HOJAS-SOLARES

Shakira, la cantante colombiana,
en una de sus primeras letras de
éxito, advertía a los rezongones
profesionales que “no se puede
vivir con tanto veneno”.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Es cierto y como un practicante comprobado de la crítica periodística -un reportero de trinchera, bautizan con desdén disimulado aquellos políticos que se dicen poseedores de la sabiduría absoluta y que en muchos casos no pasan de ser charlatanes avivados y audaces-, creo tener suficientes credenciales para hacer la afirmación.

   

Por eso esta vez, busco destacar algo importante que supongo no hemos sopesado correctamente en todo su potencial. Me refiero al uso de la energía solar, a la necesidad de domesticar a esa fuerza a la que todavía desconocemos y lo digo sin mala onda, solamente compruebo algo que es obvio.

Con el cambio climático en actividad creciente, nuestro país tiene que adaptarse a la presencia casi constante de los rayos del astro rey.

Alguno olfatillos, como los de la firma estadounidense Solar Reserve, descubrieron que esta luminosidad tiene ese olor que caracteriza a los viejos billetes y que pese a su pobre perfume, seduce a la mayoría. Cuando se instalaron por alla por 1950, las primeras fábricas de harina de pescado en Iquique, llamaban chamallas a sus obreras, chicas jóvenes, hábiles con los tremendos cuchillos con los cuales destripaban el pescado y que cada tarde se iban a casa impregnadas con aquel leve hedor que ningún pachulí ocultaba del todo.

Curioso, pero en Estados Unidos, Chamalla es un apellido que decenas de académicos y facultativos han ostentado orgullosos. Cómo llegó a la región de Tarapacá y sirvió para bautizar a un segmento de esforzadas trabajadoras, confieso, lo ignoro en absoluto.

   

Poniéndonos nuevamente bajo el ardiente sol, la firma recibió hace algunos días la aprobación del Servicio de Evaluación Ambiental (SEA) para construir un proyecto para producir electricidad, que ha recibido sin razón alguna un nombre gringo, el de Tamarugal Solar, por supuesto en la desértica Región de Tarapacá. Se trata de maquinaria gigantesca destinada al almacenamiento de energía eléctrica. La inversión no es una bicoca como decían las abuelas, ya que asciende a 4.500 millones de dólares.

Según el proyecto presentado a las autoridades locales, esta planta contará con tres torres solares de 150 MW, cada una con la posibilidad de almacenar luz durante 13 horas a plena carga. La capacidad total de almacenamiento de energía es de 5,8 gigavatios-hora, es decir, que esta gigantesca batería nos brindará 450 megavatios, lo que significa más de 2.600 megavatios-hora anualmente.

Asimismo, operará una central eléctrica a carbón que ubicada en el desierto no causará tanto daño, a la vez que proveerá esta corriente a un precio bajo, altamente competitivo como lo llaman los filósofos de la compra-venta que tratan de que nadie note que la prosperidad empresarial se basa en comprar barato y vender caro. Las promesas de esta compañía incluyen la de tener cero emisiones nocivas.

Sea como sea, es algo que causa dudas quemantes. Claro, los apologistas de la iniciativa sostienen: “La tecnología ya probada de SolarReserve puede proveer electricidad no intermitente a partir de la energía solar, 24 horas al día, sin requerir ningún combustible fósil”, de acuerdo a alguien que no parece ser el más creíble, Tom Georgis, un publicista de Solar Reserve, lo que indica que es parte interesada y, por lo tanto, de hacer anuncios surtidos y alejados de lo real.

Sea como sea y pese a estar bajo el imperio del aroma del dinero, todo lo que sirva para ir relegando al monte del Olvido a las centrales térmicas o hidráulicas, bienvenido sea.

ClariNet