HOJAS-LAGOS

Ricardo Lagos Escobar es
realmente un personaje extraño
en la política criolla, tan dada a
los experimentos sociales, ya
sea progresistas o reaccionarios,
lo que incluye a la dictadura.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Sin embargo, entre ensayos precarios de diversos signos, en su rutina diaria esta convivencia y práctica, es ramplona y conservadora a la vez. En ese escenario poco común, Lagos carece de lo que se consideraron atributos imprescindibles tanto para un líder como para un caudillo, siendo los primeros dialogantes, consensuales y abiertos a las ideas ajenas; autoritarios, mezquinos y crueles (a veces genocidas como el ladrón de Augusto Pinochet), los segundos.

El ex mandatario nunca conoció de la oratoria incendiaria y la demagogia facilona de un Arturo Alessandri Palma; de la muñeca y la flexibilidad reflexiva cuyo límite es no consentir en la renuncia a los principios de un Salvador Allende; o la ortodoxia pertinaz hasta la perfidia de un Eduardo Frei padre, entre nuestros mayores políticos del siglo XX.

Lagos, por el contrario siempre se apegó a la conducta de un catedrático universitario bien posesionado en su saber, lejano a las personas, aficionado a un lenguaje cultivado y generalmente incompresible para las masas y, tal vez lo que más le jugó en contra, carente de ese olfato que le permite a algunos, como lo está demostrando Alejandro Guillier sin ir más lejos, saber cuántas campanadas está dando el reloj que mide los momentos históricos y estar consciente para dónde sopla el viento.

Nunca lo conocí formalmente, pero lo vi en acción de chiquillo, convertido en la guillotina andante de la masonería radical en el Instituto Nacional de los años de 1950. Cortando cabezas rebeldes, no siempre con éxito, pero obteniendo el maná que dispensa el poder desde los estratos superiores y que se reparte en alabanzas, avances y privilegios, en general pequeños pero útiles para ir ascendiendo en la escala social.

Después, igualmente desde lejos y cuando me encontraba inmerso en la pichanga electoral desde el balcón del periodismo, me enteré, sin buscarlo, de algunos de sus logros, los que se acentuaron cuando Allende, ya desde La Moneda, lo bendijo con su elogio y consideración.

Experimentó entonces con la sociología y la economía política marxista con algunos amigos y colegas chilenos y sudamericanos, en los momentos en que el injustamente olvidado Enzo Faletto escribía un texto que dio que hablar y mucho, un análisis muy importante para el terruño grande: Dependencia y Desarrollo en América Latina. Ensayo de Interpretación Sociológica, publicado en 1969, junto al dos veces presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso.

Su izquierdismo no les duró mucho, ni a Lagos ni a Cardoso; pese a eso y cuando en la década de 1980 regresó a Chile desde el exilio, el nuestro se metió en el Partido Socialista y lo he contado porque lo escuché de primera mano de un miembro de la comisión política (cc), aún semi clandestina, en una ocasión puso de vuelta y media a los miembros de aquella instancia porque no lo habían incorporado a la misma y se estaban farreándose su inteligencia.

Supongo que esa fue una de las primeras ocasiones en que sacó las garras de su arrogancia intelectual y le resultó, fue a la CC y en 1989 era senador seguro por Santiago poniente, porque la endeble transición a la democracia no permitía a nadie que no fuese un democratacristiano, aspirar a La Moneda.

Como era de esperarse su proselitismo fue de altura, por allá lejos, e incluso pidiendo el voto para su compañero de lista, el Chico Zaldivar, un ex ministro de Frei Montalva. El costalazo fue duro, salió el DC y Lagos se quedó mirando como el gato famélico, contempla la carnicería. No puedo decir si eso influyó en su decisión de quitarse el olor a obrero y dejar de ser socialista sin abandonar legalmente la colectividad, empero se sacó de la manga al PPD y recupero su centrismo en su andar político.

Más allá del fracaso senatorial, hubo recompensa, un ministerio que él eligió a su gusto, Obras Públicas, una decisión que nosotros pagamos con las carreteras concesionadas. El 2000 en primarias, esas que ahora la DC no quiere ya sea para no hacer el loco o simplemente para obtener peritas en dulce en las listas parlamentarias, le dieron el pase a La Moneda.

Ofreció equidad para todos, solo él supo que quería decir y por eso, rengueando le ganó al hoy demente senil de Joaquín Lavin, que está convencido que el 2021 sí que gana la grande.

El 2010 hasta lo escuché al pasar caminando por Ahumada, era carta segura. Pero, le pidieron primarias con Eduardo Frei hijo. Se negó airado, la cosa era en bandeja de plata o no era, y permitió el ingreso de la derecha al Palacio que diseñó el italiano Toesca.

Ahora, el 2016, cuando la mayoría con su abstención, cansada de las pellejerías de una transición pactada en favor de los grandes patronos exigía al menos un cambio de rostros, Lagos, rondando los 80 años, decidió aspirar a la Presidencia, una prueba de su nariz siempre errada. Su doloroso ridículo se integró a la historia patria.

Creo y si lo acepta, que se merece otra vez un premio de consuelo, no tanto por él sino por la necesidad urgente de levantarle la categoría a la cámara alta:

Le deberían llevar al Senado. No la tiene fácil el perderse y si deja el aire doctoral por un rato, podría integrarse al Congreso. Sus palabras, al aceptar su derrota a La Moneda, no son alentadoras para esta propuesta, pues se le notó la amargura.

Sin embargo, el tiempo cura las yayas y nuestro Parlamento, que muchas veces da vergüenza, precisa desesperadamente de mentes lúcidas, de políticos que sepan hablar – no gruñir como el gordo Insulzo --, capaces de generar iniciativas, no arreglines de bigote. Para decirlo en moderno, de drones que vean las cosas desde la altura y no desde la conveniencia particular barata y menos desde la coima al estilo UDI.

Y si es necesario, debemos reconocer que de Ricardo Lagos se pueden decir muchas cosas, pero no es realista, dudar de su honestidad.

ClariNet