HOJAS-DIPLOMACIAS

Hoy somos parte del mundo,
sobresaliendo -apenas, pero
algo es algo- entre el callamperío
de países pobres, y hasta Moscú
y Washington compiten en
nuestras tierras arrasadas por las
llamas, por demostrar con nuestra
tragedia, quién cuenta con el avión
lanza-aguas más eficaz
para estos casos.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Parece a estas alturas un chiste de marxistas aburridos como jugar a la pelota con una piedra angulosa, el hecho de que hasta la mitad del siglo pasado fuimos el olvidado y descuidado patio trasero de los Estados Unidos y los chilensis, tantito peor, una isla que la eclosión del transporte masivo aún no hacía añicos. Por el norte, el desierto; por el sur, los hielos que aún eran hielos; por el este, la Cordillera y por el oeste, el Pacífico, que se quedó solitario desde que el Canal de Panamá le quitó la pega de nexo entre dos océanos, al Cabo de Hornos y adyacencias.

Valparaíso, puerto principal, estaba ahí amodorrado entre los cerros y San Antonio, era la sede de cabarets baratos para marineros sin barco y uno que otro pistolero en fuga, como el uruguayo Ignacio Scarpizzo.

Baste considerar el saldo de la primera visita de uno de nuestros presidentes a Europa, Eduardo Nicanor Frei Montalva, a quien en París el general Charles de Gaulle le hizo llegar una taza de viaje de Luis XVI y los italianos un jarrón etrusco que habían encontrado unos campesinos. Fue en 1965.

Entre paréntesis, que conste que las tazas de viaje no eran bacinicas de nombre elegante, sino un cacharro vulgar con una tapa para evitar que con el traqueteo del traslado se volcara el agua, el té o el café. Ningún tesoro. 

Eran los años de la Revolución en Libertad que poco tenía de revolución, y de aires renovadores tampoco mucho, un invento pergeñado en la Casa Blanca y el Departamento de Estado dado que la amenaza de Salvador Allende no era cuento de hadas y había que inventar algo para convencer a los huasos de estos rumbos, que lo mejor era portarse bien, con la carita limpia y las mechas peinadas a la gomina, doblegando la cerviz ante la imponente voz del amo.

El 30 de junio de aquel año, Frei padre y su comitiva, encabezada por el canciller ya fallecido, Gabriel Valdés, se largaron a Argentina, Uruguay y Brasil, luego cruzaron el Atlántico y se dieron una tímida vuelta por Italia, Vaticano incluido, Francia, Inglaterra y Alemania. Casi un mes de turismo, impulsado por EE.UU., para demostrar que los DC del fin del mundo podían echarse una modesta canita al aire con los principales gobernantes del viejo mundo, incluso con el austero y conservador De Gaulle. Allí fue donde la dieron la taza y luego, allende los Pirineos, le entregaron el jarrón etrusco del siglo III a.C. proveniente de la zona de Campania. Se lo dieron unos campesinos de la hacienda Maccarese, donde Frei fue a interiorizarse de las reformas agrarias para gente decente.

Siempre solícito con sus congéneres estadounidenses, perdido ya el British Empire, en un editorial del augusto Times de Londres, el escribidor y recadero de turno, advirtió: “Es lógico que el presidente de Chile, Eduardo Frei, efectúe ahora una visita de Estado a Gran Bretaña, ya que es hoy la figura política más significativa de América Latina. Esto puede verse geográficamente en su deseo que Chile y sus vecinos logren la colaboración, tanto política como económica, no sólo de Estados Unidos, sino también de Europa”. Es decir, reclamaba un cachito de lo que los gringos pensaban llevarse de por estos andurriales. Incluso aquella misma reina Isabel II, que aún sigue dando guerra, le recibió oficialmente.

Alberto El Gato Gamboa, acompañó al mandatario y Clarín, el diario que representaba, le compró un smoking para que pudiera asistir, desde la mesa del pellejo por supuesto, a uno de los tantos banquetes, en que todo era tan estirado y programado al callo, que era raro quien entre los nuestros terminaba el plato -previamente advertido de que no debía pasarle el pan al juguito del filete si lograba la hazaña de cortarlo-, a tal punto que, dicen y a mí no me consta, que los precavidos dejaban encargado un sanguchito de jamón con queso para el regreso desde el imponente salón del ágape, con el apetito más abierto que la cartera de una señora víctima de un lanzazo en la micro. Esa fue al menos una de las versiones de Román Alegría, en aquel momento, encargado de prensa del Ministerio de Relaciones Exteriores, así que no tocó traje de etiqueta porque debió velar desde las sombras para que todo saliera sin mácula.

Los reporteros gráficos, colados de piedra como aquellos invitados al banquete infernal y final de don Juan Tenorio, no tenían derecho a puesto en ninguna de las mesas banqueteras y, si bien les iba, terminaban  en algún restaurante sin pergaminos de la provecta Europa. Sin derecho a cubierto, ninguno pinchó smoking y ni siquiera un  ambo decente. Se pela a algunos, que iban con mameluco. Honestamente no fue para tanto. En todo caso, en uno de los festejos, se encaramaron a unos andamios metálicos tapados con alfombras y lienzos para evitar que se notara que había un centenario muro en reparación, con tan mala suerte que el mal afirmado encatrado cedió ante la Ley de la Gravedad, la que no hace distingos, y aterrizaron entre embajadores y dignatarios, afortunadamente sin dejar contuso a nadie.

Hubo gritos de escándalos de damas que se sentían ultrajadas, otras, de más edad, que agitaron furiosamente en señal de molestia, abanicos de nácar, hermosos y caros. Dicen, que yo no estaba allí para atestiguarlo, solo hablo de oídas, que más de algún señorón de noble familia, frunció la nariz, preguntándose quién era el culpable de haber dejado ingresar a aquellos simios al recinto exclusivo para humanos.

Supongo que le consolaron, alegando que aquello era parte del precio de la diplomacia.

Ya de vuelta en el país, el costalazo del Pichanga Muga y compañía, se contó por meses entre los clientes de El Bodegón o el Cinzanno a la hora de almuerzo; por las noches de tintos, piscolas y huevos a la peruana o a la ostra, en Il Bosco o el Goyesquín.

El Gato, para mi envidia negra ya que nunca tuve uno, se quedó con su smoking y no sé si tuvo oportunidad de volver a usarlo, no es muy probable. En todo caso lo que importa es que fue en aquel año de 1965, que como alacalufes extrañados, salimos al mundo y vimos que no eran alucinaciones, que sí existía y comprobamos, como nos previno el peruano Ciro Alegría, que no solo es ancho, sino también ajeno.

Él, que vivió años de exilio por estos lados mapochinos antes de irse a Cuba y Puerto Rico, si se había enterado de ese tema.         

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