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HOJAS-FIDEL

Imposible dejar pasar los 90 años
de Fidel Castro Ruz. El saludo más
amigable y calurosamente humano,
se me ocurre a mí, es actualizar
aquella vieja canción que se
preguntaba ¿por qué los gringos
no pueden con él?, transformado
en un categórico: ¡No pudieron!

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

La canción nació en los peores años de aquella guerra que, basta ya que nos metan el dedo en la boca, jamás fue fría, sino que solo y afortunadamente no traspaso los límites de lo convencional,  y fuera de coquetear amenazante con el átomo, se conformó con ser muy hipócrita, porque mientras se daban de tiros los chicos que peleaban a nombre de los grandes, estos últimos, se asilaron en solo ladrarse, aunque también hubo rebuznos.

Por suerte para mi generación y todos los que han llegado después, entre ellos una cohorte de degenerados de todas clases y no se trata de un chiste fácil si no de no de un drama evidente, constante y hasta sonante, (basta con ver una foto de Donald Trunp), alabao (como diría una abuela habanera) que nadie le sacó el candado a la puerta de los arsenales nucleares y Fidel y Cubita la bella, la sacaron barata, aunque al desafiar al tío Sam por reclamar su pedazo de pan y su lugar bajo el sol tropical, les salió muy caro.

Hijo mimado del infortunio como he sido siempre, conocí a ambos. A Fidel y a su isla de embrujo político y humano, a comienzos de los años de 1970; y conviví con su gente, buena, querendona y paciente, en su mayoría. En Cuba estuve dos veces, la primera en plan de reportero (constituye un recuerdo imborrable el orgullo y convicción con el que gritábamos cuando íbamos al extranjero: Prensa chilena, cada vez que nos requería identificarnos) y luego como exiliado, prácticamente uno más del lote.

Nos trataron bien, con una generosidad grandota, de esa que vale, pues brota de lo más profundo de las propias carencias. La conocí en vivo y en directo, pues fui y vine por La Habana vieja, palpándola cuadra por cuadra, escuchando junto a las cervecerías lo que decía la gente o invitado a alguna casa, porque ellos quería saber de este paisito lejano y yo de ellos.

Una vez un moreno ya entrado en años y tras largos rodeos, me dijo:

Usted es de piel muy blanca, es como transparente… Cuando le respondí que era una herencia directa de madre y padre, me soltó temeroso: Y por allá ¿no tienen negritos como yo…?

No, le dije conteniendo apenas una carcajada, ante su timidez y embarazo.

Eran otros tiempos y solo al salir en un viejo avión a hélice desde Los Cerrillos, vi a los descendientes de esclavos. Cuando el cubano me preguntó, en Santiago había un solitario vecino de piel achocolatada, el Negro Palominos que como ya lo he dicho más de una vez, aporreaba las teclas de un piano tan viejo como él, en el desaparecido bar Black and White, toda una curiosidad capitalina el pobre hombre, a quien los provincianos iban a mirar curiosos y de paso, tomarse un trago.

En un planeta donde el poder lo es todo, Fidel rompe las reglas. Personaje único que cuenta de la isla en su infancia. “Nací en un territorio llamado Birán, en la región oriental de Cuba", así inicia el artículo de Fidel, publicado por el diario matutino Granma. Han sido nueve décadas vividas a concho, al comienzo junto a su familia, siempre al ritmo de los pequeños sucesos que ocurrían en el lugar donde se asomó al mundo, donde creció y se fue adentrando en la política y teniendo como  telón de fondo, una humanidad cambiante, navegando en mares profundos, donde no se conoce la luc.

El cubano, con motivo de sus cumpleaños, hizo varias reflexiones sobre la actualidad y el futuro que nos espera: "La especie humana se enfrenta hoy al mayor riesgo de su historia. Los especialistas en estos temas son los que más pueden hacer por los habitantes de este planeta, cuyo número se elevó, de mil millones a fines de 1800, a casi siete mil millones a principio de este 2016.

¿Cuántos tendrá nuestro planeta dentro de unos años más?", se pregunta el barbudo y sin responderse, se contesta: "Grandes potencias como China y Rusia no pueden ser sometidas a las amenazas de imponerles el empleo de las armas nucleares. Son pueblos de gran valor e inteligencia", explica, implicando con sus palabras que andan sueltos los diablos cojuelos que abogan por una tercera guerra mundial, que reduzca drásticamente la cantidad de humanos.

Insiste para aquellos acostumbrados a leer entre líneas con su crítica a la última visita de Barack Obama a Japón. "Considero que le faltó altura al discurso del presidente de Estados Unidos..., y le faltaron palabras para excusarse por la matanza de cientos de miles de personas en Hiroshima... Fue igualmente criminal el ataque a Nagasaki, ciudad que los dueños de la vida escogieron al azar. Es por eso que hay que martillar sobre la necesidad de preservar la paz, y que ninguna potencia se tome el derecho de matar a millones de seres humanos”.

Fidel sabe de lo que habla pues en sus manos estuvo – y con solo apretar un botón --, el desatar el holocausto durante la crisis de los cohetes de comienzos de los años de 1960. Un episodio fascinante que escuche de sus labios en 1971, cuando fuimos a la mayor de las Antillas un grupo de periodistas locales invitador precisamente a dialogar con Castro, que con su seriedad y rigor, preparaba la que sería su visita a Chile meses después.

Hubo dos noches completitas de preguntas y respuestas, mojitos y otros tragos involucrados. Hasta una foto en que estamos junto a él, Ernesto Carmona y yo.

Me agarró para el tandeo porque estaba bastante gordo y prometí enmendarme. Porque mi volumen era evidente. No hubo necesidad de ningún esfuerzo de mi parte, el golpe de Estado se encargó de que adelgazara. La foto cayó en manos de la DINA, supongo que la noche en que Carmona fue asesinado en una emboscada en San Miguel, cuando trataba de organizar una resistencia que otros, en Europa ya estaban comenzando a transar, aunque se demoraron 16 años más en hacerlo.

El costo, alegan,  del pacifismo exagerado, que generalmente no tarda en transformarse en arreglín de bigotes. Algo que Fidel jamás habría consentido, porque mientras pudo, mantuvo a sus barbas diplomáticamente hirsutas y sin peinar, aunque casi peinadas.

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