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RAFAGAS

En “Población Esperanza”,
el personaje de Jaime Vadell,
era un mafioso de poca monta.

Por Nelson Villagra G.

Y al finalizar la obra, ese personaje, debía asesinar a Tennyson Ferrada, otro mafioso, aunque éste, con rasgos de redención y en un incipiente romance con la Asistente Social. 

En nuestra gira de difusión y extensión teatral, representábamos la obra en un escenario montado sobre los Corrales de la Feria de Animales de Chillán, a plena luz del día. Los espectadores, a unos treinta metros de la escena, estaban instalados allá en las gradas bajo techo desde donde evaluaban los animales. Al parecer, bueyes y caballos bajo el escenario se interesaron en la obra porque sólo de tarde en tarde hubo algún mugido o relincho. 

Pues bien, Jaime Vadell dispuesto a cometer un homicidio, sacó el revólver disparándole a Tennyson desde unos tres metros de distancia. 

Pero ¡Oh, Diosa Némisis! El revólver no funcionó. Segundo intento de Jaime. Nada, tampoco sale el disparo. Tennyson, paralizado, no sabe qué decisión tomar. Entonces Jaime camina hasta su compañero y le clava el cañón del revólver en el estómago: - “¡Muere, desgraciado!”, le dice. Y Tennyson, sabiendo que debía morir, inventa sobre la marcha: “¡Maldito, tenías el revólver envenenado!”, y cayó muerto… (¿?)

Supongo que los espectadores de aquella función se preguntarán hasta el día de hoy qué veneno tan poderoso pudo haber tenido el cañón de aquel revólver… 

Sin embargo Jaime, cumpliendo su fatal destino, insistía en matar a Tennyson con el mismo revólver. Como el estallido de los disparos era siempre inseguro, ambos actores acordaron que si los disparos no resultaban, Tennyson saldría arrancando de escena perseguido por Jaime, y entre bambalinas se escucharían gritos atroces y el ruido de un disparo hecho con una tabla pegando en el piso. Luego de lo cual aparecería en escena Jaime, soplando el cañón del revólver, como diciéndole al público: “A buen entendedor, pocas palabras”. Claro, no era una solución ideal, pero solución al fin. 

Ah, pero Reynaldo Segovia con su canchera experiencia argentina, manifestó que él resolvería en mejor forma el problema del disparo. Así es que luego de la pólvora, taponeó el casquillo de la bala con papel de diario picado agregándole cera. Esto, en ignorancia de Tennyson y Jaime. No recuerdo en qué ciudad o pueblo llegó la escena final del asesinato con el nuevo truco preparado por Reynaldo. 

Tennyson estaba de espaldas a Jaime, y éste apuntándole con el revólver, preparados ambos para correr fuera de escena en caso que el disparo fallara. Pero…, ¡puam!, un poderoso disparo salió del revólver de Jaime. Tan poderoso, que el papel endurecido con la cera, cual un proyectil, llegó hasta la espalda de Tennyson, atravesándole traje y camisa quemando la piel del actor. Tennyson, obviamente se llevó el susto de su vida mientras caía muerto, porque había sentido un fuerte golpe y ardor en la espalda. Y Jaime, viendo que un proyectil chocaba en la espalda de Tennyson, salió corriendo de escena como lo exigía la obra, pero espantadísimo también, ignorando las consecuencias. 

“No sé, no sé si Tennyson está herido realmente - nos dijo urgido entre bambalinas - salió un proyectil”. Y como Tennyson debía permanecer en escena tirado en el suelo, quieto, muerto, nadie podía saber la gravedad de lo sucedido.

Fueron momentos angustiosos para todos nosotros porque no sabíamos si cerrar el telón para atender a Tennyson o… Creo que alguien empujó a uno de los pobladores para socorrer al personaje que hacía Tennyson. Le susurró “¿Estás bien?”. Ante la respuesta, el poblador miró hacia quienes estábamos angustiados entre bambalinas: Tennyson “aún estaba con vida”.

Varios personajes comenzaban a ingresar al escenario pero no podían tocarlo. Finalmente se cerró el telón y todos corrimos a socorrer al compañero. Efectivamente, la chaqueta y camisa de Tennyson habían sido perforadas dejando un orificio quemado de dos o tres centímetros de diámetro. Cuando se sacó las prendas, Tennyson tenía un medallón de hematoma en la piel. La cera le había quemado la espalda.

En fin, las giras teatrales siempre están llenas de anécdotas. Recuerdo que con una obra rusa que convertimos en musical – “Tienda de Modas” - tenía mucho movimiento, bailes y canciones. Con ella actuamos en un Estadio de Fútbol, rectangular (función nocturna), en donde la primera fila de espectadores estaba en las gradas al menos a 35 metros del escenario (y sin micrófonos). En medio de la función nos dimos cuenta que era inútil hablar alto, gritar, nadie nos escuchaba y nos veían escasamente. Muertos de la risa transformamos la pieza en un espectáculo de bailes y pachotadas tipo juego de payasos. Las lejanas risas del público nos autorizaban a seguir con nuestras improvisaciones…

Comprenderá el lector que giras teatrales como las esbozadas, enseñan más que cualquier academia, sobre todo, si además antes has tenido Academia y mantienes el espíritu dúctil. Estas giras por otra parte, nos permitían el contacto con los más diversos espectadores, a la vez que conocíamos también los más diversos personajes en cuyos hogares pernoctábamos por un par de días. En general todos ellos ex alumnos de la Universidad de Concepción. 

A veces llegábamos a locales completamente inadecuados para el teatro o para montar la escenografía, porque nosotros mismos los actores hacíamos de maquinistas, cargadores y electricistas. La escenografía de “Población Esperanza” recuerdo por ejemplo, se transformó en una especie de acordeón. En ciertos espacios lográbamos contar con alguna profundidad, en otros solamente longitud, actuábamos al borde del pequeño proscenio delante de la pantalla de cine (cubierta) como en las pinturas del antiguo Egipto. 

Así nos fogueamos en el TUC en aquellos años, mezcla de exquisita academia y teatro de corrales. 

Ahora bien, si luego de esas experiencias actorales que cuento, algún compañero actriz o actor hubiera quedado todavía con “miedo escénico”, yo le habría dicho que era un caso clínico. Del mismo modo, si alguno de esos actores y actrices "penquistas" de esos años hubiera dicho – trabajando en una sala formal, con maquinistas y electricistas, vestuaristas, camarines, calefacción o aire acondicionado, con espectadores formales, etc. –, hubiera dicho que no podía concentrarse en escena, pues, también, al Siquiatra. 

En esos años que en el TUC trabajamos con Gustavo, con Gabriel – en dos períodos – y con Pedro de la Barra, sin tener plena consciencia de ello, practicamos todas las escuelas teatrales, todas las formas de relación actor-espectador; allí, pudimos emplear a fondo la parte interna del personaje, allá, lo externo, aquí, la preciosa mixtura. En esta oportunidad, pudimos ser discípulos de Artaud, en aquella, de Stanislavsky, en esa otra, de Brecht, de Grotowsky, etc.

Así como los púbers se hacen adolescentes, así pienso que nosotros, los jóvenes actores del TUC, nos fuimos haciendo maduros viviendo intensamente la vida teatral, y sin la distracción inocua de la competitividad. Fuimos adquiriendo la soltura para jugar en escena, jugar en serio, pero jugar.

Finalmente, en lo personal, mis compañeros de esos años no lo saben, pero todos ellos me enseñaron algo, humana y artísticamente.

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