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HOJAS-COLOMBIA

La república colombiana es
un país bello, algunas veces
exuberante, otras sobrecogedor,
mezquino con la mayoría de
sus habitantes, donde en una
locura social constante e
incestuosa, conviven
incestuosamente riqueza y
extrema pobreza.
Por Enrique Gutiérrez
Aicardi

Como lo demostró Gabriel García Márquez, allí lo imposible es rutinario y habitual.

Eso hace posible que una vez más se insinúa la paz en esa tierra que ha absorbido tanta sangre y tantas lágrimas, en una suerte de carrusel perpetuo.

No soy, ni de cerca, un conocedor de esa patria hermosa, llena de cicatrices humanas. Sin embargo, el periodismo me permitió conocer a quien con el paso de los años, llegó a ser para mí, una suerte de fotografía de su lugar natal, eso si me baso en su historia reciente.

Lo conocí en la condensación latinoamericana del surrealismo, México, y lo vi solamente durante algunas horas. No existen por tanto lazos de amistad. Solo la impresión que me produjo mientras le hacía una entrevista insólita: No le pregunté absolutamente nada, solo me limité a anotar (las grabadoras siempre me resultaron indeseables) lo que me decía.

Fue Carlos Payán, ese hombre generoso que sacó adelante un proyecto tan utópico como ha sido el diario La Jornada, de por sí un embrujo impreso, quien por allá por los años de 1980, me pidió una tarde que entrevistara a un jefe guerrillero, Antonio Navarro Wolf, que estaba en la capital mexicana autorizado por las autoridades de la época, pero con el compromiso estricto de que no se supiera, bajo la amenaza de ser regresado en forma fulminante a aquella Bogotá en la que no habría sobrevivido mucho.

Payán me pidió que viera modo de hacer entender que nos había encontrado en otro país. Por mi cuenta, elegí a Panamá, la pequeña nación que siempre me ha cautivado. La noche tropical del istmo siempre persiste en mi mente.

Decido el lugar, que conocía bien y podía describirlo en detalle; comencé a ver que preguntaría. De repente, me di cuenta que era tonto inquerir nada, era un personaje que había vivido tantos momentos extremos que interrogarlo no conduciría a nada. Lo importante era dar paso a su visión de lo que había pasado.

Nos dejaron en una amplia oficina. Navarro se extrañó, se le notó en el gesto, cuando llegué con un simple cuadernillo y un bolígrafo. Me parece que no dijo nada pero era indudable que no ver el aparatito reproductor de voces y recuerdos, lo sacó de onda.

Luego, cuando le expliqué que él me dijera lo que sentía, que no haría preguntas porque estas contaminarían lo que deseaba en realidad transmitir, se molestó. Yo me quedé mudo e impasible, tenía presupuestado que pasaría algo así.

Finalmente se resignó y habló un par de horas sin que yo dejara de anotar. Al final, al despedirse, me miró como a un bicho raro y fue todo.

48 horas más tarde apareció la nota. Tuve suerte y la ambientación resultó absolutamente verídica, después venía el personaje, fotografiado por sus propias emociones.

Payán me llamó aquel día y me explicó que Navarro estaba muy contento, que se había visto reflejado completamente en lo que había escrito y le contó que cuando se enteró de que no habría peguntas, no supo qué pensar: Si era una provocación, o yo un estúpido, nada concordaba ni encajaba en lo que había convenido con el director ni con lo poco que había logrado enterarse sobre mí.

Al final, todos felices.

Cuando los pasajes de mi existencia comienzan a serenarse comprendí algo que no medí en su importancia aquella única vez que hablamos. Navarro había intentado imponer sus ideas a tiros. Eso le permitía con un poco de madurez, respetar el pensamiento ajeno y aceptarlo. Por eso se resignó y habló como si estuviese ante un psiquiatra fantasmal.

Navarro nació en una ciudad pobre de provincias, Pasto, y su primer éxito fue titularse en 1972 de ingeniero sanitario en la Universidad del Valle. Estudió en Gran Bretaña y fue becario de la Fundación Rockefeller, del Consejo Británico y del International Development Research Center (IDRC) de Canadá. Eso hasta 1978, cuando era un docente de su especialidad.

A continuación vino el torbellino político y la guerrilla en el M-19, el retumbar de las armas en la selva y la búsqueda de la paz, cuando el camarada Aka no sirvió.

Fracasó en las conversaciones del M-19 con el gobierno del presidente Belisario Betancur entre 1984 y 1985. Posteriormente, con el intento de Diálogo Nacional que siguió. Las negociaciones se rompieron, las treguas no se cumplieron y murió el impulso a vivir sin disparos. En esas circunstancias, en mayo de 1985, fue víctima de un atentado en una cafetería de Cali, cuando un provocador del Ejército le lanzó una granada. Agonizó por días y como se sabía que en el hospital corría peligro, en secreto lo llevaron a México, donde lo estabilizaron y le amputaron una pierna. De allí fue a Cuba, donde le pusieron una prótesis y le enseñaron a caminar como a un niño pequeño. Le costó pero lo hizo.

Al momento de entrevistarlo iba de regreso al terruño, en forma lenta para no dar un paso en falso, donde lo esperaba el dirigente Carlos Pizarro para parlamentar con el gobierno del presidente Virgilio Barco (1989). La paz se firmó el 11 de marzo de 1990. Otro éxito.

Tras estos acuerdos, el M-19 postuló a su comandante, Pizarro Leongómez a la presidencia de la república, pero fue asesinado en un vuelo comercial saliendo de Bogotá a Barranquilla el 26 de abril de 1990. Navarro no cedió ante la muerte de su amigo y mantuvieron las armas en silencio. Navarro fue el postulante al Poder Ejecutivo, y obtuvo el tercer lugar, rompiendo el monopolio de liberales y conservadores.

Posteriormente, fue uno de los tres presidentes de la Asamblea Nacional Constituyente que redactó la Constitución Política de 1991. Luego fue ministro en un gobierno de Reconciliación Nacional, alcalde, diputado, gobernador de su suelo natal y actualmente se desempeña en la Cámara Alta.

La suya es una suerte de tercera vía que combina estrategias participativas propias de la izquierda al estilo chavista con programas económicos para la población, sin hacer asco al sector privado, en alianzas razonables. Respaldó a Álvaro Uribe en la erradicación de la droga, pero poniendo el acento en apoyos directos y efectivos a los campesinos para que realmente optaran por una economía alternativa a la de la coca. Eso le valió la inquina del siniestro personaje, a quien enoja el encontrar soluciones a problemas concretos sin tener posiciones inamovibles, mediante el sencillo mecanismo de escuchar y aceptar ideas ajenas prometedoras.

Si uno analiza, Navarro es un poco Colombia, siempre entre dos posibilidades tajantes, entre la vida y la muerte, con ataques de intolerancia e imposición y momentos de sabiduría y serenidad.

Ahora que hay un nuevo acuerdo humanitario, ojalá que los buitres del uribismo no logren emporcar lo obtenido, aunque hay que prepararse para lo peor.

ClariNet