HOJAS-NAPOLEON

Con todo y todo y Josefina, al
menos para mí, Napoleón
Bonaparte es un personaje
trascendente.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Como el resto de los seres humanos de ayer, hoy y mañana, lleno de luces y sombras, no obstante, y que llevó en alto la antorcha liberadora de la Revolución Francesa, lo hizo.

Estuve en su amado París y sin embargo, donde me pareció sentir su presencia, un espejismo de mi mente, me dirán, fue cuando anduve muy lejos de allí, en los campos de Borodinó.

El nombre, por estos lados, no es muy popular pero se trata del escenario de dos batallas, que al final cambiaron el curso de la historia a comienzos del siglo XIX y luego, perfilándose la cuarta década del XX.

Es un bello lugar cercano a Moscú, donde su bucólica alma campesina, una postal bien delineada, hace olvidar toda la sangre que fue derramada allí en aquellas dos ocasiones.

El recuerdo vino a mí, al ver el calendario y darme cuenta que este junio se cumplen 76 años de la invasión de la Alemania hitleriana a la URSS, aquella que el egoísmo hizo desaparecer, algo que el propio Vladimir Putin describe ahora como “una tragedia”.

Me llevaron a Borodinó para ver el espectacular museo que existe allí a raíz de la invasión francesa, cuando los antiguos galos ganaban su conflictos, no los perdían como ocurrió tantas veces después que el gran corso, desapareció de la escena, derrotado en parte debido a la sangría de hombres y material del Gran Ejército que debía doblegar al imperio zarista y a una falla grosera de su logística.

Este enfrentamiento en particular, fue el capítulo más sangriento de todas las guerras napoleónicas, superando en bajas incluso a la batalla de Waterloo. Los franceses obtuvieron la victoria pero las fuerzas rusas bajo las órdenes del príncipe Mijáil Golenischev-Kutúzov (1745-1813), pudieron retirarse sin quedar destrozadas y cuando Bonaparte entró a Moscú, en pleno invierno, se lo incendiaron.

Sin alimentos ni abrigo, el Gran Ejército inició su repliegue que al final culminó en la desintegración de las fuerzas armadas del emperador.

En octubre y noviembre de 1941, las hordas nazis lucharon en Borodinó y en los lugares cercanos como la ciudad de Mozhaisk, situada a 90 kilómetros de la capital rusa y en el conjunto de monumentos que forman en lo que ahora es un sitio de peregrinación.

Este comienza a unos kilómetros al oeste con un obelisco en la ciudad de Gorki. Aquí fue donde Kutúzov tuvo su cuartel general en 1812 y este recordatorio, erigido en 1912, muestra un bajorrelieve suyo. Detrás del monumento al general, la carretera pasa junto a la elegante iglesia del Icono de la virgen de Smolensk, que domina una de las esquinas del campo de batalla.

La iglesia tiene dos pisos, el más bajo está dedicado al Icono de la virgen de Smolensk, que es venerado como protectora de Rusia de los enemigos que vienen del oeste. Durante la primera  batalla de Borodinó, la cúpula de la iglesia fue alcanzada por la artillería.

Cuesta creerlo pero todo esto fue propiedad de la familia imperial, coronada con un pequeño palacio de madera. La casa fue convertida en hospital militar a finales del siglo XIX y quedó enormemente dañada durante la ocupación alemana de esta zona en el otoño de 1941.

La segunda acción bélica en Borodinó comenzó el 15 de octubre de 1941, cuando aparecieron por vez primera los siberianos del mariscal Georgi Zhukov, llevados desde el extremo oriental del país al descartarse una posible invasión japonesa. El mando hitleriano envió allí a sus tropas de élite, los asesinos de las SS, encuadrados en las divisiones El Reich, Gran Alemania y El Fhürer.

Fueron diezmados pero los ayudó que los tanques de la 10ª División Blindada atravesaban el río Moskova y sobrepasaron Mojaisk, en la autopista hacia Moscú, que ya solo estaba a cien kilómetros el día 18 de octubre.

Los viudos de Hitler nos dirán que los germanos solo tenían que llegar y entrar triunfalmente. Nada se interponía en su camino. Incluso se inventa que Joseph Stalin huyó, lo que es una burda mentira, porque el hombrecito con todos sus poco edificantes peros, incluso apareció en un desfile militar en la Plaza Roja ese noviembre. La explicación absurda es que se trató de un doble. En fin, ni vale la pena rebatirlo si no fuese porque al calor de la Guerra Fría (suena extraño explicarlo así) la especie se repitió hasta la saciedad. Como el cuento del general Invierno, haciendonos creer que Alemania fue un paraíso tropical.

Un supuesto historiador se mandó esta versión; “Si el gobierno soviético se hubiera quedado en Moscú unas 48 horas más, es posible que hubieran sido devorados por las masas enfurecidas. La noticia de su partida desencadenó disturbios de extrema gravedad. La policía y la milicia que quedó en Moscú, poco podían hacer, y nada hicieron. Se quemaban los últimos archivos olvidados. Los comunistas eran ahorcados y juzgados en las calles. Los almacenes eran saqueados, los trabajadores abandonaron sus trabajos por decenas de millares y se manifestaban en contra de Stalin. Los retratos de este eran quemados, rajados, pisoteados. Los edificios gubernamentales y las embajadas fueron ocupados por masas enfurecidas. Moscú, capital del comunismo mundial demostraba su odio al comunismo y se rebelaba con carácter revolucionario”.

Nunca dijo donde soñó este cuadro apocalíptico. Lo cierto y evidente, es que un mes más tarde un contraataque planeado por Zhukov hacía retroceder al Ejército de Berlín y lo puso al borde del desastre. Lo salvó su disciplina táctica y la mejor calidad profesional táctica de sus generales en aquellos momentos.

Curiosamente, en Borodinó peleó una división de fascistas franceses encuadrados en las SS, a los que se trató de incentivar diciendoles que la vieja Prusia y los ejércitos napoleónicos habían luchado juntos allí. Escaso consuelo  pues perdieron el 80% de sus efectivos.

Se le echa la culpa al frío, la nieve y el barro, pero lo cierto es que Hitler le dijo a su estado mayor en el verano: “Golpeamos la puerta y todo el edificio podrido se vendrá abajo”. Pura locura, sus soldados no tenían ropa de abrigo ni comida de alto contenido calórico; sus tanques eran movidos por motores complicados, difíciles de reparar y hasta carecían de aceites anticongelantes solo algunos inapropiados para las bajas temperaturas, su servicio de intendencia era incapaz de abastecer a las tropas adecuadamente, ni siquiera se previó que las vías de ferrocarril soviéticas eran más anchas que las propias, haciendo inservibles sus equipos.

Hitler llego a disminuir en  1940 la producción de municiones porque según él, tenía al mundo en un puño y ni siquiera contaba con una aviación de bombardeo estratégica, aquella con la que estadounidenses y británicos pulverizaron las ciudades alemanas a partir de 1942 y que dos años antes le hizo perder la Batalla de Inglaterra, librada en los cielos de  las islas.

En el fondo, todo fue una explosión de racismo y soberbia. Para Hitler, el pueblo eslavo debía ser reducido a su mínima expresión como mano de obra esclava y sus tierras colonizadas por alemanes. Por supuesto que no cuajó.        

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