VINA2019

En el último Festival de Viña
el humorista Jorge Alís le
dice en su cara al “monstruo”
(¿el chileno común y corriente?)
que es al menos
racista e hipócrita.

Por Jorge Montealegre

Y caricaturiza el sentido común del “facho pobre” (uno de los sentidos comunes que coexiste con otros que laten en nuestra sociedad), contribuyendo a un “darse cuenta” necesario en una sociedad que cambia culturalmente, pero que le cuesta reconocerse y se resiste al cambio.

Francisco Vidal, político y opinólogo, afirmó en un matinal que “el humor es la expresión del sentido común”.

Discrepo. Nada más lejos de la esencia del humor, cuya fuerza radica en descubrir la incoherencia, en hallar lo cómico tanto en la solemnidad como en revelar lo ridículo que hay en la cotidianidad y nos parece “normal”. El humor busca el absurdo, la incongruencia, lo inesperado, lo ridículo. Lo incorrecto. O sea, va en sentido contrario al sentido común. Crear desde el sentido común no da buenos frutos porque el sentido común no es creativo. En el humor funcionan las conexiones insólitas, que descolocan, que rompen con el sentido común.

Interviniendo en la definición, sería pertinente decir que es una expresión “contra el sentido común”. Como el sentido común es una forma de conocimiento no científico, así como puede contener sabiduría e intuiciones positivas también es fuente de prejuicios, supersticiones, creencias que motivan y justifican comportamientos. Lo más sencillo para explicarnos lo que pasa es recurrir al sentido común usando, claro, lugares comunes.

El sentido común aconseja no hablar de ciertas cosas: el humor lo permite. Por ejemplo, en el último Festival de Viña el humorista Jorge Alís le dice en su cara al “monstruo” (¿el chileno común y corriente?) que es al menos racista e hipócrita y caricaturiza el sentido común del “facho pobre” (uno de los sentidos comunes que coexiste con otros que laten en nuestra sociedad), contribuyendo a un “darse cuenta” necesario en una sociedad que cambia culturalmente, pero que le cuesta reconocerse y se resiste al cambio.

El humorista se ríe del sentido común: lo piensa y lo dice, contra el sentido común chilensis “no lo digo, pero lo pienso”. En el “cómo hacerlo” está la gracia para que sea –valga la redundancia– gracioso. En el caso del ejemplo resultó muy bien porque, como en toda expresión, la obra la completa la recepción del público. Y estaba muy bien hecha.

Sería un error pensar que simultáneamente, en una sociedad compleja como la nuestra, exista un único sentido común; pero hay situaciones en que se impone alguno y se percibe lo que en ese lugar es correcto o incorrecto. Provocar el sentido común que prima en un lugar es un riesgo. El Festival Viña es una estructura conservadora y nostálgica de la atmósfera de la dictadura, con la rememoración constante de “sus mejores años” que actualiza a personajes nefastos (para quienes no comparten ese sentido común) y recuerda -por ausencia- la censura, la pobreza, las criminales violaciones a los derechos humanos. Hay intolerancia a la izquierda en la estructura del Festival y complacencia con lo retrógrado.

El sentido común-común está relacionado con las experiencias compartidas. Es funcional al oportunismo, a lo acomodaticio. Es comprensible que un político se imponga o proponga respetar el sentido común de la gente, pero no es un buen consejo para un humorista creativo, autónomo y con pensamiento crítico. No es compatible con la irreverencia deseada en la rutina de un/a humorista.

No es raro, entonces, que los políticos más populistas apelen a cada rato al sentido común. Es pertinente respetar el sentido común de la gente como un dato de la realidad, como una intersubjetividad compartida por segmentos amplios de la sociedad, como una referencia, pero en política y otras artes de la representación ese respeto no debe significar sometimiento. La sujeción al sentido común detiene los cambios, la renovación, el progreso, la superación de las taras conservadoras. Acatar el sentido común para diseñar estrategias políticas facilita, al fin y al cabo, la demagogia y el populismo; pero sin hundir la pala: no profundiza la democracia ni contribuye a las transformaciones que mejoran la vida en la comunidad.

En la burocracia, en la política y en las Fuerzas Armadas hay “malas prácticas” (eufemismo que blanquea la corrupción) que se mantienen, se repiten, se heredan y se retroalimentan “porque así se ha hecho siempre”.

Entonces hay vista gorda, permisividad y descontrol; es decir, porque se ha instalado en el sentido común de esos ámbitos que “así es la cosa”. Ahí están los casos de los excomandantes en jefe.

El sentido común (de Francisco Vidal, por ejemplo) decía que eran honorables y no se les podía preguntar qué hacían con la plata pública. Con eso también se podría hacer un chiste.

ClariNet