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HOJAS-NOCHES

Cuando nací y el mundo se
preparaba para una espantosa
guerra, estaba de moda un bolero
cuya letra se quejaba: Mala noche,
tan negra y tormentosa, anunciando,
de medio lado, lo que se
nos venía encima.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Por si alguien dudó del siniestro vaticinio, agregaba: Mis ojos no se cierran, mis ojos solo lloran. Con tanta tragedia en Europa, Asia y África, Mala Noche sonó por años e hizo famoso a su compositor Alberto Domínguez, especialmente cuando ya pasado el conflicto, la grabaron Eydie Gormé y Los Panchos, en Nueva York.

Curiosamente, en un restaurante de Puerto Vallarta, en una de mis aventuras mexicanas de la década de 1980, me habría de topar con uno de los fundadores del trío de estos guitarreros, el Güero Gil.

Fue una jornada estrellada, con la luna tropical de fondo, en que se habló de espectáculos y requintos, desde la cúspide de un cerro y el mar perdiéndose en el horizonte lejano. Como, aunque cueste creerlo, a veces recuerdo que hay momentos para hablar y otros para callar, escuché en silencio a mis acompañantes, poetas y reporteros de Guadalajara y, supongo, aprendí más de algo.

   

Los programas que escuchaba mi madre en su radio con gabinete de madera y tela, cuadradita, relativamente pequeña y de colores claros en comparación con sus antecesoras de alargada figura y curva superficie superior, barnizadas de café oscuro, repetían el tema interpretado todavía por un clásico tenor, eso supongo, de fama. Los Panchos aún no hacían su irrupción. En cualquier caso, el versito me suena hasta hoy.

Tal vez porque en mi tránsito por este mundo hubo tantas noches de insomnio como días de sueño, yo como siempre, a remolque de la vida loca, anduve espantando a señoras piadosas y conventuales. Tuve noches de duro trabajo, otras de franca bohemia y mixtas un montón.

A mis vecinos de La Florida, les llevó meses convencerse que ese flacuchento que recién había comprado una casa en la cuadra, era un modesto trabajador del periodismo y no un mantenido, pues cuando yo llegaba con el diario bajo el brazo aún oliendo a rotativa, ellas barrían las veredas, amarillentas con los primeros rayos del astro rey, y ellos partían enfurruñados al empleo, lo que era lo normal, subiendo a duras penas en micros abarrotadas, mientras yo bajaba de robustas y ruidosas liebres de 1960, con poco pasaje.

Entre todas aquellas noches, la más terrible: Una que en septiembre de 1973, tal vez el 13, la pasé solito y mi alma, en el pequeño departamento que albergaba a la embajada de Panamá. Tres piezas y un baño en una calle tranquilona de Providencia, unos cuantos muebles modestos y tres cojines de un sillón derrengado, con los que tontamente intenté improvisar algo parecido a un lecho.

Un empeño que jamás habría intentado en mi sano juicio con tan inapropiados materiales, pero mi confusión era mucha en esos minutos trágicos. Llegué allí por la tarde y ridículamente solemne, una vez que me quedó claro que todo se había perdido y que la resistencia era cada vez más débil e inútil. Enredado en mis dudas, solicité asilo político con voz impostada y casi llorando, más de impotencia y rabia que de miedo.

Mi cerebro estaba hecho una mermelada, quienes habían caído, quienes seguían luchando por el compromiso y la consumación del sacrificio; los diplomáticos a quienes conocía de antes, tras anunciarme su acogida, se fueron rapidito porque sonaban cañonazos lejanos, las ametralladoras recitaban versos de muerte tartamudeando y el fuego de fusilería seguía siendo intenso hacia el Mapocho, respondido de vez en cuando, por un patético y raquítico balazo de algún revólver, cuando mucho, calibre 32.

Desde el cielo, te aplastaba el ronronear avieso de los helicópteros, que parecían tratar de dirigir aquella sinfonía aterradora. Me quedé solo, Pensaba en Marta, en mis hijas, Mónica, Verónica y Marianela, en si habría futuro para nosotros.

En los amigos, los camaradas de partido y de pelea, la gente de Clarín, el personal de CB-114 que se la había jugado conmigo, en la gente de las poblaciones. En por qué yo seguía respirando y en que ellos, tal vez, ya no lo hacían. Habría viudas y huérfanos, humanidad arrojada a un lado que a nadie le interesa ni conmueve a los de arriba.

Entre aquellas sombras de inquietud dolorosa y de invalidez material, plenamente consciente de la matanza que estaba en desarrollo indiscriminadamente a lo largo del país, con la soldadesca embriagada y en especial  los oficiales jóvenes, desatados y borrachos de odio, sin que nadie los contuviera en sus desmanes por las calles, entrando a las casas tras romper las puertas a culatazos, me recriminaba el seguir vivo.

La mañana del mismo 11 habría sido fácil morir, bastaba con haber insultado a un tenientillo que se te cruzara en el camino para que este disparara. Y si no, lo hacía otro, no faltaría el cabo o el sargento gatillo fácil, ansioso por hacer mérito y consolidar con sangre su demostración de lealtad a su general y desprecio prestado hacia los upelientos, condición que pese a aquella mala noche, me enorgullece y me reconforta. Oportunidades hubo, pude caer frente a La Moneda, por la Alameda, en Ahumada, luego en otros lugares, pero no fue.

¿Debí morir? Es una pregunta y una deuda conmigo mismo que no logro saldar.

Sí que fueron tormentosas aquellas horas. Y eternas. Por la mañana, no muy temprano, apareció Sergio Stout, el segundo secretario, solidario, leal y prudente, todo en extremo como su gran bigote negro. Me traía un desayuno que engullí de mala gana, más por educación que por hambre. Mi aspecto debió ser miserable. Sergio fingió ponerse a trabajar. No hablamos casi nada, la balacera seguía pero ahora se la escuchaba muy lejos, como el resonar de una jauría de quiltros vagos en fuga, habría precisado Federico García Lorca, que supo de fascistas y de balazos, amén de canes ladrándole a las estrellas.

De pronto Stout me dijo: Un rato más vamos a la casa del embajador. Anoche habló a Panamá y le dijeron que dejarte aquí solo no era seguro. Los militares se están llevando a la gente con los cachos por delante…

Supongo que sonreí ante el dicho istmeño. No de complacencia, sino por obligación y gratitud. En fin, la mala noche iba quedando atrás. Había sol y un viento septembrino, una brisa primaveral.

Allí, de pie en la sangre, como lo pintó el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, aún anidaba la esperanza de que algún día, como suele ocurrir, la tortilla se iba a dar vuelta.

Todavía lo espero, pero que ocurrirá, creo que sí ocurrirá.    

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