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HOJAS-VIETNAM

Fue Il Bosco una suerte de
estanque, donde nadaban por
las noches desde los tiburones
feroces hasta las sardinas
inermes del tormentoso
quehacer de la bohemia
capitalina de mediados
del siglo pasado.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

También era un bebedero al cual llegaban los asombrados y bamboleantes patos del laboreo diurno, inconfundibles hijos de la curiosidad, que con los ojos abiertos como platos, querían ver, al menos por una vez, cómo funcionaba el farellón aquel, ese roquerío donde azotaban las marejadas tempestuosas del periodismo, la política, la literatura, el teatro y hasta una que otra querella amorosa, sin una nítida definición de preferencias de género.

Los temas económicos, salvo los patéticos esfuerzos de alguien por saldar la cuenta con un cheque dudoso, se trataban en otras esferas, como siempre herméticas y siniestras, donde los poderosos del billete grande determinaban, a solas, bonanzas y ruinas del pobrerío asalariado.

Reinaba allí un curioso rey Neptuno, a quienes todos llamábamos con respeto perruno Don Pepe, el cajero que además autorizaba los cambios del papelucho bancario que representaba la soldada de los clientes habituales, para que pudieran repetir la ceremonia religiosa, de ver surgir desde las copas de vidrio barato, los alcohólicos vapores de la borrachera en ciernes, previo consumo de unos humildes huevos a la peruana, que cuando pregunté por estos en Lima, no les habían oído mentar ni siquiera en un corrillo en torno a una pelea de canes vagos, al otro lado del Rimac.

      

Con el tiempo, aprecié de verdad a don Pepe, español calvo, honrado y laborioso, quien tras la dictadura asesinó a la bohemia y se llevó entre sus patas a Il Bosco. Recordó en una entrevista que para él los chicos de la prensa de aquellos años alegres aunque austeros, habían sido un puñado de reporteros eternos, en realidad, el Pepe Gómez y yo. Realmente me enorgullece y por eso, pido perdón, lo pavoneó. Y no es que no asomaran por allí locutores, periodistas y fotógrafos y no circularan en masa por aquellas mesas fraternas y ajenas a la vez, es solo que algunos nos notábamos más que otros, digo yo.

Era extraña la atmósfera imperante en aquel local de la Alameda casi al llegar a Estado, acera norte, que nunca bajaba las cortinas. Al ocultarse el sol, adelante quedaba una vulgar y anodina fuente de soda y tras la frontera de puertas de cristal nebulosas, el restaurante que había acogido a todos aquellos parias de la buena conducta por mucho tiempo: Allí, entre luces amarillentas, fragancias culinarias y miserias humanas al descubierto, de rompe y rasga, se apareció la guerra de Vietnam, esa que pareció cambiar al mundo, pero que al final no lo logró tanto; para mi gusto, demasiado poco.

El recuerdo se me vino a la memoria al ver unas crónicas sobre agosto de 1973, hace 43 años, cuando el Congreso de los Estados Unidos prohibió cualquier reanudación de la intervención de sus fuerzas armadas en la larga guerra de liberación en esa zona del sudeste de Asia. La retirada de las tropas estadounidenses hizo que la brutal dictadura de Vietnam del Sur se derrumbara inmediatamente.

Fue una derrota que supuso un verdadero trauma para los EE.UU., que le dejó 58.000 muertos, 300.000 heridos, centenares de miles de soldados con una severa adicción a las drogas y con graves problemas de adaptación a la vida civil y con el orgullo nacional arrastrado por los suelos. Se lo bautizó como el Síndrome de Vietnam, una experiencia que no echó raíces como luego en Irak, Afganistán y ahora Libia y Siria.

Cuando a fines de los años de 1960 comenzaron a aparecer por Santiago jóvenes gringos que huían de su país para evitar ser enganchados en la Infantería de Marina o el Ejército y enviados a las selvas vietnamitas, uno que otro se dejó ver en Il Bosco. Eran pobres, ostentaban sus carencias y suscitaban simpatía. Una noche, sin embargo, cayó un extraño ejemplar que temblaba cada vez que alguien raspaba un fósforo o prendía un encendedor para fumarse un cilindro nicotínico.

Era tan sobrecogedora su reacción que al final un par nos acercamos y le preguntamos qué sucedía. Le costó pero se confesó. Era santiaguino, de niño se lo llevaron a California y ya saliendo de la adolescencia, se enroló en la Infantería de Marina, mágico tobogán para obtener la nacionalidad en la gran potencia. Le tocó ser sirviente de lanzallamas y después de tanto asar seres humanos, se transformó en un guiñapo caminante y le habían mandado a Chile a reponerse.

Quedamos en silencio ante la historia. Era un verdugo, pero igualmente una víctima. Para despreciarlo y compadecerlo a la vez. Apareció en aquel antro de vanidades y tragedias una vez y se hizo humo.

Otros no. Lo peor fue que uno de ellos, dirigente notorio de los pacifistas y que se había destacado en las protestas en Nueva York, el día 12 de septiembre de 1973, emergió de su semiclandestinidad con su flamante uniforme de capitán de la infantería gringa, acompañando a la soldadesca local, en sus allanamientos a fábricas del sur de Santiago.

Yo, el muy tonto, más de una vez le di de comer y de tomar.

Mi única explicación es que aunque no lo creamos, salvo caras, corazones e intenciones nunca sabemos. Simple, triste, pero cierto.

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