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HOJAS-VERSOS

Dicen y yo repito, que la poesía
reside en esa sensibilidad herida,
siempre a flor de piel, de quienes,
como Pablo Neruda, pueden
escribir, cada noche, los
versos más tristes.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Y decir, por ejemplo, que azules titilan los astros a lo lejos. Él le cantaba al amor. Otros, como el desdichado español Miguel Hernández Gilabert, denunciaban al hambre y la miseria.

Golpeado, humillado y casi privado de alimentos en las sórdidas prisiones franquistas tras la Guerra Civil Española (1936-1939), murió finalmente a los 32 años y no pudieron cerrarle los ojos. Parecía estar mirando hacia su pequeño hijo que sufría los azotes crueles de la pobreza extrema, acentuados por la persecución infame y constante de los esbirros del dictador gordezuelo y genocida. 

Hernández ha pasado a la historia como un personaje clave para el idioma castellano en el siglo XX. Versificador y dramaturgo, sus amigos eran varones maduros animadores de la generación de literatos de 1927. Uno de ellos, Dámaso Alonso, lo describe como “genial epígono” de esos años. Dice:

“Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y este fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”

Miguel fue pastor de cabras desde muy temprana edad y no porque su familia no tuviese un buen pasar. Lo educaron los jesuitas y su padre que nada entendía de letras, solo de ganado caprino, rechazó una beca para que fuese a la universidad. Mientras cuidaba el rebaño, Hernández leía con avidez y escribía sus primeros poemas.

Los libros que le prestaban sus antiguos mentores le abrieron las puertas de la cultura de par en par. El 25 de marzo de 1931, con tan solo 20 años, obtuvo el primer y único premio literario de su vida, concedido por la Sociedad Artística del Orfeón Ilicitano con un poema de 138 versos llamado Canto a Valencia, bajo el lema Luz..., Pájaros..., Sol..

Debido a la reputación que logró gracias a las publicaciones en varias revistas y diarios, el 31 de diciembre de 1931 viajó a Madrid, buscando consolidarse como literato, le fue mal y regresó a las cabras.

En 1935 conoció a Neruda y luego se desató la tormenta: La guerra por un  lado, por otro, su matrimonio con Josefina Manresa. En diciembre de 1937 nació su primer hijo, Manuel Ramón, que murió a los pocos meses. En enero de 1939, a las puertas de la derrota, apareció su segundo fruto,  Manuel Miguel, a quien dedicó las famosas Nanas de la Cebolla.

Intentó vivir en Portugal, pero fue entregado a la Guardia Civil franquista. Ya sepultado en una de muchas cárceles, Josefina Manresa le escribió contándole que sobrevivían solo con pan y cebolla y de allí salió la famosa canción de cuna ya mencionada.

Hernández me vino de pronto a la memoria, mirando por una ventana estos cielos melancólicos de este duro invierno de frío, contaminación y neblina.

El vate español representa la lucha desoladora, tan fracasada como insistente, de la sensibilidad contra la mediocridad y la algarabía prepotente de la ignorancia. Me sumo al bando perdedor y reitero uno de mis versos clandestinos: Volvamos a fracasar, una y otra vez, mientras podamos.

Lo importante es dar la pelea, significa que estamos vivos, aunque hayamos dichos “presente”, al pasar su lista la muerte. Caminante no hay camino, se hace camino al andar, le dirá desde el papel impreso el propio Miguel Hernández.

Quien no crea, que haga la prueba. 

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