RAFAGAS

Inevitablemente el pantalón
largo me acreditaba como
“un hombrecito”. De ser un
niño pasabas a “chiquillo”.
¡Vamos!, te sentías un hombre.

Por Nelson Villagra G.

Y el sexo fue lo primero que comenzó a ocupar un lugar importante en mi vida, quiero decir el deseo sexual, la atracción sexual por el sexo opuesto. Hoy me parece que mi pulsión explotó de un día para otro. El sentimiento de amor vendría más tarde. Primero despertó el animal, con cero espíritu de selección.

Exceptuando a mi madre y mis hermanas, todas las demás mujeres entraron en mis fantasías.

Por esos días yo era como una cuerda de violín: la visión de una rodilla o el “músculo poplíteo” de una mujer, bastaban para hacerme chillar con las notas más agudas. Las conversaciones con los amigos adquirieron un tono de conspiración, intercambiando secretos de lo que habíamos visto ayer o de lo que había contado el amigo mayor que tú.

Al salir de la Escuela a las 4 de la tarde, camino de mi casa, yo elegía pasar por “la calle de las putas”, última cuadra de calle Maipón al llegar a Av. Brasil, en donde había tres o cuatro prostíbulos. Supongo que tendría la recóndita esperanza que alguna mujer me invitara a pasar. Sin embargo, de haber sucedido, no me hubiera atrevido a entrar, pero necesitaba “sentir ese riesgo”.

Yo, y mi amigo del barrio de la misma edad, espiábamos detrás de los visillos a la vecina de enfrente – joven o vieja –, o a la mujer que pasaba por la calle. Nos deteníamos a escuchar a los hombres mayores si éstos estaban hablando de mujeres, y si nos sorprendían movíamos el trompo o las chapitas para disimular nuestro cometido.

En ese tiempo, obviamente no había televisión, no había revistas descaradas.

En Chillán – al menos en mi conocimiento, no existían revistas pornográficas, ni siquiera muchachas en traje de baño, excepto alguna estrella de cine, en el colmo del atrevimiento. El cine para mayores de 21 años – alguna vez logramos “colarnos” - no pasaba más allá de un beso más largo, por supuesto con los labios cerrados, y algún tema de separación o enamoramiento del personaje que estaba ausente.

De manera que en este despertar al sexo sin consumarlo, todo funcionaba en tu cabeza, en tu imaginación, apoyándote en las escasas y fugaces visiones del comienzo de un seno, o de la mamá de tu amigo que un día la viste en combinación (ropa interior femenina que resultaba muy excitante), prenda que permitía delinear su cintura y su cadera. Sí, esta etapa previa al encuentro con el sexo real, además de ser subyugante, era obsesiva.

Para colmo, en ese tiempo, frente a mi casa de calle Constitución, sobre la vereda, las obras de vialidad abrieron un foso que durante unas cuatro semanas estuvo tapado con gruesos tablones por donde tenían que pasar los transeúntes. Entonces mi amigo del barrio y yo, como dos granujas - voyous, si me permiten la expresión - nos metíamos en el foso, e intentábamos mirar a través de las hendiduras de los tablones las piernas de las mujeres que pasaban por allí, quienes sin embargo no daban más de dos o tres pasos sobre los tablones, de tal manera que más veíamos con la imaginación que con nuestros ojos.

Excepto…, excepto aquella vez, la única, en que dos mujeres se detuvieron a conversar justo sobre los tablones. Mi amigo y yo casi nos morimos de la impresión. ¡Todas nuestras fantasías, nuestros fantasmas estaban ahí a 60 centímetros de nuestros ojos! Y aunque en realidad no veíamos nada, nuestros corazones se agitaban  casi sin poder respirar. Creo que ambos temíamos que se nos escapara un grito. Tal vez fueron 3 minutos... El tiempo suficiente para que el placer de espiar se transformara en culpa…, en pecado…, en angustia…

Hoy, no soy capaz de discernir si es mejor para un niño de 10 o 12 años que el instinto sexual explote al momento de realizarlo – ¿es posible retrasar esa explosión? -, o es necesario acumular ese vapor ardiente que te sofoca, a la espera que un día por fin reviente la caldera, y descubras otro nivel de la vida, sobre todo cuando el sexo se amalgama con el amor.

Lo que sí sé decir es que en esos años – a pesar que el tema sexual no era un tema al descubierto como es hoy, apoyado por imágenes públicas, etc. -, al menos en el ambiente provinciano en que yo me desarrollé, el sexo era tema recurrente, en serio o en broma, desde mi más tierna infancia. Y tenía un aire secretillo que le ponía mucha pimienta al asunto.

Los animales, las aves, las bromas a propósito del “pilín” del niño, de la “pichula”, las conversaciones de los mayores que tú ibas aprendiendo a decodificar, todo nos preparaba para entrar a la pubertad con el ímpetu de un macho en celo.

Mis padres nunca me hablaron directamente de sexo a la edad que aludo, y no recuerdo que ningún amigo de mis tiempos me hubiera contado una experiencia distinta. Es probable que mi madre – recordemos que era matrona parturienta - lo haya hablado con mis hermanas, mayores que yo. Al menos, los riesgos de embarazo. Supongo que les habrá “advertido”, más aún, si recordamos que el condón – preservativo - en esa época era algo exótico, por no decir casi desconocido, al menos para mí.

Todo estaba en mi imaginación, curiosidad, misterio, angustia…

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