HOJAS-MATANZAS

El taxi va tan raudo como lo permiten
las congestionadas vías de Santiago,
los autos, esos invasores de cuatro
ruedas, se han apoderado de las
calles y son pocos los que
aún andan a pie.

Por Enrique Gutiérrez Aicardi

Cierto, el metro es un dolor y no siempre camina, pero cuando funciona, avanza, a veces rápido, desgraciadamente, pocas veces.

Es un mediodía nublado, tristón como carita de niño al que le han negado un dulce. El chófer habla y yo, que nunca he logrado mantener mis labios herméticos, respondo. Le cuento citadinas y añejas historias. De pronto me lanza una pregunta que me asombra: Usted que recuerda tantas cosas, ¿ha oído hablar de una matanza en Iquique?

Me saca de balance y quedó como un podador descuidado: Un pie en la escalera, el otro oscilando en el aire, sin una rama gruesa para sostenerse. En mi memoria surge la voz ronca de mi suegro, Héctor Portillo, importante dirigente salitrero de los años de 1930 y 1940, recitando, con ese dolor recurrente que se adquiría trabajando en las calicheras, aquellos versos terribles:

“Benditas víctimas que bajaron

 desde la pampa llenas de fe

 y a su llegada lo que escucharon

 voz de metralla tan solo fue”.

Es una parte del Canto a la Pampa, del poeta Francisco Pezoa Véliz. Le hago un resumen al conductor, mecánicamente, al tiempo que me pregunto: ¿Cómo se permitió que este país haya extraviado su memoria histórica? Da la impresión que solo surgimos como nación cuando se impuso, a sangre y fuego, el capitalismo salvaje. Me bajo y pago, mientras cubro los pocos pasos que me separan de mi destino.

  

¿En las escuelas no se habla de estos temas? Es posible, a los jóvenes –y de esto estoy seguro– no se les inculca el hambre por saber, total, para eso está Google. Por otra parte, mientras menos se enteren, mejor para los de arriba.

Todo comenzó con una huelga por las malas condiciones de vida de las explotaciones del nitrato natural. La gente estaba descontenta, enojada y aburrida de pasar pellejerías en casuchas de zinc golpeadas en las noches por los cascotes desprendidos por rachas de brisa insolentes, en medio de la nada, rodeados de arena y siempre corriendo el riesgo de salir una noche de esas invernales, y empamparse, perder toda noción de dónde se está y morir de sed, de hambre, de frío, con vientos ariscos y mordedores bajando de la cordillera.

Otras veces, era posible caerse a las inmensas marmitas metálicas donde hervía el caliche y esfumarse. Ahí dentro no quedaba nada, salvo aquel polvo blanco que hizo ricos a unos pocos y empobreció a tantos. Un mineral no metálico que nos costó dos guerras, en 1879 contra Bolivia y Perú y en 1891, entre nosotros mismos.

Esta última impulsada desde los clubes caros de Londres, por caballeros que jamás mancharon sus polainas con aquella “tierra triste que de verde jamás se viste”, a menos que el cambio climático dicte lo contrario. Con sangre ajena y libras esterlinas ganadas explotando a los países subdesarrollados, compraron armas y hasta oficiales prusianos, para montar un ejército y derrocar al presidente José Manuel Balmaceda, que tuvo la atrevida idea de pretender usar aquel oro blanco en ferrocarriles, escuelas, edificios públicos y hospitales.

Muchos de aquellos edificios aún siguen ahí, desafiando al tiempo. Los obreros,  al ver que nadie les hacía caso en aquel desierto, bajaron al puerto, a Iquique, donde estaban los gerentes y las autoridades. Una ridícula telenovela de TVN habló de aquellos flemáticos millonarios británicos, viviendo en Chacabuco, en Santa Laura y otras ruinas. ¿Dónde lo vieron los libretistas? Nunca lo dijeron.   

Era diciembre y los descontentos fueron encerrados en la  Escuela Santa María, ahí cerquita del viejo mercado. El 21 de diciembre de 1907 se desató la tragedia. El naciente movimiento obrero bullía intranquilo y lo habían calmado a balazos, como sucedió en el paro portuario de Valparaíso en 1903 y la huelga de la carne en 1905, pero hasta ese momento sin tan brutal derramamiento de sangre.

Pese a que desde principios de aquel año Iquique se encontraba convulsionado por una serie de conflictos debido a la fuerte devaluación del peso y las consiguientes alzas de precios, la huelga salitrera propiamente tal, estalló el 10 de diciembre en la oficina San Lorenzo, extendiéndose rápidamente.

Cinco días después, una columna de más de dos mil obreros caminó hasta Iquique, bajo el sol de fuego, en demanda de mejoras salariales y laborales, bajo la firme decisión de permanecer allí hasta que las compañías salitreras dieran respuesta a sus peticiones. Los sindicatos iquiqueños se sumaron al movimiento y luego todas las oficinas salitreras. Nuevos contingentes de mineros llegaban a la costa, incluso con mujeres y chiquillos a la rastra. La producción y exportación, se detuvo.

El ministro del Interior, Rafael Sotomayor, ordenó mano dura y el intendente Carlos Eastman -de esas familias de comerciantes ingleses establecidas en Valparaíso y que sirvieron para incentivar la guerra civil y mantener en calma a las víctimas del gran capital-, ordenó a los huelguistas a abandonar la ciudad el 21 de diciembre. Iquique ya se hallaba resguardado por una numerosa tropa de infantería y tres buques de guerra cuya potente artillería hizo fuego sin compasión.

Como no se obedeció la orden, el infame general Roberto Silva Renard ordenó disparar con los cañones Krupp de 75 milímetros y descargas de fusilería. Los testigos hablaron de más de 2.000 cadáveres tendidos en la inmediata Plaza Montt y en el recinto escolar y unos 400 heridos graves fueron trasladados a los escasos hospitales, de los cuales más de noventa murieron esa misma noche. Los sobrevivientes fueron enviados de regreso a las oficinas o embarcados a Valparaíso, como si de carga inerte se tratara.

Silva Renard fue aclamado como héroe y más tarde un regimiento de blindados de Santa Rosa y Avenida Matta -ahora lugar de viviendas sociales-,  bautizado con su nombre.

       

El 29 de junio de 1973, un grupo de tanques salió de esa guarida al mando de otro infame, el teniente coronel Roberto Souper. Llegaron a La Moneda, pero el golpe no prosperó. Generales y almirantes no permitieron no estar al mando.

Uno de ellos, un criminal y ladrón, Augusto Pinochet Ugarte, bombardeó el 11 de septiembre a La Moneda con cazabombarderos ingleses Hawker Hunter, artillería y blindados. Trató y al final le pudo ganar el punto a Silva Renard, en medio de un montón de coincidencias como hemos podido ver.

¿Casualidad? Tal vez, pero como le dijo el piano al chino: No te cleo. Parece más una conducta constante de las fuerzas armadas y más apta que nada para reprimir a su propia gente. Por supuesto, con las excepciones de rigor.

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