HOJAS-ANIBAL

Si algo se puede decir de él, es
que fue un hombre bueno, a
quien la muerte encontró de pie.
Por ser auténtico, no se registró
ningún insolente despliegue
farandulero al momento
de su partida.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Hizo sus maletas y sus cuentas, en silencio. Únicamente la página web del sindicato de actores que cultivó con amor de jardinero, consignó que ya no caminaba en esta sociedad alocada y en crisis. Señal inequívoca y enaltecedora de que no estuvo al servicio lacayuno de los poderosos de la Tierra y que si bien tuvo caídas, renuncios menores y defectos, como todos, nació angurriento (hambriento de saber, de hacer y de beber noches), como habría dicho el escribidor Juan Godoy, pero virgen de bisagras en la espalda. Uno más de los entenados de Bertold Brecht, en el planeta.

Supongo que, optimista y buena onda, solo nos dejó con un cordial y auténtico “nos vemos”. No estuve allí, desgraciadamente para mí. Con el concreto respeto que me inspira el personaje de Miguel  de Cervantes, aquel incomparable Sancho Panza, creo que en la medida de lo posible, Aníbal Reyna hijo, fue un monumento, gordo y risueño, acogedor como un Buda, al sentido común, la solidaridad social y el arte escénico, aquel surgido de lo profundo de los pueblos, ese que acuñaron los verdaderos cómicos de la legua, tan ajeno a los astros prefabricados para producir millones. Belleza amasada con dolor, pellejerías y lágrimas que en el arcoiris del no tener, esculpió la grandeza humana, en permanente y generosa renovación.

Recibió premios intangibles e invaluables, de esos que no se miden en vanidades como cuando pudo maravillarse y decir: “Nunca pensé que con diabetes y a mi edad podría tener un hijo”. Se supone que los azucarados no cultivan el amor físico, pero como advirtió el Quijote: “Cosas veredes, Sancho amigo”.

Sin necesidad de cerrar los ojos, lo veo sentado entre terremotos y perniles en algún comedero nuestro de esas picadas cercanas a la Estación Central. Al final, enfermo, debió rendirse y confesar: “Como solo lo que puedo, en las cantidades que corresponden y tomo mucha agua”. No tenía nada de qué quejarse al respecto, porque en materia de chicha y chancho sobrepasó varias veces la cuota que le correspondía, cuando el cuerpo le regaloneaba.

Este Sancho-Aníbal dio por unos 60 años o más, una pelea que sigue siendo una llaga abierta: Recuperar nuestra olvidada identidad cultural. Hasta escribió un libro llamado: Los Ofensores del teatro, entre bambalinas de la historia, buscando inspirar a los jóvenes y hacerlos crecer espiritualmente en escenarios difíciles, actuando en piezas enraizadas en las emociones propias de nuestros orígenes e historia.

Su padre, que se llamaba igual, fue un cómico de la legua auténtico, famoso por sus representaciones del martirio de Cristo en aquellas semanas santas donde todo era cubierto por crespones negros, cuando nadie podía poner música mundana en las vitrolas y el luto se fingía a diestra y siniestra.

Nació para las artes escénicas en el teatro de ensayo de la Universidad Católica, donde casi fui a parar como ayudante de vestuario, pero me salvé. Y anduvo las Europas en plan errante, hizo cine en Alemania y formó una compañía teatral en España.

Curiosamente una de sus obras favoritas, fue la modesta pero huasa Entre Gallos y Medianoche, que interpretó todas las veces que pudo, la última vez hace seis años, gracias al financiamiento del Teatro a Mil.

Parte de su tránsito terrestre fue su militancia socialista y su participación en el Sindicato Nacional Interempresas de Actores y Actrices de Chile (Sidarte). En esos anales están los testimonios de sus roles en películas como La Colonia Penal de Raúl Ruiz, La Frontera de Ricardo Larraín y en la teleserie Los Títeres.

Una vez, en una de aquellas chicherías de rompe y rasga cercanas a San Diego, un poco más al oriente de Las Tinajas, sacamos a relucir la seducción que produce la magia de la sala teatral, el sobrecogimiento de las penumbras que avanzan hacia el escenario, el chasquido de los telones y las voces actorales imponiéndose a las respiraciones de los espectadores.

Claro, yo hablaba más que nada al tuntún, un poco de oídas por mi abuela actriz doña Albina Larenas Saavedra y otro tanto por mis correrías juveniles en la desaparecida Academia de Teatro que tuvo el Instituto Nacional en la mitad del siglo pasado y por haberme criado en casas donde no era raro toparse, por los rincones, con cajitas de madera y trapo, las cosmetiqueras de hace un siglo para caminantes ligeros de equipaje, todavía llenas de afeites y maquillajes.

Sancho-Aníbal, por el contrario, emitió sus sensaciones con toda la autoridad posible. Lo curioso fue que coincidimos, realmente un honor para mí. Tal vez por esos hechizos verbales, por esta comunión de sueños y momentos concretos, fuimos amigos, evidentemente lejanos en lo diario y físico pero muy cercanos en lo emocional. 

    

Él se ha ido, yo supongo que juego los descuentos porque fuimos casi de la misma edad.

Cayó guerreando por reinstalar a las artes escénicas en la identidad popular, recuperar lo positivo y la validez de los sueños. Por mi parte, sigo a las patadas añorando un mundo mejor, menos egoísta y más acogedor. Hasta ahora no hemos ganado nada, pero nadie puede predecir lo que habrá más allá. Los que vienen detrás, esos que no lo conocieron a él y a mí no me han visto ni en pelea de perros, a lo mejor lo logran.

El saber que en materia de bien común nada es imposible, hace que la imaginación esté siempre viva y que un desconocido, bienvenido sea, recogerá la posta que el tiempo nos arrebata de las manos.

Por eso, por la vida y el teatro viejo, salud Sancho-Aníbal, con un vaso de agua fresca por lo demás, porque para terminar de embarrarla, ambos fuimos y somos diabéticos.     

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