiso venderle El Mercucho al PS. ¿Por qué, era para tanto su susto? Sépalo el diablo, pero en todo caso, poco se han hecho confidencias al respecto. Allende – el gran cuco del Cucho, al que al parecer le tenía terror --, se opuso a la compra del impreso – un error al que le llevó el hecho de querer evitar ser acusado de controlar el periodismo local – y justo apareció la CIA, que como lo ratificó más tarde (1975) la Comisión Church del Senado en Washington, se gastó varios millones de dólares en mantener la publicación que mintió abiertamente sobre la Unidad Popular.

Hasta inventó una foto en la que se ve a un super  atleta terrorista en un salto descomunal, con el rostro cubierto por un pañuelo, como los pistoleros del Viejo Oeste, golpeando con un garrote a un indefenso carabinero. Así, con cosas por el estilo, ayudó a sentar las bases del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

Mónica Echeverría, indica algo que confirma el sentir de Allende. Dice que Sonia y el viudo de su hermana Marisol, querían venderle sus acciones de El Mercurio al Estado, incluso se intentó una toma del edificio de la calle Compañía, símbolo de la publicación, acción que duró poco porque Allende se comunicó con ella, vicepresidente de metiritas de la compañía y le pidió que, por favor, dejaran aquellas oficinas, pues él no quería que en el extranjero pensaran que estaba contra la libertad de prensa. Sonia le hizo caso y todo quedó ahí. Incluso, tras el tancazo del invierno de 1973, el presidente mártir se negó a cerrar al diario pese a que se lo exigía la muchedumbre apelotonada en la Plaza de la Constitución aquella noche de aparente victoria. 

Sin embargo, toda esta historia, lejos de estar bendecida por la familia, apunta al indicio de antiguos rencores y ofensas, de esas que se convierten en incendios subterráneos, como los de la turba, que son eternos pero que de tarde en tarde humean y dan señales de estar vivitos y coleando.  

Tenemos a Sonia Edwards Eastman que es una figura trágica. Heredera de la belleza de sus antepasadas, ya que al igual que ellas, es considerada una de las mujeres más hermosas de su época y que se negó a ser solo una madre de adorno. Entró a estudiar a la escuela de sicología de la universidad de Chile, pero se encontró con el rechazo prejuiciado de sus compañeros.

Con todo y todo, se enamoró de uno de ellos, Alfredo Carmona. Se embarazó ante la furia de su hermano Agustín, quien la obligo a irse a Londres donde dio a luz una niña, Agustín se la quito y la dio en adopción. Años después Sonia logró recuperar a su hija pero se separó para siempre de su hermano y rector fracasado de su conducta.

Dados estos antecedentes no resulta extemporáneo pensar en una mala relación de Cristián con su progenitor. Sería una explicación plausible para el silencio frente al acto supremo en la vida de un ser humano, que es precisamente su muerte. El silencio que afecta al Cucho, contra todo pronóstico, ya se prolonga por casi medio mes.

No hablar de este político y pésimo empresario en todo caso no lo hará caer en el olvido. Se sabe que este esfuerzo es una buena forma para pergeñar fantasmas y elevar las hogueras del rumor hacia el infinito. Para nosotros, por el momento y en vez de augurios , solo nos queda confirmar: ¡Qué familia!.

ClariNet