LUPPI

Me van a disculpar que este
texto sea tan personal, se
supone que uno debería
recubrirlo de cierta ficción,
para darle un sentido
más universal.

Por Fesal Chaín

Aunque también esto de comenzar con disculpas al lector es casi de mal gusto, es como andar pidiendo clemencia en un mundo en que lo único que resulta es andarla pidiendo. Pero, ¿quién quiere ser comparsa de este mundo? O mejor dicho, ¿quién quiere ser parte de la estrategia generalizada del mundo? Yo no. Eso está claro, entonces mejor no me perdonen de modo alguno.

También se supone, que en literatura uno no debe andar ventilando cuestiones privadas de otros aunque lo rocen.

Pero sin entrar en detalles, una vez mi padre me escribió una carta pidiéndome perdón por lo duro que había sido conmigo durante algunos años. Una inolvidable carta. En resumidas cuentas me decía que su dureza era miedo y que sus miedos eran sus sombras. Yo no supe qué decirle. Algunos jóvenes esperan con anhelo ese tipo de declaraciones. Durante años yo también la esperaba. Pero cuando llegó, encontré injusto todo. ¡Quién era yo para andar perdonándolo! Si finalmente uno hace lo que puede, y claro, con toda la buena fe.

Habrá algunos tipejos con mala fe en la sangre, que son unos hijos de puta con los hijos y con todo el resto. No es el caso de mi padre ni el mío con mis hijos. Uno hace lo que puede, y aunque suene cliché la frasecita, a uno no le enseñan nada de nada en esto de vivir, uno vive no más y así lanzado se mueve no exactamente como pez en el agua.

Pero el título de la obra es “Un lugar en el Mundo”, a propósito de la muerte de Federico Luppi. Entrañable actor. De Luppi he visto casi todo y al saber de su muerte me dio pena, no sé bien por qué. Quizás porque relacioné siempre sus personajes con la figura imaginada de mi padre, quizás porque en sus distintas actuaciones me vi a mí mismo, como ese héroe clase mediero penoso y perdedor. Débil al fin y al cabo. Pero con esa fragilidad de los porfiados, de los que nadan a contracorriente sin jamás llegar a ser guerrilleros de la vida y menos de la muerte, pero caminan a contramano en las cotidianas callecitas del barrio y de la urbe. Como en el tango: “Salió a contramano/mi amigo, al nacer. /Por eso que todo/le sale al revés”.

Cuando vi la película, me quedó en la retina y en la memoria el monólogo interior de Ernesto, el hijo de Mario: “No sé por qué vuelvo, no tiene sentido volver, después de ocho años o casi nueve, volver a un lugar que ya no existe. Sigo haciendo cosas sin pensarlo demasiado, sin medir las consecuencias. Más o menos como vos. Las leyes de la genética no fallan, diría mamá”. Debe ser porque tengo una porfía en mí y en mi literatura, de retornar al padre casi feliz, como un modo de volver a la infancia que sería, claro está, el paraíso perdido. Es cuestión de leer mi poesía y  pronto mi futura novela, que no es sino el infierno perdido de la infancia, pero un infierno paradisíaco y no el de la derrota definitiva. Por eso mi programa radial se llama Vuelvo al Sur. Y qué duda cabe que los satánicos de siempre nos mataron el paraíso tanto a mi padre  como a mí, cuando tuvimos que salir arrancando de un sur ensangrentado. Allí se acabó todo y comenzó esta diáspora por los caminos de la barbarie de la irrecuperable identidad.

Desde ese preciso momento perdí mi lugar en el mundo, que no es un mero lugar físico porque tal como dice Ernesto volver (al sur) no remediaría nada: “de la gente conocida, no queda casi nadie.

Amigos, ninguno”. Pero me quedas tú y me quedarías aunque estuvieses muerto, pero “no te preocupes, no vuelvo para conocerte realmente. Ni para descubrir tus zonas oscuras. No va por ahí la cosa”. No soy el hijo de Pedro Páramo, ni tú un rencor vivo. “A lo mejor vengo nada más que para hablar un rato con vos, para contarte algunas cosas que me pasaron. Para decirte lo que pienso hacer. Siempre fuiste un tipo transparente, sólido como una pared, pero transparente. Y si a veces no te entendía, no era culpa tuya. No era culpa mía tampoco”.

En fin papá, así con mi lugar en el mundo y mi relación contigo. “A lo mejor vine para acordarme bien de todo. Algunas cosas las viví, otras las escuché o las intuía. A lo mejor vine porqué me di cuenta de que se me estaban borrando. Hay cosas de las que uno no puede olvidarse. No tienen que olvidarse aunque duelan”. Y te lo repito papá, aunque a veces creas por tu solidez, lo contrario de ti mismo: “sigo haciendo cosas sin pensarlo demasiado, sin medir las consecuencias. Más o menos como vos. Las leyes de la genética no fallan, diría mamá”. Un abrazo viejo.

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