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HOJAS-CENSORES

Mucha gente, sin haber ni siquiera
escrito Pepe en la pared, anda
circulando por ahí hablando de
libertad de expresión y de censuras,
son opinantes pero con toda
modestia, ignorantes del tema, me
perdonen los teóricos de la cuestión.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Tampoco se trata de ser yo dueño del monopolio de la verdad y de lo que se debe decir y aquello que es menester callar.

Al menos sí trabajé con censores al viejo estilo, fulanos de uniforme militar o naval, que nada tenían que ver con el periodismo, pero que en calidad de garantes del orden interno del país, fueron enviados a los medios de comunicación a evitar que nadie hablase u opinara por escrito, sobre temas peliagudos, ni hiciese revelaciones de esas que crean problemas.

Ocurrió tras el tanquetazo del 29 de junio de 1973, ese intento desesperado de instaurar una tiranía abiertamente fascista, pergeñada por ese sedicente demócrata de Pablo Rodríguez Grez y su amigote, el teniente coronel Roberto Souper Onfray, al mando del regimiento blindado número dos, ubicado en un cuartel que años después dio paso a un conjunto residencial en Santa Rosa con Avenida Mata.

La situación era muy tensa, se temía una guerra civil (absolutamente imaginaria pero sostenida en rumores difundidos por el servicio de Inteligencia Naval, encargado de crear las condiciones del golpe de Estado del 11 de septiembre de aquel año y de instalar una atmósfera de temor y desconfianza en los civiles, aprovechando además bravuconadas estúpidas de algunos políticos izquierdistas irresponsables).

Para evitar males mayores, Salvador Allende aceptó nombrar a estos censores por un par de semanas y así tranquilizar a los altos mandos y en especial a la Democracia Cristiana, en esa época aliada del momiaje.

En mi calidad de ejecutivo de la que fue la poderosa CB-114, Radio Corporación, propiedad del Partido Socialista, y editor del matutino Clarín, me tocó entenderme de alguna manera con estos militares, principalmente con un mayor de Ejército en la emisora. Nuestra decisión fue entregar más que nada noticias oficiales, previamente pasadas por el cedazo de La Moneda, lo que nos permitió meter algunos goles con el pretexto de que los textos había que adaptarlos a nuestro estilo. Truquitos que aprenden los reporteros en el despiadado doctorado de la vida, para hacer frente a sus pellejerías morales y las de las otras, la que les dije, que son las peores.

El mayor quedó satisfecho y se fue descuidando y terminamos dedicados a hablar de temas históricos y tomar café.

Un día, cuando ya la censura iba a terminar, ante mi sorpresa sacó su billetera y no buscó dinero sino una foto pequeña y en color de Adolfo Hitler. Sonriendo le pregunté si le parecía un personaje remarcable en la historia humana y él, asintió, zafio y en silencio.

Dejé que cambiara el tema y ahí acabó todo. Nunca supe más de él, los días del golpe fueron de relámpagos y truenos, de muertes y persecuciones, así que ni me acordé de aquel tipo. Si él lo hizo de mí, tuve la suerte de hacerme humo.

Mi viejo amigo Julio Rada, un honesto jefe de la policía civil me hizo saber que había orden de darme de baja, palabras textuales de un documento que me mostró uno de sus ayudantes, apenas asomara la que fue mi rebelde cabellera, de modo que no lo hice.

No recuerdo el nombre de aquel oficial y cuando pude volver al país en 1987, no tenía a quien preguntarle. Me habría gustado sostener una charla tranquila sobre lo que había pasado, pero fue imposible. En los hechos han quedado muchas vivencias en un rincón de la memoria, de la individual y la colectiva, absolutamente llenos de polvo y herrumbre del tiempo.

Entre esos, la censura aplicada por los jefes de los autores del tanquetazo. El camarógrafo bonaerense Leonardo Henrichsen, empleado de la televisión pública sueca, tuvo la mala idea de enfocar al cabo segundo Héctor Hernán Bustamante Gómez, a quien Souper había disfrazado con una chaqueta de teniente y puso al mando de una patrulla. El cabo, disparó su fusil y lo mató, pero este alcanzó a grabar la bala de su propia muerte. Henrichsen fue uno de 22 muertos en aquella sangrienta y premonitoria mañana de invierno.

La sorprendente imagen se vio en casi todo el mundo. En Chile muy poco, lo que nos indica que la censura hasta se aplica en la paz de los cementerios.

Lo prueban los minutos que filmó Henrichsen, que fueron incluidos en una edición especial de 1973 del Noticierio Chile Films, pero la historia fue censurada por el coronel Francisco Saavedra Moreno, el censor de lo que fueron esos estudios cinematográficos estatales, que terminaron privatizados durante la dictadura.

Y lo del noticiero no es poca cosa, eran años en que la TV criolla era más bien pava y las imágenes de los sucesos se veían en el cine. Desgraciadamente esta historia quedó en la penumbra.

Y el cabito aquel se la sacó olímpicamente.

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