HOJAS-CHILOTES

Los chilotes, cada vez menos,
son algo diferentes al resto de
los habitantes de esta larga y
aporreada faja de tierra.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Chile es una suerte de balcón de Los Andes al mar. El archipiélago no lo es y desde ahí la cosa cambia.

Y en Chiloé, más allá de los curantos, el milcao (un pan de papa) y los gruesos calcetines de lana cruda, mucha gente sufre más que ríe y de cuando en cuando, lo pasa pésimo.

La primera vez que me enteré de que estaba en presencia de isleños, fue a poco de llegar a Puerto Montt, a finales de la década de 1940. De pronto, en la residencial de las señoritas Hoffman, donde vivíamos con mis padres, aparecieron tres hermanas que habían llegado desde Ancud a estudiar en el Liceo de Niñas del puerto.

No nos hicimos amigos, ellas eran retraídas, silenciosas y de mirada triste, tal vez un poco más tímidas que yo, que andaba por los 10 años. Curiosamente su apellido era Gutiérrez, coincidencia nada más. Una que otra tarde, tomamos el escaso sol de invierno en la vereda y eso fue todo.

Después, vagabundeando por el viejo  Angelmó, ese que se fue al diablo con el cataclismo de mayo de 1960, vi a los habitantes de las islas llegar en sus lanchas de madera, negras por la brea que las hacía marineras, con un alto mástil distintivo. Traían mariscos, papas y alguna que otra cosa para vender.

Otras, los miré sentarse a comer una marraqueta --por la humedad era malo el pan portomontino-- roja por una gruesa capa de ají de color. A veces, muy pocas, con una escuálida tajada de queso de chancho. Vestían pobremente y se rumoreaba que pese a ser expertos navegantes de aguas tempestuosas, curtidos por los vientos que soplaban desde la Antártica, no sabían nadar.

Luego me topé con la primera tragedia colectiva que logré entender a cabalidad: El tizón de la papa, que convierte al tubérculo en una suerte de ceniciento trozo de carbón de espino y que se expande como las llamas de un reguero de pólvora, sin tregua ni pausa alguna. Logré colarme en la escampavía de la Armada, la Colo Colo, y llevamos ayuda porque en las islas se estaba pasando hambre.

El tizón es un hongo que infecta al alimento y no deja cultivo sano. En su prontuario luctuoso figura haber sido causante principal de la espantosa hambruna irlandesa de 1845 a 1849 y de la escocesa de 1846 a 1857, que incluso provocó la gran inmigración de estos pueblos a los Estados Unidos, agobiados por un destino que, malévolo, se reía en sus caras.

Las esporas de esta plaga hibernan en los tubérculos infectados, en particular en los que se quedan en el suelo después de la cosecha del año anterior y en condiciones no tan frías y húmedas, literalmente explotan.

Basta con que las temperaturas estén por encima de 10 °C  y la humedad sea superior al 75%, dos o tres días. La lluvia arrastra los hongos al suelo donde infectan a los vegetales en crecimiento y el viento los puede llevar a kilómetros de distancia. Toda la cosecha se pudre. Hoy la ciencia tiene a raya al tizón, pero en esa época era un castigo del cielo.

Uno de los chilotes que para mí fue una suerte de tizón –siempre nos repelimos-, fue el fallecido Raúl Ampuero Díaz, hombre inteligente pero demasiado desdeñoso del resto de la raza, tanto que le costó una carrera política que pudo ser brillante. Era alto y delgado, lo que indicaba que los genes de los chonos no estaban entre los suyos. Estos fueron, se cree, los primeros habitantes del archipiélago. Pueblos nómadas marinos de baja estatura y regordetes, que habitaban desde Chiloé hasta el Golfo de Penas, un pueblo canoero, insensible al frío como los extintos alacalufes.

No dejaban de ser singulares pues navegaban por el mar interior de Chiloé y atravesaban el golfo Corcovado hasta los archipiélagos de los Chonos y las Guaitecas en canoas de tres tablas llamadas dalcas. Por un tiempo vivían en algún fiordo  resguardado de los vientos y luego partían en busca de mariscos y a la caza de lobos marinos, con cuyas pieles se vestían. Cocinaban sus platillos por medio de piedras calientes dentro de un hoyo cubierto luego con hojas de pangue, el tatarabuelo del curanto.

Los chonos fueron desplazados hacia el sur con la llegada de un pueblo sedentario desde el continente. Se trataba de una porción de los huilliches que buscaban nuevos lugares de asentamiento, posiblemente por el empuje de los mapuches de más al norte. Las relaciones entre chonos y huilliches no siempre fueron pacíficas, pero a mediados del siglo XVI ya se había producido una mezcla entre ambos grupos.

De este modo, los chonos comenzaron a practicar incipientemente la agricultura, principalmente de la papa, mientras que los huilliches adoptaron algunas costumbres marineras.

Al aparecer los españoles, los chonos se fueron a zonas más alejadas, aunque emprendían continuas expediciones de pillaje que causaban temor en los poblados huilliches del sur de la Isla Grande y alarma entre las autoridades europeas. Paulatinamente establecieron relaciones comerciales con los peninsulares, hasta llegaron a ser proveedores de esclavos, y en el siglo XVIII comenzaron a radicarse pacíficamente en la isla Cailín y su cultura terminó por desaparecer.

Lo huilliches fueron agricultores y ganaderos de cultura y lengua mapuche. Se les llamó indistintamente huilliches, veliches o cuncos. Se establecieron en la zona norte de la Isla Grande, en los alrededores del canal de Chacao y luego se expandieron hacia el sur, colonizando territorios que hasta ese momento habían ocupado los chonos y, como se supone, mezclándose parcialmente con ellos.

A poco andar, la rebelión mapuche cortó el territorio bajo dominio peninsular entre el Bío Bío y el Canal de Chacao y Chiloé pasó a ser una isla completa, terminando bajo el control del Virreinato del Perú, siendo las islas anexionadas a la República, solo tras de las batallas de Pudeto y Bellavista, en enero de 1826.

Después la Isla Grande se transformó en refugio de balleneros hasta la crisis desatada al alborear el siglo XX, con la apertura del Canal de Panamá que dejó de capa caída al Estrecho de Magallanes como vía entre Europa y el Pacífico americano y Valparaíso pasó de ser la Perla del Pacífico a ser un puerto grande.

Las nuevas y depredadoras empresas de acuicultura, brotaron como la mala hierba con la dictadura. Hoy los descendientes de chonos y huilliches han visto sus mares transformados en cementerios, por obra y gracia de las salmoneras.

Ni los españoles, con su avaricia impúdica, hicieron tanto daño.

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