HOJAS-ESCRITORAS

En estos días dedicados a ellas,
el machismo circundante se hace
el loco con un hecho trascendental,
pero reducido al nivel de tarea
escolar, nuestro primer Nobel,
Gabriela Mistral.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Tampoco se recuerda mucho a una de nuestras mejores narradoras en un país donde estos especímenes son más bien escasos, María Luisa Bombal Anthes.

Fue una niña bien de Viña del Mar, violinista y estudiosa de las artes escénicas, a quien la sorda persecución de los machos indignados porque ella insistió en recoger, con acierto, la esencia de la condición femenina, la arrinconaron y silenciaron en la medida de lo posible, situación que no ha cambiado.

Vivió en el paisito, pero también en París, donde no perdió el tiempo en borracheras en la Plaza Pigalle sino que estudió en la Sorbona , Latín y Letras.

Regresó a la patria y con mucha mala suerte se enamoró de un pije en eterna farra, Eulogio Sánchez Errázuriz, pionero de la aviación civil. No era bonita y para él solo fue un romance al paso de tranvía como se alega que se decía en aquellos años; para ella, el varón que “me arruinó la vida, pero nunca lo pude olvidar”.

Cuando era solo un amargo recuerdo, la perseguía y la hizo alcohólica. Cada vez que se tocaba el cuello, la atormentaba con su fracasado intento de suicidio en la casa de este frustrado romance. Encontró una pistola, se la puso torpemente en el cuello y disparó sin consecuencias físicas mayores. 

Para ayudarla a pasar este trago amargo, Pablo Neruda, admirador rendido y constante de las mujeres con todas sus consecuencias y servidumbres, la llevó a Buenos Aires, donde le pagaban como cónsul. Allí conoció entre otros a Federico García Lorca, Jorge Luis Borges y Luigi Pirandello. Hasta se casó en 1933 y de broma, ya que compartían una orientación sexual parecida, con el pintor Jorge Larco, conformando un matrimonio fingido en lo real no en lo legal, que duró hasta 1937 cuando ella pasó la cordillera de vuelta.

Un año más tarde publicó su principal obra, La Amortajada, con la cual ganó el Premio de Novela de la municipalidad de Santiago, su gran recompensa, porque el Nacional -como le pasó a la propia Mistral hasta varios años después de recibir el Nobel-, se lo negaron.

En 1941 adquirió un revólver, fue a tomar té al salón de moda, el del hotel Crillón (ahí en Agustinas y Ahumada, donde hay ahora una tienda por departamentos para picantes meritorios y con corbatita, como yo) y esperó a Eulogio Sánchez. Cuando llegó, le disparó tres veces pero en el brazo. María Luisa fue internada en la Correccional que estaba en la calle Lira. El galán la eximió de toda culpa y el juez la declaró absuelta. Tras ello, María Luisa Bombal se fue a Estados Unidos, donde el conde francés Rafael de Saint Phall, le ayudó a concebir a su única hija, Brigitte.

Allí publicó en inglés La Última Niebla, bien recibida por el público y la crítica, que solo le pedía una novela más larga. Es así como, con el ánimo de posicionarse en el mercado estadounidense, escribió la novela The House of Mist, la cual fue traducida al castellano recién en el año 2012.

Para que no digan que uno le está inventando méritos, dejemos que hable precisamente el mercado, la entonces rozagante Paramount  Pictures le compró los derechos de La Casa de la Bruma, en la colosal suma de 125.000 dólares, una película que nunca fue filmada por su fuerte contenido feminista, eso lo supongo yo.

Tras vivir más de treinta años en el país del norte, luego de enviudar del conde, regresó a Viña otra vez. Rápidamente fue olvidada, a lo que ayudó su neblina alcohólica que la ejecutó el 6 de mayo de 1980 en un hospital capitalino. Cirrosis.

La Bombal tuvo una imitadora y una no admiradora.

Comenzaré por esta última, doña Isabel Allende, la escribidora que se avecindó en Estados Unidos tras algunos vagabundeos provocado por ese agente del turismo a la fuerza, que fue Augusto Pinochet Ugarte, el dictadorzuelo que jamás tendrá un monumento, espero.

  

En la segunda mitad de la década de 1980, avecindado en México, el gran dibujante José Palomo me pidió que entrevistara a la doña para el matutino La Jornada, que estaba de paso por el alucinante Distrito Federal y se hospedaba en el hotel Camino Real. Se fijó una hora y yo me fui con mi señora Marta de chófer, pues la invité a que tomáramos el té en aquel hospedaje, famoso por sus pasteles, así que tengo un testigo de lo que digo.

En medio de la entrevista, que versaba sobre La Casa de los Espíritus, le pregunté sobre la Bombal a la Isabelita; como no tenía ni la menor idea, opté por cambiar de tema. Además en ese momento apareció, intempestivamente uno de sus maridos, con cara de pocos amigos, pero no había nada que reprobar.

Guardé mi libreta pues escasas veces usé grabadora, le puse la tapa a mi Bic y me fui al salón de té con mi señora Marta, donde lo pasamos muy bien ambos dos solos y con la cuenta pagada por nosotros.

La imitadora, que tuvo éxito en su apuesta, fue Georgina Silva Jiménez, conocida como María Carolina Geel (1913-1996), novelista mediocre que intentó reproducir las ideas de su antecesora, pero que ascendió a la fama por protagonizar uno de los crímenes pasionales más conocidos de la época, consumado obviamente en el Hotel Crillón.

La Georgina, era una mujer de ideas conservadoras, amiga de Hernán Díaz Arrieta, el dueño de éxitos o fracasos literarios, transformado en el “único” crítico “inteligente y sabio” del orden establecido, y del siniestro Marcos Chamudez,  periodista, anticomunista profesional y agentón de turbios servicios secretos. De ahí que su lucha por la liberación de la mujer, tanto social como intelectual, no fuera muy original, por el contrario, parecía repetir lo mismo que expresó antes la Bombal.

Mecanografista y taquígrafa de las sesiones de directorio de la Caja de Empleados Públicos y Periodistas -era la chilena prototipo: Bajita, morena, ojos marrones, de relativo buen gusto en el vestir (no como ahora)-, buscó ser un referente, incluso intentó aposentarse en la crítica literaria con su ensayo Siete Escritoras Chilenas (1949), lo que no logró.

Después, se refugió en artículos periodísticos y no le hizo asco al mal afamado semanario PEC (Política, Economía y Cultura) y gracias a Alone (es decir, Díaz Arrieta), que la presentó a Gabriela Mistral y Amanda Labarca, logró algún realce.

Empero, solo acaparó titulares y referencias radiales en abril de 1955, cuando asesinó a su amante, Roberto Pumarino, en el Crillón. Condenada por este hecho a tres años de cárcel, escribió allí una de sus pocas novelas que se vendieron, Cárcel de Mujeres.

Movida por Alone, Gabriela Mistral desde Nueva York pidió su indulto al presidente Carlos Ibáñez del Campo quien se lo concedió.

Al igual que María Luisa, quería matarse por sus males de amor, pero con la diferencia que lo asesinó a él. Hace 60 años, María Carolina Geel baleó a su supuesto amado mientras tomaban el té en los salones del Crillón, un hotel elegante, lánguidamente decadente y anclado en la moda francesa de antes de la segunda guerra mundial. Usó una pistola belga porque las Famae le parecieron rascas y apuntó cuidadosamente, de arriba-abajo. Comenzó por la cara y terminó en el hígado de Roberto Pumarino Valenzuela, diez años menor, socialista, sindicalista y segundo jefe de la sección de máquinas IBM que perforaban y acumulaban datos de los afiliados a la Caja en tarjetas de cartulina, que era casado y padre.

El joven no se entendía con su mujer, le pidió la anulación (un engorroso trámite debido a que no existía el divorcio, mediante el cual se declaraba nulo el matrimonio si ambas partes estaban de acuerdo), le fue negada hasta que en febrero de aquel año, ella falleció inesperadamente de causas naturales.

Se afirma que él le pidió que se casaran pero ella no aceptó. El buscó a otra -la homicida juró que no lo supo hasta aquella tarde trágica pero productiva- e hicieron planes para mantener una amistad cordial. El primer paso, tomar té y engullir las tortas del Crillón.

El día antes escribió en una carta: "Todo el bien que pudiera darme no alcanzaría a desplazar la espantosa miseria moral que el matrimonio llega a infiltrar en los seres".

Ella, a diferencia de María Luisa, jamás quiso borrarse del planeta. Las balas del arma fueron consumidas por los cinco disparos que recibió el sindicalista.

Dejó que el humo de la pólvora se disipara, botó la pistola y se lanzó teatralmente sobre el cadáver: besó sus labios, permitió que la sangre del hombre manchara su abrigo y cuando llegó la policía, se entregó tranquilamente.

En el juzgado insistió en que no quería matarlo; que había comprado el arma para suicidarse. La Nación señaló que la afectó su “constante amistad con jovencitos existencialistas con afanes literarios y muchachas dispuestas a caer en tentación con el primer barbón que se les cruce en el camino". El fiscal de la Corte de Apelaciones, Oscar Munizaga, la acusó de “una marcada egolatría".

Lo primero que hizo la escritora al recuperar la libertad fue publicar Cárcel de Mujeres (1956), considerada una mezcla entre ensayo, testimonio y relato novelado de sus meses de encierro en la Correccional del Buen Pastor.

Luego vinieron dos novelas que fracasaron y eso sería todo.

Georgina Silva Jiménez falleció en su pequeño departamento y en el olvido. Y este fue total, pues perdió la memoria y se borraron su crimen, sus dos matrimonios y su vida. Corría 1996 y las personas retomaban el gusto de la democracia, aunque se la administraran con gotero.

El interés de la gente pasa y el renombre cimentado en la crónica roja es escueto. Si no lo sabré yo que fui reportero policial. En todo caso, siguiendo a Neruda, me fascinan las mujeres todo el año y como el vate, amo el amor de los marineros que se reparte en besos, lecho y pan, sin olvidar ninguno de estos tres ingredientes, especialmente el último.  

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