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RAFAGAS

Para mí la visita a Punta
Arenas y Tierra del Fuego
tuvo una significación extra.

Por Nelson Vllagra G.

Debido a que mientras fui estudiante de la Esc. de Teatro participé en un pequeño personaje en la puesta en escena de “Fuerte Bulnes”, una obra histórica que relata las duras condiciones en que vivieron (1843) la treintena de colonizadores comandada por el capitán de fragata Juan Williams.

María Asunción Requena, autora de la obra, era además una mujer particularmente cálida al igual que su marido, tal vez ambos un anticipo de lo que al parecer era una característica regional. Años más tarde volvería a trabajar en otra obra teatral de María Asunción, esta vez de protagonista. Y además por razones de trabajo volvería a la zona otras dos veces.

Tal vez para quienes conozcan la prehistoria e historia de la región austral les será más comprensible que me detenga en ella. No obstante, recomiendo a quienes la desconozcan que busquen información. Se encontrarán allí desde hace unos 10.000 antes de nuestra era hasta bien avanzado el S. XX, con la tragedia, el drama; antropología; etnología; mitología; nuestra definición geográfica; la épica, el heroísmo; los intentos imperiales de Europa; la precisión de la cartografía; el temple de la gente "magallánica", sus escritores, su literatura, artistas e intelectuales.

(Y bien, aprovecho de aclarar que ni la Intendencia ni la Dirección de Turismo de aquella región me han pagado un cinco por todo lo dicho. Así es que continúo estas Memorias y Olvidos). 

Regresando a Concepción, Gustavo Meza comenzó a montar “El Amor de los Cuatro Coroneles” de Peter Ustinov. 

Mientras otros actores iniciamos el montaje de dos Pasos de Lope de Rueda, dirigido por Gastón von dem Bussche (suena rimbombante el nombre, pero Gastón era un antiguo integrante del grupo amateur y profesor de Literatura en la Universidad. Una persona gentil e inteligente). Supervisaba la puesta Pedro de la Barra. Y hablando de los “cómicos de la Legua”, Fernando Farías, Tito Villegas y yo, nos preparamos físicamente para ofrecer durante la puesta, ciertos “números gimnásticos” extra, como lo habrían hecho los cómicos en los antiguos galpones. Ratificando con ello que el “Método del Distanciamiento” de Brecht, viene practicándose desde muy antiguo. 

Y en efecto, en medio de la presentación de los Pasos, deteníamos la acción y los tres actores nos lucíamos con una serie de piruetas un tanto circenses, obviamente celebradas por los espectadores.

Nuestros Pasos fueron utilizados como obras de extensión y difusión teatral por los pueblos cercanos, mientras en la sala del Teatro Concepción triunfaba clamorosamente la excelente puesta en escena de “El Amor de los Cuatro Coroneles”, dirigida por Gustavo. En el reparto creo recordar a Tennyson, Lucho, Delfina Guzmán, Vicente SantaMaría, Roberto Navarrete, Jasna Ljuvetic.

Fue en ese regreso que dimos comienzo al Taller de Escritura Teatral, iniciativa de Pedro con el objetivo de estimular la dramaturgia regional. Fue José Chesta, un novel autor penquista, el primero en ser elegido para trabajar su obra “Las Redes del Mar” ( su acción se desarrollaba en una pequeña caleta de pescadores). 

Esa experiencia colectiva nos demostró a todos que aunque quizás “Las Redes del Mar” salió del Taller mejor estructurada, posteriormente – aunque tarde - estuvimos de acuerdo que la obra había perdido una cierta atmósfera salina con perfume de algas marinas. Sin duda ese era el “estilo” del autor. José Chesta había quedado diluido entre las observaciones y correcciones del grupo del Taller. Una experiencia que me invita a la reflexión permanentemente. 

En “Las Redes del Mar” me tocó actuar en un pequeño personaje, personaje en realidad inventado entre Pedro y yo, “Pescador 1”: un borrachito que acompaña a un grupo entusiasta que llega a la modesta casa de un pescador para celebrar la partida de su hijo, que rompiendo la tradición, irá a estudiar a la ciudad. Mi Pescador 1, se ubicaba en un rincón de la pequeña habitación y allí se quedaba de pie casi dormido. De pronto en medio de los diálogos alguien mencionaba a una familia y el Pescador 1 que al parecer había estado dormido, decía sorpresivamente: “Los Quiroces, amigos míos”. Esa breve  intervención provocaba sonoras carcajadas de los espectadores. 

Ese personaje me enseñó dos cosas: el sentido de la medida y el disciplinado respeto por los protagonistas. Yo pude aprovechar la empatía con el espectador para continuar haciendo musarañas desde mi silencioso rincón, sin embargo me abstuve de hacerlo, yo no era el protagonista. 

No obstante, el director, Pedro de la Barra, viendo el resultado de la dichosa frase – que le hizo gracia a mis compañeros durante los ensayos -, creyó conveniente que el borrachito Pescador 1, cantara acompañado de guitarra un “cha cha chá” que bailarían graciosamente Mireya Mora y Jaime Vadell, integrantes del grupo fiestero: “Cachito, cachito, cachito mío/ pedazo de cielo que Dios te dio…”

Resultó una secuencia muy graciosa en la obra, celebrada agradecidamente por los espectadores. 

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