RAFAGAS

En 1950, los radioteatros
infantiles en los cuales trabajé
cuando estuve ligado al
Departamento de Teatro de la
Escuela de Cultura Artística de
Chillán, me resultaron muy
útiles para mi formación
como actor.

POR NELSON VILLAGRA G

Luego, ese mismo año, con mi ingreso al grupo de Radiodifusión Cultural de Chillán con programación para adultos, se afianzó mi formación artística, pero sobre todo, con ese ingreso se develó mi vocación.

Ciro Vargas Mellado y Enrique Gajardo Velásquez quienes habían fundado la agrupación cultural, nos invitaron a formar el Teatro Experimental de Chillán (TECH). Anteriormente he destacado lo importante que resultaron para mí estos dos maestros, no sólo artísticamente sino, debido a mis 13 años de edad, lograron crear en mí un sedimento de curiosidad cultural que he intentado desarrollar y afianzar durante mi vida.

Grandes obras literarias nacionales y universales fueron radio teatralizadas en Radio Difusión, obras que incentivaron en mí tempranamente la lectura y la reflexión.

En el TECH, entre los varios trabajos como actor, “La Farsa de Maese Pathelin”, pieza anónima francesa del siglo XV, me dio la oportunidad de encarar como actor el primer trabajo de composición. (Creí tener una fotografía. Sólo tengo  a Ciro, Maese Pathelin, y Elena Acuña, Guillermita ).

Mi personaje, Guillermo, “El Pañero”, me obligó a balbucear en la cualidad de transfiguración que a mi juicio debemos poseer los actores. Enrique, se hizo cargo directamente de la dirección artística de esa obra, y me condujo por el camino de la composición. Y si bien como amateur, el trabajo del Pañero lo recuerdo con mucha satisfacción, no fui capaz de develar la divertida complejidad de ese comerciante.

Me faltó algo esencial: por sobre la “ambición” legítima del Pañero de vender y/o de recuperar su dinero, me faltó el placer, “el placer hedonista” que en general un verdadero comerciante siente ante la posibilidad de vender. El  “acto de la transacción”, según he constatado más tarde, es un goce sensual para el comerciante. No lo supe expresar en aquellos años. Lo confundí con la picardía.

Sin embargo pienso que avancé como actor en la composición, en la forma física de un personaje. Fue una creación externa, pero me abrió el camino para comprender más tarde cómo relacionar lo externo con lo interno de un personaje, superando así la imitación. Cuando, un par de años más tarde, interpreté el monólogo “Sobre el daño que hace el tabaco” de Chéjov (figúrense, yo con 14-15 años), insistí en la búsqueda de la forma física, de la transfiguración de mis gestos. Una búsqueda que terminó siendo para mí un método de trabajo recurrente cada vez que lo sentí necesario, hasta el día de hoy.

¿Y por qué me interesa la transfiguración? Primeramente lo intuí, pero hoy tengo consciencia que entre las maravillas de la naturaleza, ésta, tiene la cualidad de haberle otorgado a todas las formas creadas una particularidad. No existe una rosa idéntica a otra, ni un césped ni un árbol ni una persona. Las “formas” de una misma especie son infinitamente variadas. Es alucinante.

Y como actor mi objeto es el ser humano. Y me maravillan sus infinitas formas, su individualidad. Como actor, para mis intereses como actor, estoy convencido que en la forma que adquiere un personaje en mí, o en la que le otorgo, está su contenido.

El trabajo del actor, en tanto intérprete, le otorga un “plus” exclusivo, peculiar al texto literario: en eso consiste el arte del actor. Esa forma, o Modo que el actor le otorga al personaje – la mayoría de las veces surge de manera espontánea -, puede ser más marcada o más tenue, pero de ahí surge la irradiación artística que crea el actor. Del fenómeno del Modo en que el actor interpreta el texto literario surge el “objeto sensible” que crea el actor. Escribiéndolo parece complicado, pero en la práctica no se piensa, emerge…

Como los hermosos matices diferentes que imprimen Arrau u Horowitz  a una misma pauta musical, provocándonos el placer irradiante del arte pianístico.

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