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FLORES-AMOR

Tengo el triste deber de
comunicarles que el amor
ha entrado en crisis.
La palabra amor se
ha desprestigiado.

Por Horacio Marotta R.

Hombres no comprenden a mujeres. Mujeres no entienden a hombres. Pero Tarzán sigue amando a Jane y Chita sigue amando a Tarzán. Robin a Batman también. Dramas, dramones y dramitas.  Aumenta el engaño, la infidelidad, la infelicidad. Muchas lágrimas se derraman. Muchas discusiones no terminan, o lo que es peor ni siquiera comienzan.  Otros reinciden y reinciden, buscan y rebuscan. No se conforman.

El amor no nace en el corazón, como nos dijeron los poetas, los cantautores, como siempre se supo, sino en una zona más refrigerada: la corteza cerebral.  Ya ha sido capturado en los laboratorios, cifrado en el hermético lenguaje de la neurobiología... Que dios, si existe, nos ayude...

Ya está claro, ya no quedan dudas.  Lo que sospechábamos desde el principio, o desde el fin, el fin del romanticismo, el fin de la poesía, de la ópera, de la literatura toda, del arte todo.  Estamos jodidos. 

Un trío de neurobiólogos recogieron investigaciones y experiencias que permiten concluir, sin mayor romanticismo, que el amor se produce en el cerebro.  O sea, se nos ha derrumbado el último de nuestros mitos, el que nos mantenía en pie, el que nos separaba de las bestias y los bestias.  El mundo ya nunca más será el que fue.  Ya nunca me verás cómo me vieras.  Ya nunca más alguien podrá esgrimir la teoría de que la raza humana se divide en racionales, científicos, abogados y economistas, combatiendo incansablemente contra poetas, pintores, fotógrafos, literatos, locos. 

Y lo que es peor, para hacer más creíble nuestro último derrumbe, estos científicos nos dan detalles aterradores: Los ataques de amor -los flechazos- se originan exactamente en la región límbica, sí, así nomás, se llama así, región límbica, una parte del cerebro que existe en todos los mamíferos... somos igual que los monos, perros, gatos, vacas, lobos etc etc. 

Oye, me estoy equivocando, a lo mejor esto no es más que una absurda teoría... O a lo mejor, o a lo peor, es nada más que la vieja constatación de siempre, la vieja lucha...  O sea, a lo mejor es verdad que el mundo se divide entre racionales y poetas, que la vida misma es una lucha constante entre nuestros instintos básicos e impulsivos contra nuestra capacidad de controlarlos, explicarlos, canalizarlos.

Nuestra vida sería mucho más fácil y simple si en nuestro cerebro solo existiera la región límbica.  Pero, la evolución nos dotó de otra parte: la neocorteza, que según los expertos, controla lo que ellos llaman actividades intelectuales. 

Entonces, esta neocorteza, “compite” con la región límbica, aunque no es capaz de dominarla.  En concreto, no estamos capacitados para administrar racionalmente nuestra vida emocional...  menos mal, digo yo. 

Claro que la naturaleza humana es infinita. Es decir, cada tipo o tipa es única, cada cual tiene un poco más región límbica o un poco más neocorteza, pero igual todos tenemos las dos y siempre van a estar compitiendo...  Y si no fuera así, al diablo con los siquiatras, sicólogos, terapeutas y otros mamíferos de esa familia, que hace rato se habrían muerto de hambre y habrían desaparecido de la faz del planeta.  Eso sin nombrar a los astrólogos, tarotistas, videntes, gurus, sacerdotes de todos los colores y varios otros etceteras.

La ciencia ha descubierto que nuestros dos cerebros están formateados, igual que los discos duros de las computadoras.  Existe evidencia que el ser humano, es más, los mamíferos en general, están regulados intrínsicamente para siempre estar con alguien, para que existamos en relación a alguien más. 

Eso significa que ahora, ya científicamente comprobado, el cuerpo necesita contacto físico y emocional cercano con otros, tanto como comida, agua u oxígeno. 

Según esto, siempre, a lo largo de nuestras vidas, hay alguien que sostiene nuestro ritmo corporal y por eso las relaciones son algo absolutamente vital para mantenernos en equilibrio.  Ahora, hay que decirlo, esto parte de la afirmación, aún no comprobada científicamente, que nuestros cerebros están diseñados correctamente y que, por tanto, debieran motivarnos a encontrar las cosas que necesitamos, a la vez que evitamos las que nos hacen daño.

 

Necesitamos las relaciones y estamos diseñados para encontrarlas agradables. 

Las ausencias o pérdidas socavan todo nuestro andamiaje, nos deterioran físicamente, no solo emocionalmente.  Dos y dos son cuatro y dos son seis y dos son ocho y ocho dieciseis.  Perogrullo, por favor, una vez más súbete a tu pedestal y no te bajes más. 

Resulta que llegamos al siglo 21 y los avances científicos, la electrónica, la capacidad de medir reacciones, de grabar sueños, de meterle alambritos en el mate a miles de personas, pasar millones de datos sensibles por una supercomputadora, nos dan por fin respuestas a inquietudes centenarias, por no decir milenarias porque no hay constancia. 

Entonces, una cantidad grande de nuevos gurús de la mente humana que execraron de papá Sigmund por loco, jodido, inmoral y judío, ahora van a tener que comenzar a tragarse todas sus injurias, porque una a una sus peregrinas teorías están siendo comprobadas. 

La primera y más importante, la de los dos cerebros, que compiten entre si. 

La segunda es que todo proviene de la infancia: El tipo de mamá que uno tenga nos determina en nuestros rasgos emocionales a futuro. Sin una regulación límbica adecuada (es decir, sin amor), nuestros ritmos vitales colapsarían. Una madre que crea vínculos afectivos estables, crea niños seguros. Una madre rígida crea niños inseguros. Una mamá distraída o errática (que son la mayoría) crea niños inseguros y esencialmente ambivalentes, que también son la mayoría. 

La tercera, base de la teoría freudiana, es la comprobación de que en nuestro cerebro existen unos prototipos llamados “atractivos emocionales”, un archivo de disco duro que va acumulando experiencias, personajes, sonrisas, olores, gustos, disgustos, fobias, rabias, atracciones, profesores,  jefes. amigos, primos, vecinas, tías, traumas, seguridades, inseguridades, colores, estaciones, hojas, canciones, curas, monjas, amigas del alma, nanas, cantantes, artistas, escritores, poetas, que se “parecen” al padre o a la madre. 

Una operación emocional bautizada por San Sigmund como “transferencia”. 

Que alguien se apiade de nuestros sueños.  Este disco duro parece ser implacable. Todas nuestras atracciones parten de este repertorio y es casi imposible saltárselo.  Pasa, en la vida pasa de todo.  Pero pasa al revés. Es decir si alguien se siente locamente atraído por uno, aunque ese alguien no responda a nada de nuestro repertorio, incluso si casi nos agrede con su mirada, con su interés, porque nos carga... al final nos sentimos orgullosos de que se haya  fijado en nosotros y terminamos por vencer las distancias y miedos para intentar conocerlo.  Sigmund, por favor, vuelve a subir a tu pedestal y, por ahora, no te bajes más.

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