EVERTO-Y-FITO

“Titiritero, allez hop,
de feria en feria”,
Joan Manuel Serrat.

Por Martín Faunes Amigo

Para mí contar cuentos es algo que traigo heredado de mi abuelo. Al principio, cuando era niño todavía, no era capaz de contar nada, pero pronto ya pude ayudarle al tata en su teatro de títeres con que iba haciendo presentaciones por los fundos y las haciendas.

Eran siempre historias de apariciones y cosas así, que las contaba también junto a los fogones usándome de palo blanco. O sea, si él decía “¿quieren saber por qué le llamaban “tengo” al buey tengo?”, yo levantaba la mano y decía que sí. Él empezaba entonces diciendo que cuando el buey tengo era sólo un ternero e iban a caparlo, había atinado logrando echar un testículo hacia arriba, salvándolo; y como había nacido pillo, se hacía el leso y trabajaba en las yuntas con los otros bueyes. Pero cuando olía que alguna vaca necesitaba toro, ahí estaba él, y con apenas una bola se las arreglaba para pisársela sin que los cuidadores lo vieran. Toda la gente grande se reía mucho con ese cuento, y los niños chicos también, aunque no lo entendieran, de hecho, yo al principio no lo entendía tampoco.

Menos aún entendía el final del cuento que decía que, por las noches en el establo, el buey tengo antes de dormirse, se ufanaba ante sus compañeros bueyes diciéndoles “ustedes no tienen, pero yo tengo, y lo uso”. Recibía aplausos, pese a que esa historia la había contado tantas veces en todas las haciendas, por lo tanto, era requeté conocida.

Por lo general, nos quedábamos una semana entera en las haciendas, dormíamos junto a los fogones envueltos en mantas, la gente nos daba de su comida mientras él contaba sus cuentos, les hacía adivinanzas, y les contaba también mentiras, que todos se daban cuenta que verdades no eran, pero las aplaudían porque eran entretenidas.

Los domingos por la mañana nos vestíamos con disfraces de juglares -así decía mi tata- o nos vestíamos como elegantes, y armábamos el teatro de títeres con un lienzo donde decía: “Vengan a ver a Don Everto y su nieto Fito, más de cincuenta personajes en escena”. 

Hacíamos entonces una presentación para los niños de la hacienda con las mismas historias, pero le quitaba las picardías que pudieran molestar. A veces venían incluso los hijos de los patrones.

Empezaba siempre todo con un redoble de tambores que yo hacía, él me lo había enseñado, y un muñeco viejito le preguntaba a los niños: “¿sabían ustedes que el tonto de la puerta no era nada de leso?”. Yo le respondía “pero tatita, si todos los tontos son lesos”. El personaje decía entonces “nooooo, éste tonto que yo digo no tenía un pelo de leso”.

Después, con todos los niños pendientes, empezaba a contarles una historia que él llamaba “El tonto de la puerta”, que hablaba de un tonto, que en realidad no era na de tonto, sino una especie de súper héroe que usaba de arma una puerta para defender a la gente de los bandidos. Era el mismo que me contaba por el tiempo en me tuvo que llevar con él, porque mi papá se viró al norte y me quedé solo, mi mamá había muerto durante mi nacimiento, eso me lo dijo el tata cuando estuve más grande.

Así empecé yo, haciendo voces para los personajes, y moviendo hilos.

Después de almuerzo echábamos todo en un carrito y partíamos caminando, cuando yo me cansaba, mi tata me subía nomás al carro, no se hacía problemas.

La pasábamos re bien con el abuelo, caminábamos harto. Cuando empezaba a llover, era la señal para que nos allegáramos al fundo El Almerillo, donde el tata se quedaba a dormir con la señora Pepita que me quería mucho y a él también.

Pasábamos ahí el invierno completo, él aprovechaba de reparar los muñecos y crear nuevas historias y escenas. A mí me mandaba a la escuela con las hijas de la señora Pepita. Esos eran los mejores tiempos, porque a mí me tocaba dormir a los pies de la Carmencita, su hija menor que era bien bonita. Ella se hacía de rogar antes de aceptarme ahí con ella al revés en su catre, pero sus hermanas le hacían cosquillas diciéndole “te mueres de ganas, te mueres de ganas”. Era rico tocarle sus patitas peladas con mi pies. Nos hacíamos cosquillas y “cariños de pies”, así le decíamos, pero eso era secreto de nosotros nomás.

Una noche sin que hubiera una razón que me pudiera explicar algo, luché contra el deseo de dormirme mientras pasaban por mi cabeza cosas insensatas. ¿Querría acaso besar el pie de esa niña?, ¿por qué?, ¿para qué?

Esperé hasta estar seguro de que sus hermanas ya estuvieran dormidas. No tenía que preocuparme por mi abuelo ni por su madre, porque ellos dormían en otro cuarto. Cuando me pareció que eso ya nadie podía notarlo, me fui poniendo de a poco cabeza abajo, y fui reptando bajo las sábanas hasta que alcancé el pie de esa niña con la boca y una llamarada me traspasó con una intensidad que no imaginé que existiera. Besé su pie, sus dedos eran dulces.

Acaricié entonces su tobillo con mis manos, con mi rostro; y no me detuve.

Todos dormían, pero ella interrumpió el sueño, estoy seguro, lo supe porque la sentí estremecerse y poner rígidas sus piernas que después aflojó. Es probable que haya sido ése el instante en que despertó de lo que pudo estar soñando y tuvo la dicha de sentirse acariciada. Y nada hizo, ningún ruido, ningún movimiento brusco que interrumpiera mi cariño. Me dormí acariciándola con su dedo gordo del pie en mi boca.

Al día siguiente nos miramos con alguna complicidad, y nada nos dijimos, pero al rato vino a donde yo estaba haciendo mis tareas y, después de un largo silencio me dijo “quisiera que tu tata se casara con mi mamá”, y agregó como apenada, “lo malo es que tu tata es demasiado viejo para mi mamá tan joven”.

Yo le quise responder que mi abuelo no era tan viejo, pero en vez de eso se me salió preguntarle para qué quería que mi tata se casara con su mamá. Ella sin pensarlo mucho me respondió, “para que tú vayas el año completo a la escuela como los niños normales, y para que mi mamá esté también contenta todo el año” .Entonces se lo dije: “mi tata no es tan viejo, duerme con muchas mujeres por ahí, más jóvenes que tu mamá”. La niña me miró con cara de entre sorpresa y odio y salió arrancando, y yo sin saber porqué si no le había dicho nada malo.

La estuve buscando. No me costó encontrarla. Estaba entre unos maitenes donde jugábamos a que ésa era nuestra mansión secreta. Parecía que había llorado. “Mi mamá no duerme con nadie más que con tu tata”, me dijo. Fue cuando entendí que había dicho algo que no debía, y no supe cómo remediarlo. Lo peor es que era cierto, a mi abuelo siempre había alguna señora que le decía “qué va a dormir ahí, véngase conmigo, y que el niño duerma en una cama que tengo en el cuarto de al lado”. Pero lo más peor aún era que con lo de anoche en su cama, entendí que el abuelo hacía cosas de ésas con su mamá, y seguro las hacía también con las otras. Pensé en muchas otras cosas, pero todas las que pensé me las borró la niña cuando me dijo, “mira Fito, lo que quiero es que mi mamá se case con tu abuelo para que tú estés para siempre conmigo”.

Mi abuelo no se casó con la señora Pepita, algo que no impidió que en todos en los siguientes inviernos los pasara con ella, sin que nadie pudiera saber si en el resto del año se acostaba con otras mujeres; pero yo no. Yo le pedí permiso para quedarme a vivir donde la señora Pepita, y él accedió, sólo dijo “y quién va hacer el redoble del tambor ahora”. Así que viví con ella y sus hijas, y cuando ya no cupe en el catre con la Carmencita, la señora Pepa me armó una cama aparte en un cuarto donde guardaban el grano. Ahí, entre sacos de maíz, porotos y lentejas, continué besando los pies de la Carmencita y explorando por sus piernas hasta la primavera en que mi abuelo dijo que ya no podía continuar por los caminos y se nos fue por los días del dieciocho.

Lo lloramos, no sabría decir cuánto lo lloramos. Para entonces yo ya estaba con diecisiete años y todo el amor que sentía por la Rosita no impidió que me diera la misma locura de mi padre y me mandara a cambiar pal norte. A veces me sueño todavía moviendo los hilos del tonto de la puerta, con lo del buey tengo, o riéndome con la zorra pícara que se burlaba del poderoso león -creación del tata-. Todos unos triunfadores aquel buey, la zorra y el tonto.

A veces me sueño también, debajo de las polleras de la Rosita ahí entre los maitenes o en mi cuarto de los sacos de maíz y porotos, claro que las más veces me sueño consolándola porque no paraba de llorar mientras esperábamos que el tren llegara a la estación.

MARTÍNFAUNES AMIGO    © Derechos Reservados, 2016.