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FLORE-BARTES

Otoño en Santiago, de esos
otoños fríos y hermosos, el
Forestal maravilloso con sus
tonalidades infinitas de ocres
y dorados. El cielo gris y
neblinoso, húmedo, miles de
hojas caían con el viento.
Por Horacio Marotta R.

Adentro del viejo caserón del Bellas Artes hacía más frío que afuera, dibujábamos abrigados hasta con bufanda. 

Fue la primera vez que la vI, allí, desnuda, posando para nosotros, rodeada de dos calefactores a gas para no ponerse morada. 

Tiritaron mis dedos ateridos frente al blanco papel en mi atril, la contemplaba y su belleza pura y exacta me llegaba hasta la médula de los huesos, los carboncillos se hacían trizas en mis torpes manos sin que pudiera atinar a tirar la primera raya. Estaba absolutamente embobado, alucinado. 

Su cuerpo esbelto, su largo cuello, su melenita, sus ojos, sus tetitas de niña impúber, sus piernas largas, eran un desafío hasta para Miguel Angel, no cabía en mi block, era demasiado hermosa, demasiado etérea, demasiado mágica. 

Dibujarla era casi un sacrilegio.  El ejercicio, obvio, era el cuerpo humano, pero yo no pude, me quedé pegado en su mirada y dibujé su rostro, sus ojos enormes y negros, su mirada intensa y perdida, su misterio infinito. 

Fue un retrato muy mágico que estoy seguro aún conserva. porque se lo regalé, y fue nuestro cuadro de cabecera, y fue mi primer contacto con su vida, con su mirada, con su rostro, mucho antes de saborear su piel, sus sentidos, sus ganas infinitas.

Juro que ese día no hubo ni un atisbo de calentura. Eramos profundamente respetuosos de nuestras modelos, las veíamos como estatuas, asexuadas, lejanas. 

Yo además era un crío, inexperto, romántico, artista, con ganas, solitario, tímido, inseguro, lleno de pánicos, entrando recién al mundo de los adultos. 

Era el más joven de la clase, las minas del curso me mimaban, más como una mascota que como a un mino.  El profe de dibujo decía que tenía talento, le gustaba lo que hacía y me suplicaba que no abandonara, que me dedicara en serio.  Yo lo veía como una entretención, mis caminos de vida ya se perfilaban hacia otros lados, me gustaba dibujar, me gustaba pintar, me gustaba lo que hacía, le ponía amor y tesón, pero no me veía de pintamonos para el resto de mis días y transitaba más hacia las ciencias sociales, la historia, la literatura, la psicología, el derecho, para finalmente anclar en el periodismo, suma espúrea y efímera de todo, resumidero irreverente de la vida misma.

Me había embrujado, me había encandilado, había irrumpido en mi ser y no podía sino pensar en ella, imaginar quien sería, como sería, era un sueño lejano e imposible, se veía desenvuelta y desenfadada, feliz de estar desnuda frente a todo un curso, orgullosa de su cuerpo, sin pudores falsos, pero poética, etérea, se sentía una musa inspiradora, una desencadenadora de pasiones, pero igual lejana, a pesar de su eterna sonrisa, de las tallas que tiraba, de los gestitos de complicidad que intercambiaba con algunos que eran sus cercanos.

Gran desafío, había que averiguarlo todo, había que buscar métodos, planes de acción que permitieran algún acercamiento, algún nivel de encuentro, alguna desesperada maniobra que me permitiera conocerla, chocarme con ella en el pasillo, esperarla a la salida, meterme a su camarín y declararle ardorosamente mi amor y mi pasión, nada, ninguna idea que sirviera en realidad para algo, puras ideas locas e irrealizables, al menos para el personaje que era yo en esos días de otoño santiaguino en medio del Parque Forestal.

Preguntando se llega a Roma. Poco a poco, hilacha a hilacha, fui componiendo una imagen, mínima, contradictoria, poco fiable, pero algo.

Era porteña, estudiaba teatro en el día y posaba para nosotros los vespertinos, tenía apellido italiano, sí, claro, eso era obvio, su cara, su cuello interminable, sus ojos, su pelo, su mirada, sus caderas, todo era peninsular, su desenfado, las ganas que expresaban sus ojos. 

Pero que bajón, que dolor, que desesperanza atroz, que negrura, tenía novio, amante, mino habitual... Y lo peor, era amigo mío, economista, fome, negro, chico, trotzquista, pajero mental, discutidor incansable, bohemio, entrañable, amigo al fin, compañero de la noche, ajedrecista con premios, rey del vino tinto, animador del Venecia, Il Bosco y otros santuarios donde veíamos llegar la aurora.

Me acuerdo como si fuera hoy, pasé una semana deprimido, solitario, sin saber que hacer, sumido en la pena. Estaba enamorado hasta las patas y me encontraba en un callejón sin salida.  Sufrí la clase siguiente cuando llegó, se sacó la bata y me dejó una vez más sin aliento.  Ahora sí la dibujé, frenéticamente, dos, tres, cuatro crokis, de frente, de perfil, detalles de su anatomía, terminé haciendo un scorzo casi pornográfico, quería plasmarla, tenerla, poder contemplarla, llorar frente a su cuerpo hermoso y potente, lejano e imposible.

Y entonces, en medio de esa locura, mi locura, mi desenfreno, en medio de la clase, el profe, que recorría incansablemente la sala, una vez más llegó hasta mi atril, me vio sudoroso y febril, dibujando cual un Dali, un Picasso enloquecido, un Modigliani en su esplendor y se quedó estupefacto ante lo que veían sus ojos. 

El muy huevón paró la clase, le dijo que se pusiera la bata, dijo aquí hay algo que creo todos deben ver, creo que esto es demasiado bueno, demasiado genial, quiero que lo comentemos entre todos, me parece que lograste una verdadera expresión del cuerpo de Luisa, su tensión y mil huevadas más, mientras yo me moría de plancha y todo el curso se acercó a mirar, incluida ella, claro, como no, era la musa inspiradora de tal obra de arte, y yo me quería morir ahí mismo, y tu te paraste delante tuyo, o de como yo te veía, y te quedaste un poco choqueada, tus ojitos brillaron de otra manera, me miraron muy profundamente por vez primera.  A mi casi se me doblan las cañuelas y mis manos sudorosas tiritaban como las del Papa, pero creo que atiné a sonreirte, en una mezcla de picardía y pedido de perdón, con ganas de abrazarte y darte un beso bien dado, ahí mismo, dejar que cayera tu bata mientras mis manos te moldeaban en arcilla, te esculpían en piedra, te fundían en bronce y tus ojos picarones me sonrieron, halagada, cómplice de alguna recóndita y misteriosa manera.

Y eso fue todo, no paso nada más, no intercambiamos ni una palabra, pero yo estaba igual eufórico. Algo se había roto. Algo había cambiado. Ya nos habíamos presentado, ya nos conocíamos, ya éramos cómplices, ya nuestras almas se habían rozado en la profunda mirada, cercana mirada, ojos contra ojos, italiano con italiana, códigos ancestrales tal vez, tribales, antiguos, profundos, alguna conexión se había dado, lo sentía en el cosquilleo de mis venas, en la tensión de mis nervios, en el agarrotamiento de mis músculos, en el palpitar acelerado de mi corazón, en el sudor de mis manos.  Tus pupilas se habían quedado grabadas en las mías. La chispa de tu mirada se había quedado grabada en mi alma.

Terminó la clase, vinieron varias a felicitarme, a comentar, la mascota se había convertido en cisne, sentí que me miraban de otra manera, que ya no era un crío para ellas, que habían descubierto algo, que se calentaban un poquitito con la fuerza de mis dibujos. 

Debo reconocer que el último crokis, el del escándalo del profe, no sólo era bueno sino que abiertamente transgresor, como dije antes, casi pornográfico, provocador, apasionado, producto de mi amor, de mi calentura, y eso estaba allí, se notaba, palpitaban las ganas, olía a sexo desenfrenado, tenía la tensión, la electricidad, no se puede contar, son simplemente sensaciones, era un crokis, simple, pocas rayas, pero tenía mucha fuerza. 

Mientras guardaba los materiales, enrollaba mis dibujos, lo miré de nuevo y me di cuenta que, sin quererlo, con ese dibujo, le había declarado mi amor, esa imagen valía por las mil palabras que nunca habría podido pronunciar coherentemente frente a ella.  Me di cuenta que ahora estaba yo desnudo, que ella lo sabía, que el mensaje había llegado, que era obvio, al menos para ella.

Salí con mi rollo bajo el brazo, iba ensoñado y en las nubes bajando las escalinatas de la escuela y casi me dio el infarto cuanto te vi, claramente esperándome, enfundada en un gorro chilote que solo dejaba ver tus inconmensurables ojos negros y un abrigo rojo que casi llegaba hasta el suelo. 

El corazón a mil por hora, la adrenalina a un millón por litro, las cañuelas medio acalambradas, me apaciguaste con un sonoro y rotundo beso en la mejilla, tomaste mi brazo que tiritaba, me brindaste una sonrisa que sabía a gloria, a mar, a lluvia, a terremoto, a poesía. 

Me encantó tu dibujo, quiero verlo de nuevo, primera vez que siento que alguien me ve tal cual soy, a veces me siento como estatua posando ahí en pelota, siento que nadie se conmueve, que nadie reacciona, que nadie siente nada, es como actuar, sabes, pero uno cuando actúa, espera aplausos, reconocimiento, retribución, y esta es la primera vez que me siento retribuida por los calambres, por el frío, por el aburrimiento, por las caras de culo de todo el curso, por las indicaciones pelotudas del profesor sobre la pose que quiere... ¿Como te llamas? Me gustaste, yo soy así, franca y directa, después de lo que dibujaste, tenía que conocerte, agradecerte, además tus ojos son preciosos, tienes cara de bachicha como yo, trasmites onda con tus ojos.

Habló ella, interminablemente, bajo los faroles del Forestal, pisando hojas doradas humedecidas por la bruma, muy agarrada a mi brazo, chiquitita linda, me tenías en el cielo, me llevabas al limbo, yo te escuchaba y te amaba, escalofríos recorrían mi espinazo. 

Nos sentamos en un banco bajo un farol, tu seguías hablando y hablando y yo gozándote, gozando el momento, escuchándote como a un revelación de dios, como a una diosa egipcia comunicándome que las vacas flacas se habían acabado, que las siete plagas se batían en retirada, que la insondable soledad se batía en retirada también, que la vida no era tan negra, que la esperanza existía, que tu existías y estabas allí conmigo, y yo no sabía muy bien qué hacer, que decir, y prefería escucharte y contestaba con monosílabos y solo te miraba, y te respiraba, y te sentía a través de tu abrigo rojo que casi llegaba hasta el suelo, de tu gorro chilote que solo permitía ver tus ojos, y tu boca, tu boca, tu boca, y dije algo así, tan estúpido como cállate, cállate... que me desesperas... y estampé un beso en tu boca, beso frenético, merecedor de una cachetada, con lengua, con saliva, casi con mordisco, y tu en vez de darme una cachetada respondiste el beso y te sentí tiritar, por primera vez sentí que tiritabas, que te gustaba, y nuestras lenguas se desencadenaron en un baile infinito, lujurioso, ardiente, por fin sin palabras, pero si con gemidos, maullidos, respiraciones entrecortadas, beso interminable, mágico, eterno, y fue allí donde el pobre Sergio pasó a pérdida, donde el economista, chico, negro, ajedrecista con premios, rey del vino, amigo entrañable pasó definitivamente a pérdida, en medio del terremoto, en medio de la inundación, se quemó en la lava de ese volcán que hace un par de horas no se veía posible, y rodamos bajo el banco, y retozamos en el pasto húmedo, nuestras manos cobraron vida propia en ese reconocerse frenético, en esas ganas de pronto destapadas, sin provocación previa, animalezcamente, instintivamente, italianamente, calientemente, botón a botón, cierre a cierre, todas las barreras, todas las fronteras fueron aniquiladas, en medio del parque, una noche lloviznosa de otoño, en medio de las hojas que seguían cayendo sobre nosotros.

No llegamos al grado tres, como diría el Rumpi, no nos dejaron, estábamos absolutamente embalados, lejanos del mundo cuando una poderosa linterna iluminó nuestras caras.  Los pacos, una pareja de pacos, un tanto divertidos pero botándose a serios. Carneses, están en un lugar público, en situación obscena, que atenta contra la moral, van a tener que acompañarnos a la Comisaría.  Oiga mi cabo, nunca tanto, mire, yo soy periodista, aquí están mis credenciales, trabajo en la Cancillería, y en la tele, está bien, se nos fue la mano, pero estamos vestiditos, solo nos besábamos, eso no es ofensa pública, además a esta hora no pasan por acá viejas beatas.  Están corriendo un grave riesgo, esta zona es insegura, ya, váyanse pa la casa más mejor... Eran los tiempos de la república, cuando los pacos todavía eran un amigo en su camino.

Cierres, botones, bufandas, gorro chilote recompuestos, casi se me queda el rollo de dibujos en el banco, terminamos en el Venecia, menos mal que Sergio no estaba, vinito tinto, carcajadas por el fiasco y la aventura, ya absolutamente cómplices, relajados, grandes amigos de toda la vida, compañeros de ruta, tomados de la mano, besándonos levemente a través de la mesa, sonriéndonos con la mirada, gozando el encuentro, rememorando los tiritones y los besos apasionados, las manos recorriéndonos, con muchas ganas de estar solos, con infernales ganas de hacer el amor.  Fue entonces cuando yo desenrolle mi rollo y saqué su retrato, el del primer día, el de sus ojos, el de su rostro hermoso, y se lo regalé, le conté lo que me había pasado ese primer día y ella se emocionó y hasta derramó unos lagrimones, y apretó mi mano y me dio un beso que hasta hoy, cincuenta o más años después, recuerdo con pasión y ternura infinita.

Vivía por ahí cerca, en una piesucha de pensión de dos por dos y baño compartido por todo un regimiento. Pero se nos había hecho casi de madrugada, yo debía trabajar muy temprano, nos despedimos con un beso apasionado en su puerta, con cita para esa tarde, ella con mis teléfonos, yo en la gloria, en el cielo, escuchaba las trompetas de los ángeles, estentóreas, con ritmo de swing, y me fui bailoteando, cruzando el río, cruzando el parque, soñando con sus besos, con sus caderas, con su humedad palpada, con sus senitos de niña, queriendo saltarme las horas para tenerla de nuevo frente a frente, temiendo que todo fuera un sueño, que lo pensara, que se arrepintiera.

No fue así, ahí estaba esperándome, en el mismo banco de la noche anterior, esta vez de día claro, y un poco menos frío, y un poco más luminoso, era sábado, no habían clases, la tarde era nuestra, la noche era nuestra, la vida era nuestra.  Tenía botas y una faldita apretada, un beatle azul que dejaba ver sus pezones y nada de gorro chilote, melenita al viento, su largo cuello desafiante, sus ojos de azabache chispiantes denotaban alegría al darme el primer beso.

Caminamos tomados de la mano, contándonos vidas y milagros, amarguras y alegrías, líos familiares, incomprensiones maternas típicas y coincidentes, esperanzas y ganas, locuras por hacer, países por visitar, ciudades por recorrer, músicas por escuchar, libros por leer, películas por ver, reportajes por hacer, películas por filmar, cuadros por pintar, pasiones que desenfrenar, ganas por compartir, caricias por recibir...  beso a beso, palabra a palabra, nos fuimos acercando inexorablemente a tu cama, a tu pieza de dos por dos en ese segundo piso de Dardignac.

No hubo mucho preludio, la pasión se desató enseguida, nos desvestimos mutuamente a tirones mientras nos besábamos y manoseábamos, yo no lo podía creer, ahí estábamos, confundidos, entrelazados, jadeantes, aullantes, felices, dando rienda suelta a nuestra juventud, a nuestras ganas, a nuestras recíprocas ganas de acariciarnos, de poseernos, de sentirnos, de entregarnos, de hacernos felices, de gozarnos, con cariño, con ternura, con premura, con ansias, con una calentura acumulada e infinita. 

Y casi nos caímos de la cama, y casi se derrumbó la cama, y casi se cayó el techo sobre nosotros, y casi pasamos de largo hasta el primer piso, y fue un carnaval, un telúrico carnaval de risas aullidos, jadeos y yo nunca había sentido algo tan intenso, tan vital, tan glorioso, tan completo, eras electricidad pura, eras un movimiento continuo y perpetuo, gozabas y me hacías gozar hasta el frenesí, incansablemente, una y otra vez... Yo caí vencido antes que tu, demolido pero pleno, en un estado de éxtasis, de liberación absoluta, me sentía como drogado, sentía que volaba, que levitaba, entre mi somnolencia trataba de aferrarme a tu cuerpecito y te besaba despacito, te mustiaba palabras tiernas, te agradecía por existir y por quererme, te confesaba que era, lejos, la mejor experiencia de mi vida, te decía lo única que eras, lo rica que eras.

Y fue en ese momento en que se abrió la puerta y entró Sergio, alegre, saludando, con una botella en la mano y se quedó pasmado, embalsamado, pétreo, mudo, zombie, lívido, muerto.  La escena era dantesca, el colchón había caído al suelo, la ropa estaba desparramada por todas partes, nosotros desnudos, pegajosos, desorbitados, el olor a sexo era indescriptible.  No dijo una sola palabra, caballero al fin, dio media vuelta, cerró la puerta a sus espaldas y bajó calmadamente las escaleras hasta la calle. 

Creo que es una de las peores situaciones que he vivido en mi vida.  Contarla ahora parece casi un chiste, pero fue algo terrible.  El era mi amigo, yo lo estimaba y la situación se había descontrolado, y no habíamos hablado con Luisa de su existencia, y yo tuve que confesarle que yo lo sabía, además confesarle que era mi amigo, y que mi pasión por ella era tan grande que había pasado por encima de todo. 

Y ella me contó que al principio lo quería mucho, que luego las cosas se habían ido enfriando, que no lo había mencionado porque estaban peleados y no sabía si volvería y luego los dos preocupados por él, dolidos por él, ambos lo queríamos, teníamos que salir a buscarlo, hablarle, tratar de explicarle, contarle la historia tal cual se había dado, consolarlo, qué se yo, algo teníamos que hacer, nos sentíamos responsables, nos sentíamos traidores, pero igual nos sentíamos unidos, amantes, dueños de una historia que comenzaba, nos habíamos gustado, las químicas se habían unido en forma profunda y definitiva.  No había retroceso, a lo hecho pecho, pero igual había que salir a buscarlo, antes que se ahogara en vino, antes que se cortara las venas, antes que se peleara con alguien, que matara a alguien, que se hiciera budista o renegara hasta de León.

Lo encontramos a la vuelta, en el Venecia, ya un poco borracho, tomando solo. 

Nos sentamos a su mesa sin que nos invitara, nos sonrió con pena, no sabíamos muy bien qué decirle, como decirle.  Nos emborrachamos los tres, muy borrachos, lloramos todos abrazados.  La vida continuaba, se cerraba un libro con un epílogo amargo y bañado en vino.  Se abría otro expresado en nuestras manos entrelazadas, en nuestras caricias clandestinas bajo la mesa. 

Fuimos a dejarla y seguimos tomando, me contó mil historias incoherentes que nunca antes me había contado, me deseó felicidad, me pidió que la cuidara y que me cuidara, me dijo que me había metido en el ojo de un huracán, cosa que yo ya había no sólo intuido sino vivido en carne viva, presente en ese minuto en dolor que sentía en cada músculo de mi cuerpo, aún bajo el adormecimiento del alcohol.

Sergio cambió sus rutinas, cambió sus bares y ya casi no nos vimos nunca más, salvo esporádicos y fortuitos encuentros salvados con dignidad lejana.

Nuestra historia no fue muy larga, pero sí intensa y para mi importante, creo que para ella también, pero de otra manera, yo era un crío recién destetado, ella era toda una mujer, consciente de su belleza, de su cuerpo, de sus ganas de gozar, aprovechando desenfrenadamente su juventud pero con planes, era una hippie por fuera y una madre italiana por dentro.

Yo todavía no era nada, vivía con mi madre y mis hermanas, había ingresado a la universidad en un año de desenfrenada búsqueda, inscrito en tres carreras, saltaba entre la economía, el derecho y el periodismo, pelliscando ramos, corriendo de una escuela a otra, intentando un imposible record de Guiness... 

Me mantenía fiel al dibujo y la pintura vespertina en Bellas Artes que había iniciado ya hacía tres años, cuando aún cursaba la secundaria y había hecho mi ingreso al mundo de la incipiente televisión universitaria, como el último suche del departamento de iluminación... 

Me había metido a concho en el mundo de los artistas, de los marginales, de la bohemia, de la noche santiaguina, periodistas, escritores, poetas, actores, pintores, folkloristas, bataclanas, cineastas en ciernes, eran mi entorno... 

Había roto el cascarón, me había caído del nido, había comenzado a tropezones a volar por mi cuenta.  No me acuerdo muy bien de los detalles y tampoco vienen mucho al caso, pero el hecho es que Luisa en un momento dado perdió su pieza sucucho en Dardignac que hasta ese entonces había sido nuestro telúrico reducto de amor desenfrenado y escandaloso, ruidoso, eternas noches de sexo, inacabables, casi frenéticas... 

Era una emergencia y yo la llevé a mi casa, donde yo vivía, mi madre estaba en la playa y mi hermana casi se murió, consideró que era una ofensa, un desacato, un atrevimiento, una inmoralidad sin límite, un bochorno, algo inaceptable... 

Y así fue que finalmente abandoné el hogar, terminé de caerme del nido.  Con ayuda del entrañable “Salvaje” Araya me mudé, me fui, empaqué mis pocas pertenencias, mis libros, algunos discos, mi ropita y nos fuimos a vivir a un colectivo, un caserón a media cuadra del Venecia.  Allí compartimos con Hugo (el salvaje), la “monstruo”, uno de los grandes mitos de la bohemia artística chilena de todos los tiempos y un oscuro ser que era sociólogo, o filósofo, y uno de los máximos dirigentes del movimiento troztkista chileno, o sea, de una de sus decenas de fracciones. 

Éramos una comunidad, no exenta de contradicciones y problemas, pero en esa casa flotaba el amor, a pesar de las peleas por quien sacaba la basura, quien limpiaba los espacios comunes, quien compraba el balón de gas para la cocina o para la ducha.  Tertulias nocturnas interminables con buena charla, poesía, mucho vino y buena yerba, o tecito con pan cuando la malaria atacaba, cosa que ocurría a menudo.  El Salvaje cambiaba de mina más a menudo que de ropa interior y debo reconocer que todas eran hermosas a morirse, la mayoría cuicas, ovejas negras descarriadas de buenas familias.  La Mirta (la Monstruo) combinaba su reviente con el papel de madre, había tenido un hijo con uno de sus innumerables hombres pero se seguía tirando consecuentemente a cuanto macho se le ponía al alcance, cosa que a menudo significaban dramas espantosos, con mujeres engañadas que venían a sacarle los ojos o incluso, una vez, una, esposa de un pintor ahora famoso, que llegó enloquecida a matarla y que casi le tiró la guagua por la ventana... 

El trotzco no participaba, ese fue el primer clandesta que yo conocí, aparecía de vez en cuando, leía encerrado en su pieza, apenas nos saludaba.  Luisa iba poco y cada día menos a sus clases de teatro pero seguía modelando un par de veces a la semana.  Yo era el único ridículo que estudiaba y trabajaba, tenía horarios, no se como resistía, porque nuestras noches, además de las tertulias, las tomateras, la mariguana, finalizaban con Luisa en estentóreas e inacabables sesiones de sexo, las mejores que he tenido nunca en mi vida, pero también las más agotadoras porque ella era incansable, y era excitante, y sabía excitarme hasta el delirio y sus orgasmos múltiples eran de una fuerza irresistible, y nos amábamos, y éramos felices, aunque lo físico reemplazaba muchas carencias, muchas cosas no dichas, muchas inmadureces, muchos desarrollos no compartidos. 

Abandoné Bellas Artes para dedicarme a la tele, abandoné efímeros sueños legales y económicos para centrarme en el periodismo...

Poco a poco este país se polarizaba y de la poesía y la yerba avanzábamos todos, en forma desigual pero inexorable hacia el compromiso social y político, poco a poco transitábamos del hippismo hacia la militancia, poco a poco, sin darnos mucha cuenta, íbamos dejando atrás la adolescencia y nos convertíamos en adultos...

A medio siglo de distancia, (aunque sé que varias se van a enojar o a sentirse desdichadas),  puedo decir que fue la mujer más caliente y deseable que he tenido hasta ahora en mi vida. Tenido, es una mala palabra, nos tuvimos los dos, nos gozamos los dos, nos atosigamos los dos, nos fagocitamos los dos.  A 50 años de distancia puedo declarar, anfáticamente, con todo lo vivido, con todo lo recorrido, con todo lo gozado, que aún no ha sido superada.  En todas mis edades, en todas las edades de las mujeres que he tenido, o que me han tenido, que he gozado, o que me han gozado, aún hoy, a casi medio siglo de distancia, Luisa gana lejos, es la más telúrica, la más volcán, la más multiorgásmica, la más inasible, la más rica... italiana, provinciana, porteña, buenamoza, felina,  flaca, huesuda, morena, ojos negros y grandes, huracán de pasiones, eléctrica, gozadora, insaciable, aulladora, inalcanzable...

Tengo que agregar un corolario a esta hermosa historia de amor.

Vino la realidad urgente y telúrica de la militancia, nos separamos, cada cual en la suya…  Vino el golpe, la clandestinidad, la vida efímera de sobrevivir todos los días.

Ya en esa, yo con otro nombre y personalidad, milagrosamente nos reencontramos, por casualidad absoluta en Valpo.  Ella estaba emparejada con un israelita vivían en una pobla y tenían una hija.  Estuve en su casa, hicimos recuerdos nos despedimos con un gran abrazo y un beso casto.

Pasaron los años, muchos, de exilio, ellos en Israel y yo en Suecia.

Al retorno, un día absolutamente mágico, la volví a encontrar en Horcón, ahí, sin provocación ni premeditación.

Seguía casada con su israelita, ya tan viejo como yo.

Ella convertida en una madre italiana, gorda pero feliz.

Y la hija, ya lola, de la misma edad en que yo había conocido a su madre, era un espejo, un retrato, una escultura, una maravilla de la naturaleza…

Nunca más supe de ellas, espero que un estén bien y sean poderosamente felices.

ClariNet